El hombre en el umbral

7 Jul

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Fantasmas
Daniel Link
Eterna Cadencia
2009
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Como el mar, Fantasmas es un profundo misterio azul. Fantasmas es el último libro de Daniel Link (Buenos Aires, 1959) y un paso más en su prolífica obra ensayística. Link es escritor, crítico literario y profesor universitario.

Lo que tenemos entre manos son cuatrocientas cincuenta páginas de dilatada escritura sobre un objeto laxo: los fantasmas. Digo “laxo” porque la definición que Link da lo es (“Llamo fantasma a una figura difícil de asir”) y “dilatada” porque, finalmente, es posible encontrarlos en cualquier lugar: en la Odisea (desde donde las sirenas se proyectan como ´”mis terribles compañeras de escritura”, p. 10), en El principito, en la asignación del Premio Herralde, en un pueblito de Catamarca.

Dilatado y laxo como corresponde a un libro sobre la imaginación que se sostiene en el discurso de los fantasmas, Fantasmas toca los temas más peregrinos. Pero empieza con un umbral, un «Umbral».

La primera página del «Umbral» (¿será un prólogo? ¿Tal vez una palabra? ¿Un concepto, quizás?) depara la incomodidad de tener que entrar y salir de siete pasajes bañados entre paréntesis. No se trata de una excepción: en la segunda página, el número de pares de caparazones aumenta a doce. Hemos de llegar a las páginas subsiguientes para averiguar que el texto tiende a estabilizarse y, finalmente, nos encontramos con un promedio de doce (seis y seis) paréntesis por página. Esta incomodidad es tipográfica pero no sólo eso. También es sensible a una característica de la prosa de Link: hay un afán por aclarar, por corregir o multiplicar lo ya dicho, que asfixia lo que podría ser una lectura fluida. Los paréntesis vendrían a ser, según esta lectura, la prótesis de algo que no fue pensado del todo, la sospecha de que algo no fue bien expresado o no será bien entendido; suenan a articulación no articulada, a mera variación o a “machaque” de profesor:

“El acontecimiento, nos enseña la filosofía, es del orden de lo imprevisto”

“Poco tiempo después la fama le llega [a Susan Sontag] por la vía más inesperada (como todo acontecimiento que se precie de tal”

Fantasmas, además, está poblado de aclaraciones en las que el decir es, finalmente, otro:

“(…) debe entenderse en su sentido histórico (es decir, político)”

“(…) sino determinadas relaciones territoriales (es decir: políticas)”

e idiomas varios: latín, alemán, francés, italiano, un castellano que incluye el neologismo diferentificación y afirmaciones como:

“Hasta el primer volumen de la Historia de la sexualidad Foucault es guaraní. Recién después se vuelve griego”

Sólo en lo que, a falta de una denominación exacta, podríamos llamar segunda lectura (o el deseo, que en el caso del reseñador es necesidad, de entender algo) podemos, menos enceguecidos, emprender con él su viaje. Vamos haciendo esquí acuático (que conste que Link también escribe una nueva versión homérica[1]: “Los fatigados navegantes volvieron chez Eolo, que los sacó carpiendo”) remolcados por la increíble nave en la que viaja Odiseo. En el límpido paisaje griego comenzamos a interrogar a las sirenas para ver cómo es un fantasma: con una mano nos mantenemos unidos al movimiento y con la otra sostenemos un libro: leemos la Odisea para poder apropiarnos de la experiencia como se debe, leemos a Servio, a Isidoro de Sevilla, a Aby Warburg, a Adorno y Horkheimer y a Kafka. Allí están las sirenas y allí está parte de lo que sobre ellas se ha escrito. Hemos enviado a nuestras almas a un paseo por su pasado, hemos avistado cierto debate y nos hemos enterado del proyecto de Link para este libro. Atravesamos el umbral, esta vez contentos, ya listos para ocuparnos de nuestros siglos.

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La mera existencia de Fantasmas nos dice algo sobre la manera en la que el libro pide ser leído: se trata del quinto libro que Link publica en los últimos cuatro años, y es el tercero que podría ubicarse en una zona ensayística. Son 447 páginas que se suman a las 375 de Clases (Norma, 2005) y a las 276 de Leyenda (Entropía, 2006). Semejante producción sería difícil de explicar si no fuera por el hecho de que estos libros reúnen artículos publicados en libros y revistas, ponencias en congresos y bosquejos de palabras pronunciadas en algún aula de la Facultad de Filosofía y Letras. Estos textos, sumados a los de Montserrat (Mansalva, 2006), La mafia rusa (Emecé, 2008) y Linkillo (su blog), dan cuenta de una actividad en la que la intimidad aparece como problema: “Como quien dijera que lo que en este momento nos atraviesa es la necesidad de inscribir el propio cuerpo en relación con todo lo que existe”.

