Crónica de un análisis

19 Oct

Un final feliz 

Gabriela Liffschitz

 

Eterna Cadencia

 

2009

 

 

 

 

 

Para los psicoanalizados crónicos, siempre es interesante toparse con un “relato sobre un análisis”, tal como dice, entre paréntesis, el subtítulo de Un final feliz, la ¿novela? póstuma de la escritora, periodista y fotógrafa Gabriela Liffschitz. El paréntesis aclara, con cierta timidez, que no estamos ante el final feliz de novela donde los enamorados se reencuentran y comen perdices, sino ante un “testimonio de pase”; el relato sobre el fin de un análisis, feliz. Pero, a su vez, el gesto pudoroso del paréntesis también remarca que la autora es, ante todo, escritora, y que lo que vamos a leer es un texto híbrido, situado en el espacio liminal entre la realidad y la ficción.

 

Reviso en mi memoria mis últimas lecturas y me llama la atención cierta tendencia “inconsciente” –ya que de eso hablamos– a leer autobiografías que relatan de forma íntima y confesional diversos dramas personales como la enfermedad, el derrumbe de la pareja o la dificultad de ser padre de un hijo adolescente. De hecho, en el prólogo a Un final feliz, Paola Cortés Rocca hace hincapié en cierto “giro autobiográfico” que viene pegando en los discursos y prácticas sociales (¡los blogs!), así como en la literatura argentina reciente. Josefina Ludmer los define como objetos y prácticas que “no se producen ni pueden ser leídos con las categorías estéticas de autor, obra, estilo o ficción porque operan un vaciamiento de esas mismas categorías. No se sabe o no importa si son o no son literatura”. Resuelto el tema del género: no importa.

Ahora vamos a la ¡novela! Lo digo así porque leí Un final feliz con el mismo deleite y fruición con que leo una buena narración, paladeando sus momentos más poéticos como la escena del humo del cigarrillo, las ocurrencias ingeniosas como el análisis del cuadro de Picasso y riéndome con sus vestigios de cinismo, a lo Mario Levrero. Y sobre todo, lo que me cautivó desde el primer instante es el relato de su relación con el psicoanálisis: harta de tanto análisis freudiano en el que la razón en vez de iluminar, oscurecía, sin poder calmar nunca la maldita angustia –una angustia que persistía como un telón de fondo, como pesadas cortinas de terciopelo–, un buen día decide pisar y resbalar en el consultorio de un lacaniano fervoroso, Jorge Chamorro. Acá está la novela: no hay historia de amor entre los protagonistas, pero desde el primer momento nos entusiasmamos con su vínculo, porque sabemos que es él y solo él quien la ayuda a salir de la melancolía. Enseguida, la figura de Chamorro adquiere una mística para nosotros los lectores ultra psicoanalizados: queremos saber cómo va a actuar, qué va a decir, cuáles serán sus interpretaciones. Y todo eso está en la novela. La curiosidad y expectativa se satisfacen con cada sesión jugosa, en la que ella se despide, a veces tras segundos de haber entrado, en un estado de confusión mental total, llevándose una frase que no comprende, pero que algo, por fin, le dice. Una vez, ella, sentada en la sala de espera junto a otros tantos pacientes, como solía ocurrir, advierte que las mujeres que van saliendo del consultorio se van secándose las lágrimas. Chamorro al tuntún la llama, ella entra y dice: “¡De acá salen todas llorando!!!”. Y él: “Hace llorar a las mujeres…bueno…” y la saluda antes que sus piernas adopten la posición horizontal.

A lo largo de su análisis, Liffschitz pierde el control y el exceso de razón que padecía con las freudianas, para encontrarse en un limbo, completamente perdida, pero con la sensación de que las mejores sesiones son esas en las que dice cualquier cosa, por más que de segundos se trate. Acá no hay epifanía: se trata del proceso de varios años de análisis lo que le permite armar un nuevo relato, desterrar las falsas verdades y los viejos prejuicios, empezar a preguntarse no tanto por qué sino mejor para qué, no tratar de darse cuenta, sino tomar en cuenta. El fin del análisis la deja hecha una marciana que mira al mundo con una extrañeza radical, cuestionando lo que en otro momento consideraba evidente, y permitiéndose la posibilidad de verdades infinitas. El fin del análisis la hace salir del discurso trágico y la saca de la película repetida con los roles asignados.

Pero hete aquí que estamos omitiendo un asunto crucial hasta ahora nunca mencionado: Gabriela Liffschitz, en un determinado momento, se enteró de que estaba enferma. Sin embargo, lejos de vivir el cáncer como una enfermedad obscena que debía esconderse como a un secreto, decidió publicar su primer libro de fotos y textos exhibiendo la extirpación de su seno izquierdo. Su percepción de la enfermedad resultó bien diferente de la que tiene la sociedad en general, según plantea Susan Sontag en “La enfermedad y sus metáforas”: el cáncer como mal augurio/ obsceno/ abominable/ incomprensible/ antiestético/ que traiciona al cuerpo /que atenta contra la razón/ que es producto de una “insuficiencia de pasión”… Al revés de todo esto, ella transforma al cáncer en algo estético, se enamora y vive a pleno su sexualidad, siente que el tiempo es infinito y que puede perderlo en bobadas sin culpa; tiene por primera vez la sensación de que se puede alcanzar lo que hay para ser vivido, y que se puede tomar y no se escapa.

Me acordé de algo: sumo otra lectura a la lista de las novelas autobiográficas recientes. En este caso, cuasi autobiográfica: La genial novela luminosa. Allí, Mario Levrero nos cuenta que escribir fue un modo de exorcizar el miedo a la muerte, causado, en este caso, por una operación delicada de vesícula. Es curioso cómo el inconsciente no para de ser “el tema”: la mutilación fue para él como una secreta castración, que sólo pudo alivianar mediante un sueño. En éste, la doctora le devolvía, adentro de un frasco y en perfectas condiciones, una vesícula con una forma muy similar a la de un aparato genital masculino. Otro final feliz.

 

Leticia Frenkel

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