Amor a primera vista

2 Oct
Por Elsa Kalish.

El nacimiento de la biopolítica, Curso en el Collège de France (1978-1979), de Michel Foucault, Fondo de Cultura Económica, 2007.

A veces sucede. Un día cualquiera, igual a todos, estas viajando en el tranvía, leyendo Radiolandia, sin esperar que suceda nada, cuando de repente, levantas la vista, distraída, y ahí, justo ahí, parado frente a vos, descubrís que esta Marlon Brando, agarrado al pasamanos y te sonríe.

A mi, dos veces, me sucedió, que me enamore a primera vista. Así, de repente, sin esperar ni buscar nada en ese momento, de repente, tan de repente, algo sucedió. Simplemente levante la vista y ahí estaba lo que siempre había esperado y buscado en la infinita proliferación de cosas que hay pululando en el universo. Y las dos veces sucedió igual, fue apenas visualizarlo en mi campo óptico, para saber que aunque no supiera nada de él, ya lo sabía todo, que siempre había sido parte de mi y que siempre lo seguiría siendo aunque jamás supiera siquiera su nombre. Y ambas veces, sentí, una mezcla de fascinación y espanto, un exceso de alegría y dolor, debatiéndose en mi corazón, al percibir la gracia de ese momento único en que por un instante se descorre el velo opaco y fugaz del tiempo, y quedas desnuda y sin aliento, frente a su sonrisa, que ahora y siempre, fue lo único, que anhelaste dentro tuyo, para que el cielo fuera celeste, el sol amarillo, los chocolates tuvieran sabor a chocolate y tu alma fuera algo más que una estúpida cosa.

A veces sucede. Y voy a escribir sobre uno de estos amores como una suerte de ofrenda hacia el otro.

Hace ya varios años, una tarde, estaba yo en un departamento del Once en la casa de la hermana de una amiga. La hermana de mi amiga era abogada y tenía una pequeña biblioteca. Como no podía ser de otro modo me acerqué a inventariar rigurosamente todos y cada uno de los ejemplares que poseía esta biblioteca. No habría más de cien libros. En su gran mayoría todos libros sobre leyes, códigos y algún que otro bet-seller intrascendente. Solo había un libro que no solo era una gran novela sino que tenía algo que ver con mi existencia, Cementerio de animales, de Stephen King, con traducción de Cesar Aira. Y sin embargo, en esa biblioteca carente de todo deseo para mi, encontre un libro que me llamo la atención. Era de tapas negras, estaba junto a otros libros sobre leyes y nada indicaba que pudiera significarme algo o que tuviera algo para decirme. Sin embargo, algo en él me llamo la atención y lo tomé. Leí el nombre de su autor, Michel Foucault. Jamás había escuchado hablar de él. Y el libro en cuestión, se titulaba, Vigilar y castigar. Qué fue lo que me impulsó a tomar ese libro y querer leerlo, en semejante contexto y sin saber nada del mismo ni de su autor. No lo sé. Pero fue verlo y desearlo. Quererlo. Querer leerlo. La cosa es que le consulte a mi amiga si podía llevarme el libro de su hermana para ojearlo en casa porque me interesaba y me dijo que sí. Cuando, por fin, comencé a leerlo, primero me causó fascinación y angustia la elegancia exquisita de su pluma, y luego, me partió la cabeza lo que en él se planteaba. Así se inicio, esta larga historia de amor, entre Michel y yo.

Y al cabo de un tiempo de conocerlo a Foucault, por estas cosas que tiene la vida, un buen día me encontré en las aulas de la UBA cursando materias, y supe entonces que este filósofo que tanto amaba era muy popular dentro de la papilla que se consume en la academia. Son dos, fundamentalmente, los hits foucaultianos que ya son clásico de clásicos dentro de la universidad argentina, en Sociales el rock duro y glamoroso del panóptico y en Letras la balada con la que todas las chicas alguna vez nos enamoramos, ¿Qué es un autor?

Cuando encuentro un autor que me fascina suelo leer todo lo que ha escrito y buscar paralelamente todo aquello que se ha escrito sobre él. Esto me a sucedido con muchos, pero solo unos pocos al cabo del tiempo siguen siendo una cantera inagotable a la cual siempre puedo volver para extraer algo nuevo que aun no leí, produciéndome asombro y alegría, que esas palabras, por las que ya pase, sigan imantadas del brillo que eclipsa mi deseo. Eso me pasa con Borges, con Fontanarrosa, con Arlt, con Martínez Estrada, con Pessoa, con Foucault y con algunos pocos más.