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Todo lo que existe, o casi. Fantasmas es, más que un libro de teoría o crítica, un libro de Daniel Link. De lo que Daniel Link tiene en el disco rígido, de lo que piensa mientras siente el frío del invierno en un centro cultural, de sus zappings, de los llamados que recibe e interrumpen la escritura del libro, etcétera. Es un libro de teoría y crítica entramado en una vida concreta, o de una vida concreta entramada en la teoría y la crítica. Es un libro que tiene muchas aristas (el star-system de Hollywood, el mencionado disco rígido, Susan Sontag, El principito, los sustantivos “ascesis” y “autoctonía”, Nabokov, la familia Mann, Lorca, América, Arturo Carrera, Clarice Lispector, Pedro Páramo, Rayuela, Copi) y oscila entre una erudición que incomoda (“Recuérdese que la morfología ictícola de la sirena es posterior al siglo IV”, el subrayado es mío), la observación sagaz, las articulaciones ininteligibles y la experiencia cotidiana. Cuando Link sale a la calle para internarse en casi cualquier cosa, el resultado es interesante; cuando, en cambio, se queda leyendo y escribiendo, una intensa sofisticación (en la que resuenan lecturas muy definidas, como las de Deleuze, Foucault y Agamben), así como una búsqueda de originalidad (por ejemplo cuando define a la «Carta abierta a la Junta Militar» de Walsh como un “texto decisivo de la modernidad occidental”), hacen tambalear la felicidad del lector.

Entre los mejores pasajes del libro se encuentran «Eurindia» (que narra deliciosamente la experiencia de una visita nocturna al Centro Cultural del Sur), «1519» (donde el Link viajero reflexiona, a partir del viaje en el tiempo que un espectáculo para turistas le propicia en el D.F. mexicano, sobre los horrores del arte autónomo) y «Desastre». En este capítulo Link analiza el cierre de Punto de Vista, la revista que Beatriz Sarlo dirigió durante treinta años, y su análisis no es sólo lúcido sino también, y ante todo, valiente: no son muchos los intelectuales argentinos que digan realmente lo que piensan sobre la casa del vecino (y Link lo ha hecho ya en varias oportunidades: su intervención en la época de la fallida asunción de Rodríguez Felder como ministro de cultura porteño, cuando escribió “la corporación cultural y artística de Buenos Aires, con argumentos erráticos, mezquinos y de una sospechosa unanimidad (…)”, sólo encuentra parangón en las declaraciones de María Elena Walsh en la época de la Carpa Blanca).

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¿Cómo leer esta frase, que sale a nuestro encuentro pasadas las doscientas páginas?

“Lo que Thomas [Mann] escribe aunque no entienda el significado de sus propias palabras es que ya en su época el humanismo falla (…)”

Link se refiere aquí a la imaginación humanista, una de las imaginaciones que animan el volumen (las otras son la imaginación dialéctica, la del desastre, la novomundista y la pop), pero ¿con qué tono debemos imaginar que se dice lo que leemos? En la respuesta está uno de los rasgos decisivos para leer la literatura de Link: Link (¡con ese apellido!) busca entablar un diálogo entre épocas[2] y no una competencia de egos: no se trata de lo que Thomas Mann no entendió y él sí, sino del rigor de la contemporaneidad, de la obligación de responder desde el propio tiempo, de la acumulación de experiencia que empuja a la especie hacia una forma de leer, hacia un “cómo se lee” (Cómo se lee, editado por Norma en 2003, es el título del primer libro de ensayo que Link publicó en el milenio)

***

Fantasmas es, como su objeto y su condición de posibilidad (un “yo” que se problematiza), difícil de asir. Apunta, en tanto parte de la obra de Link, a lo que Hegel definía como el elemento perfecto: aquel en el que la interioridad es tan exterior como interna es la exterioridad. No es un mal plan.

Alejandro Droznes

[1] Ver Jorge Luis Borges, «Las versiones homéricas», en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, pp. 239-243.
[2] Sólo desde esta perspectiva puede hacerse entendible la adjetivación presente en la página 241: “(…) uno de los más rancios conflictos imaginados por el siglo XIX: civilización o barbarie”.

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