Novela eres tú

26 Nov



Diario de un

libertino

Rubem Fonseca

Norma

Dentro de la extensa maquinaria narrativa de Philip Roth, Nathan Zuckerman es una de sus piezas fundamentales. Considerado por muchos críticos y lectores como un alter ego absoluto del autor, es en realidad un complejo sistema de referencias y alusiones que atraviesa gran parte de la obra del norteamericano. Así, Zuckerman pasa de ser un personaje de ficción creado por el escritor Peter Tarnopol en My life as a man a transformarse en protagonista y/o narrador de toda la obra posterior de Roth. De protagonista de The Ghost Writer a narrador en Pastoral Americana, pasando por un breve cameo intertextual en la novela de Salman Rushdie El suelo bajo sus pies, Zuckerman aparece directa o indirectamente en la mayor parte de sus novelas, construyendo así ese universo personal de autor que deviene obsesión referencial para sus apologistas: Zuckerman es Roth, dicen, y señalan los guiños, las equivalencias, todas esas evidencias contundentes que ratifican su mantra: Zuckerman es Roth, Roth es Zuckerman, Zuckerman es Roth –en definitiva: Zuckerman como la continuación de Roth por otros medios.

A su manera, Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1928), tampoco suele quedar exento de esta vieja confusión. Autor de una extraordinaria producción novelística, Fonseca es famoso por su notable renovación del policial negro, ahí donde su lenguaje áspero, sus tramas repletas de muerte y sexo explícito y los paisajes marginales que rodean a sus libros parecen convertirse en la extensión perfecta de su biografía. Quienes lo googlean saben que Fonseca, antes de dedicarse por completo a la literatura, fue un tira, un miembro de las filas de la Policía de Río de Janeiro que, aunque dedicado a tareas mayormente administrativas, tuvo en su momento una actuación lo suficientemente importante como para lograr ver de cerca todo aquello que luego le serviría de material para su obra: los crímenes, los interrogantes, la violencia social en toda su dimensión.

En este sentido, Diario de un libertino (Norma, 2007) parece dejar atrás esta marca de autor para dar paso a otro tipo de intriga policial. Rufus, un escritor que vive de los réditos tan inusitados como inigualables de su primera novela, decide aprovechar el primer día del año para comenzar un diario personal. Él, como el título lo indica, es un libertino, un seductor que opone al éxito descontinuado de su obra literaria un suceso irrefutable con las mujeres. Tenemos ahí dos obsesiones: literatura y mujeres. Rufus, como Jorge Amado, tuvo una novela exitosísima que terminaría siendo adaptada simultáneamente al cine y a la televisión aunque, a diferencia de su coterráneo, nunca lograría una Doña Flor y sus dos maridos para repetir el suceso de su Gabriela clavo y canela. Rufus es una maravilla de un solo éxito, un escritor probablemente mediocre que un buen día decide llevar adelante un diario sólo para registrar sus observaciones personales mientras se dedica en paralelo a su verdadero trabajo: la escritura de una novela de formación con la que pretende volver a captar el interés del público y la crítica.

Sin embargo, ese racconto privado de experiencias pronto supera el molde confesional que Rufus se esfuerza por ajustarle al diario. Comenzando el 1 de enero y extendiéndose con interrupciones hasta la última jornada del año, el diario consagra 83 días de “ocurrencias, experiencias y observaciones” en los que Rufus aprovecha para ejercitar recursos estilísticos, practicar su tan anhelada bildungsroman y narrar las idas y venidas de sus romances, los cuales, en lo que dura el año, ascienden a cinco, incluyendo una aventura amorosa simultánea con una joven y su madre. Ménage à trois complejo, es justamente este último conflicto amoroso, sumado a una breve investigación filial de tintes novelescos, el que despierta en el lector los primeros síntomas del pulso policial. Clorinda, una tímida admiradora con la que Rufus comienza una platónica relación amorosa, consigue que su héroe la ayude a descubrir si su hermana Virna es en realidad su madre biológica. Rufus, empujado tal vez por un extraño y romántico sentimiento de aventura, se interna en la clínica psiquiátrica donde la hermana-madre de Clorinda se recluyó por iniciativa propia sólo para poder llevar adelante su investigación. Asumiendo para ello la identidad de “José Zuckerman”, Rufus no tarda en enamorarse de Virna, dando comienzo así a una historia en dos frentes que no puede detener y que culmina con una denuncia y la aparición de un crimen misterioso que lentamente va convirtiendo al diario en el bloc de notas de una novela en progreso que parece exceder por momentos a su propio narrador.

