El poeta y sus andanzas

13 Nov





La casa de Dostoievsky


Jorge Edwards

Planeta

2008

El título de esta novela de Edwards nombra una casa de Santiago de Chile, habitada en los años cincuenta del siglo anterior por un grupo variopinto de artistas y bohemios, y poco tendrá que ver con el desarrollo de la historia. Pero es desde allí que el protagonista, identificado como el Poeta, se descuelga por una ventana en el inicio de una búsqueda poética y personal que lo llevará –a lo largo de más dos décadas- por París, por La Habana, por la Isla Negra de Neruda, por un fundo cercano a la desembocadura del río Maure y por otras locaciones chilenas, hasta terminar su periplo vital en un departamento de Santiago, en tiempos de la dictadura pinochetista. A lo largo de ese trayecto -muy bien escrito, como podía esperarse de un autor veterano como Edwards, ya anteriormente premiado con el Cervantes- el Poeta bebe litros de alcohol que pagan otros, tiene amores con una adolescente, con tres mujeres y quizá con algún mozalbete, escribe poemas en un cuaderno con un lapicito romo y es actor y también testigo de la vida intelectual chilena y cubana, tanto en su auge creativo y revolucionario como cuando ambas fueron reprimidas.

Podría suponerse que esos ámbitos, ese período histórico y los antecedentes literarios de su autor eran garantías suficientes para esperar de La Casa de Dostoievsky un texto lleno de tensión dramática. Malgrado tal suposición, la novela relata una vida que, salvo en contados, breves episodios, no consigue entusiasmar. En ningún momento queda en claro qué pulsión lleva al Poeta a poetizar ni qué es lo que poetiza, por qué ama de la manera desaprensiva en que lo hace (si es que ama en serio, cuestión que también genera dudas), por qué quienes lo rodean lo contienen o lo admiran o lo soportan, por qué su falta de compromiso, por qué trabaja en Cuba para la Casa de las Américas si está disconforme con el castrismo, etcétera, etcétera. Este Poeta se muestra como un Narciso desaseado, bastante hábil en conseguirse partenaires sexuales (mujeres tan poco exploradas por el autor en sus motivaciones afectivas y lealtades que resultan poco verosímiles) y como un vividor de la cultura, políticamente ambiguo a pesar de las especulaciones identitarias que Edwards hace al respecto. Los restantes personajes, en su mayoría, adolecen de las mismas falencias. En su mayoría, transitan lugares que de tan visitados se han vuelto lo suficientemente comunes como para que la prudencia aconseje obviarlos. No ha sido el caso del texto, en donde encontramos que los aristócratas son grotescamente reaccionarios, sus hijos artistas son pusilánimes ante los mandatos de clase, los castristas son autoritarios y arribistas, las mujeres son de fácil acceso, etcétera, etcétera. Y para culminar con ese paneo, no faltan las menciones gastronómicas, mayormente de comidas regionales que, al no ser descriptas, evitan el deseo pero alargan las páginas.

Por encima de todo, el personaje principal, ese Poeta sin nombre cierto carece del espesor suficiente para sostener el interés del lector en las más de trescientas páginas que insume su historia.

Historia en la que es también de señalar la desproporción que existe entre las 82 páginas dedicadas a los dos años del Poeta en Cuba y las 235 que insumen los veinte años y pico que pasa en sus estadas en Francia y en Chile. Esa desproporción se advierte también en los contenidos ideológicos insitos en el texto. Es así que la presión del régimen de Castro sobre los intelectuales se describe con holgura y color, mientras que las desigualdades sociales chilenas, naturalizadas, pasan a integrar el paisaje sin requerir mayores comentarios. Quizá por eso, la absurda ‘autocrítica pública’ a la que fue obligado el poeta cubano Heberto Padilla recibe de Edwards un tratamiento más dramático que la matanza de artistas y militantes allendistas llevada a cabo por el ejército chileno en el Estadio Nacional de Santiago. Esta masacre es aludida en menos de tres páginas, donde lo que más hace ruido es la omisión del autor de relatar esa tragedia o internarse en su significado comunitario. Ese desbalance priva a la novela de un encuadre histórico (con el cual cada lector podría o no coincidir) que hubiera dado más equilibrio, profundidad y emoción a lo que cuenta.

Por estas razones, el Poeta y sus andanzas defraudan y resultan poco atractivos. Sensación que, conviene señalar, no fue la del jurado que premió esta novela, quizá creído que al otorgarle ese galardón a Edwards estaba cumpliendo con aquel objetivo del concurso de “descubrir nuevos valores”.





Pablo Lerman

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