Cuatro anotaciones sobre una extraterrestre llamada KIKI

22 Mar

KIKI

Cuqui

Huácale Capirote

2008

· Casi podría decirse que Cuqui, escritora y performer, publica un libro por año desde allá por 1999. Un libro por año. Toda una beatle. Es cierto, una beatle que escribe, y que desde ese registro suelta su voz y se pasea por los márgenes. Ha publicado poemas, singles, aforismos y ahora parece dar sus primeros giros voladores en la prosa.

El nuevo libro de Cuqui, llamado Kiki (Huácala Capirote, 2008), puede leerse en principio como lo que dice que es: un pedazo (contundente) de su diario personal, en el que se recopilan datos acerca de la vida sexual, nocturna, amorosa y espiritual de Cuqui (o Kiki) con lujo de detalles y sin escatimar información. En esa primera lectura (voyeurista) uno puede encontrarse con las anécdotas y el trayecto hormonal de Kiki, con las descripciones sobre las anatomías y posturas de los amantes de turno y con la infinidad de mensajes de texto y mails que Kiki manda y que le son mandados (en la tipografía bizarra, la sequedad y el pragmatismo típico de esos modos de escribir). Lectura voyeurista sin sobresaltos que Cuqui facilita al ser estrictamente fiel a las reglas del género (el diario personal): así, puede verse que escasean las metáforas y los circunloquios poéticos: se va directamente al grano. Las palabras “literatura”, o “poema”, o “ficción” o “esto es un diario” brillan por su ausencia, al igual que las referencias culturales “duras”. Lo único que se cita es un Tim Burton, dos marqueses de Sade, nueve Madonnas y un espartano (en un fragmento inolvidable). Y así como no hay citas “duras”, tampoco hay personajes rebuscados: lo que encontramos son dos julianes, un peruano, un chileno, un Edu666, Javier, Mariano, un brasilero, y no sé cuántos más (todos en posturas sexuales amatorias, saliendo o entrando de ellas). Entre tantos, llama la atención un degenerado desagradable que le envía mensajes de textos a Cukiqui preocupado por haberse acostado con ella en estado semi-inconsciente y asustado por la posibilidad de haber cogido sin usar forro y haberse contagiado de Sida. Tal tipo existe, manda los mensajes de textos más horribles en la historia del celular y merece ser golpeado contra un poste. Pero además de mensajes y mails, y como corresponde, dado que se trata de un diario personal que sólo por ser editado en vida de la autora toca la barrera que dice “ficción”, podemos leer pequeñas y esporádicas observaciones de Kiki-Cuqui acerca de su vida interior y sus posibles problemas, que detienen el ritmo de los encuentros y mensajes y le dan otro aire y otra fluidez al conjunto: “Me dio un poco de vergüenza ser tan pobre, no tener computadora ni nada para hacer un lindo desayuno…”. O, un poco antes: “¡Es una alegría tan grande! Cuando me imaginaba que sí le jodía (que le escribiera mensajes al celular) me sentí tan mal, que todo era tan sin sentido!!!! Ahora me siento tranquila y segura, entonces no tengo malos pensamientos hacia él, sólo pienso en cogerlo, en tomar sol en su patio y mojarlo con el agua de una manguera”.

· Una lectura menos fiel a los géneros literarios y más fiel a la experiencia border de la escritora-performer Cuqui podría llevar a Kiki (el libro), menos hacia los límites insoportables entre literatura y vida que a otros tipos de registros y problemáticas. Por ejemplo: puede pensarse que el libro-diario personal de Cukiqui, además de ser un texto absolutamente perfecto para leer en momentos de vacación o viaje es, entre otras cosas, el registro antropológico donde desde la perspectiva del observador se vive la “noche argentino cordobesa”, dando detalles acerca de esas formas de existencia (la de la observadora, la de sus citas, la del lugar donde ocurre todo). De tal modo, Madonna deja de ser la esposa esplendorosa de Guy Ritchie y pasa a ser la acompañante desquiciadamente honesta de una versión regional de Marc Augé. Junto a ella (la observadora que casi todo lo cuenta) nos daremos de cara contra la relación intensa que la cultura juvenil tiene con teléfonos celulares y cuentas de mail, casi como si ambos fueran una parte del cuerpo que duerme y se despierta (leyendo Kiki se puede ver cómo, en cierto modo, el teléfono celular ha pasado a ser un órgano sexual más). Nos daremos de frente también con el proceso de infantilización que vive nuestra cultura o, para ser más concretos, veremos como las personas de 30 años sólo se diferencian de las de 20 en que se comportan como si nunca hubiesen tenido 30 (la frase sorprendida “yo te daba 20” se repite varias veces en el diario). Otra vez, aunque de manera más fuerte aún que en Fruta fermentada, lo que llama la atención en el libro es no sólo la relación marcada que Cuqui tiene con el tiempo y el desgaste de las cosas, sino principalmente con el presente.