“Literatura es imaginación”, dice Rufus en la entrada del 8 de agosto, cuando faltan todavía cuatro meses para la resolución de la historia. Sin embargo, y a medida que avanza el caso, a Rufus se le van escapando datos de su propia experiencia, confundiéndose en un diario que ya no es un diario, que va dejando de lado el testimonio para dar paso a la narración y a la novela. Autor de cinco libros, Rufus es también víctima de esa enfermedad que aqueja a varios lectores y que él mismo bautiza como el “síndrome Zuckerman”. Al igual que el personaje de Roth, Rufus es continuamente confundido con sus libros, asumiendo como propias las acciones y características de sus personajes. Así, mientras varios colegas lo acusan de disfrazar infidencias personales bajo las ropas de sus novelas, el mismo Rufus, incapaz de sostener una relación amorosa por más de dos meses, termina mimetizándose con sus obras. En una escena maravillosa correspondiente a la entrada del 10 de abril, Rufus decide comunicarle a Lucia -la segunda novia del autor en lo que va del año- que se ha enamorado de Clorinda. Circunspecto y atento a los sentimientos de su amada, Rufus le asegura que “el respeto, el cariño y la admiración que siento por ti me obligan a decirte la verdad”. Lucia lo escucha en silencio, va hasta la biblioteca y vuelve agitando un libro en la mano mientras le grita desencajada:

-Gran hijo de puta, todo esta aquí, oye: “El respeto, el cariño y la admiración que siento por ti me obligan a decirte la verdad”. Es ese crápula de El aprendiz, que siempre supe que eras tú.

Novela eres tú, parece descubrir Rufus a lo largo del año que abarca estos apuntes y que se cierra con una resolución rápida y liviana del caso policial, como si lo importante, menos que los hechos o el mismo género que el lector espera por fuera de la novela, fuese el aprendizaje que Rufus adquiere de sí mismo y de la literatura, en un diario repleto de pistas propias de un policial de enredos o una novela confesional donde Rufus acaba por transformarse en su propio alter ego. Si Zuckerman es confundido con los personajes que crea y éste a su vez se mimetiza con Roth en la mente de los mismos lectores que unen la biografía de Fonseca con el paisaje marginal se sus obras, Rufus -que nosotros, como lectores zuckermanianos, bien podríamos asumir como un acrónimo del autor- termina por convertirse en su propio personaje, en una novela cuyo mayor logro es hacer de la libertad y la multiplicidad de referencias un hilo lo suficientemente autónomo como para tejer una historia cerrada y sin fisuras, más allá de lo que haga con los propios recursos que genera.

Así, Diario de un libertino termina conformándose como un policial que no es, distinto al universo que consagró a Fonseca como uno de los más importantes nombres de la nueva novela negra latinoamericana. Y eso siempre es un riesgo. En una vieja reseña publicada en el suplemento Radar Libros, Guillermo Saccomanno lamentaba que el mineiro saltara con frecuencia de sus “escenarios naturales” (la violencia, los relatos marginales) a supuestos experimentos estilísticos -como contar una historia de ricachones (sic) o transcribir literalmente un chat o una pieza teatral- por el solo afán de trascender géneros y “elevar” así su literatura a cierto vanguardismo. En ese sentido, es probable que el lector de Fonseca encuentre en este Diario de un libertino un universo distinto, una novela más cercana al intento por elaborar un policial clásico con fuertes pretensiones autoreferenciales y onanistas que otra de las ya famosas historias negras repletas de sexo y libertinaje tan caras al brasileño. Pero al mismo tiempo, y lejos de la tematización anquilosada de los lugares naturales, la violencia marginal o el zuckermanismo de todo calibre, este diario de Rufus es un juego sencillo y atrapante que en ningún momento se rinde ni a las pretensiones estéticas ni a los compromisos de lectura de los policías del género. Todo lo contrario. Con una libertad que el lector celebra, Diario de un libertino abandona la comodidad formal de quien ha hecho de su estilo un camino al éxito para entregarse a una gimnasia alegre e inteligente, sin pretensiones, un diario de enredos que se consume con iguales dosis de placer y adicción, más allá de quién haya sido el autor que la escribió.

Diego Sánchez

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