Guebel y sus precursores

13 Oct

Mis escritores muertos

Daniel Guebel

Mansalva

2009

Hace unos pocos días viajaba en colectivo con un amigo, y en algún momento interrumpió la conversación para decir: “es bueno el nuevo de Guebel, ¿no?”. Me quedé mudo, suspendido, pero no tanto por el arrebato literario que mi amigo le pudo contrabandear a un viaje de colectivo que no ofrecía nada, sino por mi evidente imposibilidad para responderle, como si el libro me implicara de un modo tan decisivo que no pudiera decir nada. Procuraré, sin embargo, hacer mi mejor intento.



Lo primero que escuché sobre el libro me lo refirió el propio Guebel, una tarde en que me lo crucé al borde del botánico. No recuerdo sus palabras exactas, pero me pudo haber dicho lo siguiente: “Estoy escribiendo un librito de recuerdos de Di Paola, y de algún modo la cosa se extendió y empezó a incluir a tu viejo”. Ya en esas palabras se cifraba esa naturaleza mestiza y un poco deforme de Mis escritores muertos. Hoy, no puedo pensar en un modo más preciso de definir al libro que no sea apelando a esa paradoja un poco cobarde pero certera de que el libro no se puede definir. Es que quizás lo que quiso hacer, esa especie de “Guebel y sus precursores” en clave ficcional, sólo se pueda lograr con éxito cruzando géneros y dinamitando estructuras. A mitad de camino entre el homenaje, la crítica literaria caprichosa, el elogio de la imaginación y la exactitud enciclopédica, Mis escritores muertos se parece a muy pocos libros. Se puede pensar, por qué no, como una suerte de cara B de esa otra elegía por el amigo muerto que Guebel escribió con Bizzio a propósito de Charlie Feilling. Road fiction delirante, en donde cada pequeña gestualidad del amigo se puede leer como una política literaria, como un manifiesto estético. Y si bien en las primeras páginas del libro Guebel declara, con un pudor excesivo, que la crítica literaria no es su fuerte, lo que en Mis escritores muertos aparenta ser una pura ficción va derramando de a poco la teoría y la crítica en pequeñas dosis homeopáticas, como si sólo se pudiera intervenir en la literatura del otro de un modo silencioso, invisible, pero constante. Una política de la crítica literaria sin estridencias.



Quiero confesar algo: siempre me resultó inescrutable la lógica con la que Guebel elige los temas para sus libros. Puede pasar de ese infinito quijote argento que es Carrera y Fracasi a los relatos condensados y de deliberado anacronismo de Los padres de Sherezade, o saltar de esa puesta en exceso de la autonomía literaria que es Los elementales a la novela política La vida por perón sin solución de continuidad. Y sin embargo, claro, como todo escritor cuya literatura apuesta, como decía mi viejo, al lento destilar del pathos en la letra, todos sus libros parecen ser una nueva vuelta de tuerca a una misma obsesión. Mis escritores muertos, en ese sentido, es paradigmático, porque en su escandalosa brevedad logra sin embargo condensar eso que quizás sea una de las obsesiones centrales de Guebel, y que tiene que ver con la búsqueda de un estilo. En este caso es curioso, porque Guebel habla de dos escritores que admira, y da la impresión de que cuando está hablando de uno de ellos, su escritura se acerca a la de ese escritor, como imantada, seducida. Y es probable que este libro sea para el propio Guebel un libro necesario, definitivo, porque cuando uno lo cierra siente que Daniel le pudo poner el punto final a un duelo largamente dilatado, a eso que alguna vez se llamó el largo adiós.



En cuanto a lo puramente estilístico, diría que el relato de Guebel se expande y se encoge, se estira y se contrae. Es un movimiento casi corporal, como si Guebel le hiciera a la literatura algunas preguntas que su propia prosa va replicando con jadeos afectivos. Cuando el texto se encoge, la prosa se vuelve límpida, precisa, y parece que el narrador estuviera erigiendo un zoológico de cristal, un inmenso mundo en miniatura. Cuando el relato se estira, en cambio, la escritura de Guebel sucumbe ante uno de sus vicios secretos: el barroco. Lo intrincado, lo opaco, lo abigarrado. Quizás esas dos escrituras no sean contradictorias, y allá en el fondo exista una literatura en donde juntas son posibles. Esa es la literatura que Daniel Guebel está buscando, a fuerza de libros, a puro despilfarro narrativo.



Por ultimo, quisiera traer aquí algo muy puntual del libro, que como en un imprevisto golpe oracular le termina de dar sentido al conjunto. Hacía el final del pequeño volumen, Guebel dice: “Cuando leo, imagino que lo hago con los anteojos de Libertella; cuando escribo, lo hago para que él me lea”. Cuando leí esa frase algo me estremeció, y se me vino encima el eco de algo que ya había leído. Era algo del propio Di Paola, el otro gran protagonista de este libro. En algún momento de una entrevista en donde Di Paola recuerda a su maestro Gombrowicz, dice: “Todavía hoy sigue siendo mi mejor lector. Nadie lee lo que escribo sin que antes lo lea yo como imagino que lo habría leído Gombrowicz. Es mi lector fantasma. Quería que encontrase mi propia forma, que fuera yo mismo, que no me pareciese a él. Y ahora me juzgo a través de sus ojos”. Así, en esa serie de genealogías involuntarias que se encadenan, Mis escritores muertos logra al fin fundar su propio linaje.



Mauro Libertella

(Texto leído en la presentación del libro.)


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