Lo cierto es que a mi no me da mucho la cabeza. No me da. En cuanto intento forzarla mas de la cuenta—demasiado habitualmente—empiezo a patinar. Sin embargo, con el tiempo, aprendí algo, que cuando acepto que soy bastante idiota para incorporar cosas que a otros con o sin esfuerzo les resulta relativamente posible asimilar al barulo, puedo adquirir cierta lucidez. Cuento esto porque leo ensayos y filosofía desde los 16 años, tengo 31 y nunca fui capaz de resumir de qué esta hablando Pirulo en el libro que este leyendo. Para mi la filosofía, el ensayo, la teoría son un misterio que no entiendo. Jamás entendí un puto libro de filosofía que haya leído. Sin embargo, la lectura de ensayos y filosofía es una parte inescindible de mi vida. No porque busque en ella entender nada—no tanto porque no haya nada que entender, ya que no puedo hacer semejante afirmación, porque como ya dije, no me da la cabeza para tanto—sino porque me hace pensar. Hace unos días atrás terminé de leer La arqueología del saber y no entendí nada, pero nada de nada. Si me preguntaran, ahora, de qué habla Foucault allí, solo podría afirmar que esta haciendo una teoría general sobre el método de investigación que lo llevo de la Historia de la locura en la época clásica a Las palabras y las cosas, y no mucho más, lo cual, por cierto, es lo mismo que no decir nada. Esto no se debe a que Foucault sea un escritor hermético y oscuro, todo lo contrario, es claro y didáctico, además de que esta lleno de ideas y las sabe expresar con gran belleza. Lo que sucede es que a mi la cabeza no me da—claro que cuando afirmo esto no me estoy haciendo la canchera, la linda, remarcando algo para afirmar lo contrario, no, es verdad, a mi la cabeza no me da como le da a otros, por caso: Foucault, y estaría buenísimo que fuera de otro modo, y que no lo sea, más de una vez, suele producirme angustia, pero bueno, asi se dieron las cosas. ¿Entonces por qué insistir con Foucault cuando no se lo entiende? Es sencillo, porque me hace pensar. He leido a incontables lectores de Michel Foucault, nacionales y extranjero—Gilles Deleuze, Maurice Blanchot, Alicia Páez, Gustavo Mallea, Didier Eribon, David Halperin, Marcelo Pompei, Felisa Santos, etcétera— y en su gran mayoría me he sorprendido descubriendo que lo que dicen yo ya lo sabía o estaba cerca de saberlo, salvo que no sabría como expresarlo, pero lo que me sucede con ellos, a diferencia de Michel Foucault, es que los puedo seguir bien que mal pero no me hacen pensar. Tomás Abraham, es quizá, la excepción cuando escribe sobre Foucault así como cuando se dedica a la tele o a la empresa de vivir, es decir, me hace pensar, y además, no pocas veces, reír, porque posee esa inusual característica dentro de su gremio—el gremio de los “inteligentudos”—, de poseer humor.

Ahora bien, ustedes a esta altura ya se deben estar preguntando, ¿cómo, esta no era una reseña sobre El nacimiento de la biopolítica, y entonces, por qué, no dice una puta palabra, esta mina, acerca del libro en cuestión que se supone que tendría que estar reseñando, eh? Bien, ahora diré algo sobre el libro en cuestión que estoy reseñando para tranquilidad del lector.

Desde que Fondo de Cultura Económica distribuyó hará cosa de dos meses atrás, en las librerías de Buenos Aires, El nacimiento de la biopolítica, que cada vez que paso por una librería, él y yo, nos miramos, nos intuimos, nos deseamos, nos presentimos, nos histeriqueamos, nos hacemos promesas mudas y luego, el mismo azar caprichoso de la ciudad que nos reunió nos vuelve a perder cada cual por su lado, solos, infinitamente solos. Lo que quiero decir, es que no tener plata en un país del tercer mundo no es nada fácil, si es que en alguno lo es, claro. Lo cierto es que desde que salió el libro no lo he podido leer porque no tengo el dinero necesario para comprarlo. Así es este mundo, te mete en la cabeza que consumir es algo genial, que le da consistencia a tu identidad, pero no te aclara que para llegar a ser ese consumidor ideal pleno de derechos y deberes, feliz de la vida, como son felices las personas que aparecen en las propagandas de celulares, lácteos o gaseosas, hay cupo limitado. No es tan grave después de todo—mucho más grave es que el kilo de bananas cueste más de 4 pesos, eso sí es realmente grave, porque consumir bananas diariamente aporta el potasio que necesitan los músculos del cuerpo para que éste no se desplome, y el corazón, les recuerdo, es un músculo, que necesita tanto amor como potasio para poder hacer toc-toc toc-toc toc-toc y seguir el tempo de la melodía de los días y las noches, armoniosamente, sin desafinar (1)—, ya en algún momento conseguiré el dinero necesario para comprarlo y lo leeré. Por suerte el libro lo publicó Fondo de Cultura Económica que es una editorial que para mi presupuesto es carísima, pero no imposible como si lo hubieran publicado Amorrortu, Paidos, Ciruela o Taurus. Por otra parte, si lo tuviera el libro y lo hubiera leido, seguramente no podría haber dicho algo muy distinto a esto que cuento aquí, que leo a Foucault, no porque lo entienda sino porque me hace pensar.

(1)
¿Acaso no es éste uno de los temas fundamentales que intenta pensar Foucault en La hermenéutica del sujeto: del consumo correcto y equilibrado de amor y potasio que necesita el corazón? ¿Acaso todas las tecnologías del yo y del cuidado de sí no están pensadas y dirigidas solo para que el corazón consiga articular armoniosamente su propio toc-toc toc-toc toc-toc y así lograr hacer presente en el discurso una verdad que ponga en tensión al propio sujeto?

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