· Quien haya leído la aceptable cantidad de blogs y páginas virtuales existentes en Córdoba puede llegar sin inconvenientes a las siguientes reflexiones: “No entiendo qué es un blog”, “Los libros son mejores” y “es sólo gente hablando de sí misma”. Quien se haya interesado por los blogs y páginas virtuales de Córdoba durante un lapso de tiempo mayor, puede concluir que sigue sin entenderse qué astronautas es un blog, y que el 2008 ha sido un año parco y lamentable en el que se rescata sumamente poco. El libro de Cuquiki es, en ese marco, uno de los mejores blogs que se escribieron durante este año, aún cuando jamás circuló bajo ese formato. Al igual que ellos en general, trata de una persona escribiendo sobre sí misma y su intimidad sin detenerse demasiado en la corrección o la reflexión, siguiendo un ritmo arbitrario de escritura: el diario es el fragmento (extenso) de un diario mayor anotado algunos días (no todos), que ha empezado en un momento cualquiera (el 28/04/07) y terminará en un momento cualquiera (el 11/05/08, si es que Cuqui no edita la continuación o no se la raptan los extraterrestres y los avivados de Planeta le editan todos sus diarios). Lo que sí hay a diferencia con ellos (los blogs) es una absoluta fidelidad a un género (el diario), sumado al efecto obvio que opone el sistema de lectura de un registro respecto al otro: leer un libro con todas las anotaciones ya hechas no es lo mismo que seguir la construcción de ese personaje, esa voz, y ese libro en el día a día virtual.

· Una última observación más para sumar a las tres anteriores (las de Kiki como texto para espiar como voyeurs, casi como si leyéramos una seudo-novela de amor; Kiki como descripción etnográfica y Kiki como ejemplar bloggero): pareciera que siempre hay algo en Cuqui, la Performer y escritora, que escapa a las fronteras institucionales del arte, que juega con los límites entre unas cosas y otras. Al leer el diario personal Kiki no sólo podemos caer en la aburrida discusión de si lo escrito fue muy verdadero o no; también podemos tomarlo como la partitura de una experimentación con el mundo, uno mismo y las relaciones interpersonales. En entrevista con Martín Toledo, Cuqui dice: “No hay personaje, Kiki soy yo. Yo buscaba curarme cierta cosa sexual que me acomplejaba y no puedo decir qué es (…) Kiki son anotaciones de un seudoejercicio de psicomagia que me autorreceté (…) y que además quedó por la mitad. En su totalidad, no pude cumplirlo, por lo tanto, no pude curarme, pero sí observé los enormes avances”.

Lo que pasa de una vez por todas a primer plano, entonces, es menos el carácter literario experimental potente (magia negra) de la escritura de Cuqui que el sentido estricto de experimento que Cukiqui ha practicado sobre sí misma en el espacio urbano actual (realizando casi un devaneo ciudadano al modo de los situacionistas). En ese sentido, el diario es sólo un apéndice de un cuerpo mayor donde se han implementado reglas precisas para vivir, siguiendo más o menos los siguientes parámetros: a) voy a tener una intensa vida sexual nocturna b) Voy a poner buena parte de mis recursos (tiempo, cuerpo y dinero) en ello. c) Usaré mi diario para hacer todas las anotaciones respectivas.

El supuesto del que se parte y la conclusión a la que se llega son básicamente idénticos: La vida propia como lugar de creatividad, movimiento, acción y crisis artística.

Es cierto, esa experimentación y la fidelidad a un registro claro y limpio de lo acontecido pueden dejar anotaciones brutales como ésta: “En el gallo me besé con un chico de 19 años pero no me gustó cómo lo hacía, parecía una sopapa y se veía como los besos de los Simpsons”. O ésta: “La cuestión es que el forro negro se le subía, así que se masturbó sentado en mi cintura. Me pegaba cachetadas en los costados de la boca con su sexo y acabó en mi cara/cuello. Me dio un poco de asco, era semen en espuma. Me gusta más líquido”.

O también ésta, que es parte de un mensaje de texto enviado a un curioso que le pregunta a Kuki porqué se acuesta todo el tiempo con extraños, y que termina siendo como una escalibur enterrándose en el pecho: “x el momento la única que me queda es acostarme con extraños xq nadie me invita a salir y necesito abrazar a alguien. El sábado me fui cn otro. Me encantaría sentirme querida. Hago lo que puedo. No se xq no le cierro a nadie”.

Pablo Natale
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