La oscura primavera

19 Nov
Por Hernán Ronsino.
Historias de mujeres oscuras, de Alejandra Laurencich, Editorial Norma.

“Hay héroes cotidianos, admirables peones que construyen la patria en silencio”, piensa la narradora de Obligaciones sencillas , uno de los relatos que componen Historias de mujeres oscuras de Alejandra Laurencich.

Esa sentencia puede ser una buena forma de reflejar el espíritu que atraviesa a los personajes de Laurencich: son héroes cotidianos, peones, que la reman, día a día.
En 1998 apareció el libro de relatos Perra virtual, de Cristina Civale. El libro desnuda la crudeza de mujeres desesperadas bajo un orden social neoliberal que trituraba lentamente.
Si bien los relatos de Laurencich también narran situaciones protagonizadas por mujeres, por el contrario, estas mujeres encarnan las consecuencias del derrumbe social de fines de siglo.
De este modo, no se puede pensar a estas mujeres sin tener en cuenta el estallido del 2001. Sobre estas ruinas se levantan los relatos de Laurencich. “Acá estamos nosotros. Y los piqueteros”, dice en Sin motivos. Y luego, más adelante, agrega: “Voy a contar lo que he visto, voy a detener el tiempo en un relato”.
Si las mujeres de Civale flotan, individuales, sin compromiso, ligeras y crueles; las mujeres de Laurencich están atadas, comprometidas con un lugar: un barrio, una familia, una tradición: es decir, una clase social. La crisis de la clase media es la que narra Laurencich, con un claro manejo del lenguaje, a través de la voz de sus mujeres.
El dinero, si pensamos en este contexto de crisis, por lo tanto, se vuelve un elemento central en la trama: por ejemplo, al padre de La Tormenta y la siesta le falta plata, y a la narradora del Fluir maravilloso la cagaron con el contrato. La mujer de Bosnia en la almohada en lugar de pensar a quién le puede pedir plata para pagar el alquiler, piensa en pavadas. Esas pavadas se parecen mucho a la literatura. La culpa entre la carencia y la posibilidad de narrar angustia. ¿Cómo una mujer va pensar en hacer literatura mientras el mundo se derrumba?
El retrato de la mujer de barrio es otra de las constantes: “quiero retocarme el colorete para salir a barrer”, dice la protagonista de Solo un giorno che non va, en un duelo intenso con una vieja que sale a barrer la vereda y a controlar a todos. Querer ser esa otra mujer, sin más preocupaciones que arreglarse para salir a la puerta, chusmear, y después tomar mates dulces con galletas marineras, y mirar la telenovela de la tarde. La narración siempre se enfoca desde el punto de vista de una mujer de clase media que tiene que luchar con una familia y con su propio deseo (es decir, con su propia historia: un buen ejemplo es el relato Adulterio) en medio de un país que le cierra las puertas a todos y donde el exilio parece ser la única forma, otra vez, de salvación.
En Tango para dos Eugenia es la que trae la mirada del que se fue. Vicky, la que sigue en el país, después de escucharle decir a su amiga que “el exilio le ha dado derechos”, le dice: “Me cago en tus derechos, venir por dos semanas es una cosa, y estar acá enterrada es otra”.
Sobrevivir en una tierra arrasada, ésa podría ser la síntesis del libro. Un buen ejemplo también es la madre desesperada de Bosnia, que imagina una guerra sobre la almohada después de discutir con su hija: ¿qué sería capaz de hacer en una guerra para sobrevivir? Buscar los restos de un perro enterrado, por ejemplo, y alimentar a su hija.
Estas crónicas del desamparo reflejan a mujeres que oscilan de la oscuridad de la cita de Sagan ( no hay ni un indicio de que la ayuda llegará) a la búsqueda de esa hoja de la parra que confirme, como dice la narradora de Sin motivos, que “el mundo seguía teniendo la promesa de una primavera”.
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