Fábulas de culpabilidad

20 Nov

 

 por Nancy Fernández

 

 

 

 

 

¿Qué imágenes nos formulamos sobre nuestra propia subjetividad? ¿Qué lugar ocupa el cuerpo –la memoria y la consciencia– en la contemporaneidad de América Latina? ¿De qué y por qué nos hacemos cargo cuando falla nuestro organismo? Algunas respuestas posibles podemos buscarlas en su tratamiento artístico o mejor, en el espacio cultural de aquellas producciones donde lo público y lo privado se sustraen de la oposición identitaria que se basa en la idea de propiedad común. Como nos dice Roberto Esposito, comunidad no implica la idea de reconocimiento por inclusiones intersubjetivas sino más bien la relación grupal definida en el marco de un don, una deuda, una obligación. Desde esta perspectiva, Excesos del cuerpo. Ficciones de contagio y enfermedad en América Latina (Buenos Aires, Eterna Cadencia ed., 2009) constituyen un valioso aporte intelectual que nos habla de nuevas relaciones con el mundo; aquí, la ética de la escritura indaga los efectos, condiciones y metáforas en las que el sujeto actual busca constituirse. Y como sabemos, el lenguaje, que es social como instancia de circulación, no deja de atravesarlo. Los relatos que componen este libro indagan los sentidos que toman diversas patologías para lo cual construyen modelos de enunciación que alternan matices narrativos de la primera a la tercera persona. Entre narradores que a veces saben más y personajes que a menudo son quienes dan cuenta de sus vidas, toman forma los íconos estéticos, tecnológicos, culturales y científicos. Así, los personajes harán visibles los actos, gestos y posiciones ante la vida y la muerte, disolviendo de alguna manera los límites taxativos entre literatura y realidad, afuera y adentro de la textualidad. Se trataría entonces de pensar los desplazamientos que suponen conceptos como bioficción o bioestética en la constitución de un imaginario. Porque no sólo es una cuestión de temática sino de artificio y técnica que llevan a la superficie, del cuerpo y del lenguaje, los síntomas que revelan el nombre del mal. Tal como lo explican Javier Guerrero y Nathalie Bouzaglo, compiladores y autores de un excelente prólogo, la violencia no es ajena en los dispositivos de poder, en las negociaciones donde los discursos sociales hacen uso de los conflictos emergentes. En esta línea, los relatos trazarán un diagnóstico en base a los juegos de signos y estrategias colectivas e individuales donde se definen los pactos más o menos tácitos de estigmatización. Fobias, miedos y fantasmas proyectan sus fragmentos sobre la enfermedad que es, “como una pantalla en blanco”; allí se restituyen las condiciones genealógicas de aquellos elementos disruptivos en la calma evolución de la especie. Mitologías arcaicas y fabulaciones religiosas marcan el trayecto de los vínculos a lo largo de la historia en la cual hay puntos de desborde, acontecimientos que escapan a los sistemas de control y a las normas de aceptabilidad. Transmisión, herencia y contagio, son formaciones discursivas que de algún modo muestran y encubren la razón interdicta. Prohibición, transgresión y castigo son los efectos que asedian la sensibilidad del goce y del deseo. Por ello, los personajes y narradores de este volumen ingresan en la arena movediza donde lo mental y lo físico ponen de manifiesto el lugar inhóspito de lo consciente y lo inconsciente, el deseo y lo real. Lejos de mostrar sujetos victimizadas, los textos auscultan los indicios de cuerpos convalecientes y miradas paranoicas. Si el yo a veces se repliega sobre si mismo, en ocasiones la palabra social paradójicamente deja entrever un tono confesional. Escenas que admiten la posibilidad de curarse vía secular –científica– o religiosa –el milagro de la fe. Los realizadores del libro reponen el sentido herético de la enfermedad en tanto riesgo comunitario. Por ello, los lazos afectivos, tácticas de vinculación y toda forma de erotismo, deben protegerse, inmunizarse ante todo de la acusación y amenaza del flagelo mortal o virus vergonzante; está claro que son concepciones procedentes de la mitológica caja de Pandora, donde la curiosidad por el tesoro cerrado provoca la dispersión de todos los males posibles. Pero la vigilancia y su castigo tienen también su ficción de origen en el relato bíblico, cuando Eva tienta a Adán instando la expulsión del paraíso. Al decir de Guerrero y Bouzaglo, la narrativa fundacional se sustenta en la burocracia divina, donde se dirimen las producciones significativas donde de ahí en más, se negocian y disputan fobias, deseos y tensiones. En cualquier caso, los narradores presentes ponen de manifiesto el carácter problemático de la experiencia del cuerpo y la sensibilidad. Los vulnerables, los dependientes, los condenados, los obsesivos. “Ex”, de Alan Pauls cuenta los efectos corrosivos sobre un amor triangular en el retorno de un pasado siempre presente. “Colonizadas” de Diamela Eltit presenta con humor el drama de la dependencia entre madre e hija más la doble tarea del médico como curación y tortura. “Desarticulaciones” de Sylvia Molloy realiza la forma de un testimonio escrito por la amiga entrañable de aquella que pierde gradualmente memoria y consciencia de sí. “El croata” de Edmundo Paz Soldán proyecta las lecturas y miradas de una vida que llega a su fin en un hospital. En “Los enfermos” de Sergio Chejfec, el hospital es el laberíntico punto de llegada de un personaje femenino que se pierde en la deriva demorada, en la espera sin pausa que difiere su destino y el del enfermo que debe cuidar. Roberto Echavarren en “Denis”, da cuenta de de un cáncer y las variables terapéuticas sin dejar el brillo inasible de una vaga energía positiva que el narrador preserva quizás de sus tiempos de surfista. Mario Bellatín juega con la potencialidad narrativa del sueño y el nexo reversible de causa-efecto en “¿Habrá quién considere el sueño como el acto más perfecto del cuerpo?”. Edgardo Rodríguez Juliá trata el asma como objeto suntuario que vincula al narrador con Proust y Lezama Lima especulando con distancia irónica sobre su posible final (“Tu bata blanca, el pastillero mío, ambos trofeos”). Victoria de Stéfano en “Trazos oscuros sobre líneas borrosas” indaga síntomas y efectos de melancolía, angustia y ansiedad en un artista como Augusto; aquí, la contraparte del médico también bucea entre el lenguaje técnico y poético. Lina Meruane en “Mal de ojo” abre su historia con un epígrafe de Sylvia Molloy (En breve cárcel) descubre “litros de tinta” en su retina; sangre o tinta para retener los equívocos instantes que infringen las prescripciones médicas. Margo Glantz se detiene con minucia escópica en sesiones odontológicas, allí donde el sillón es el sitio del pretexto para que el relato continúe; de reflexiones barthesianas sobre el fetichismo del calzado femenino, los viajes y catástrofes intermitentes – literalmente textos intercalados– sobre bacterias y epidemias. Los textos que componen este libro abren la perspectiva de pensar los alcances y las probabilidades de que el curso de la vida se vea alterado, volviendo cada vez más cuestionable e inestable, el concepto de normalidad.

 

En Communitas, Esposito se sustrae a la dialéctica que domina el debate actual acerca de la comunidad, entre lo común y lo propio, pues en ella –a pesar de la oposición– lo común es identificado con su contrario: es común lo que une en una única identidad propia (étnica, territorial, espiritual); tener en común es ser propietarios de algo común. Esposito parte de otra posibilidad etimológica del término communitas, que focaliza el término munus de cum-munus. Es necesario tener presente que munus se dice tanto de lo público como de lo privado; por eso la oposición común/propio y público/privado queda afuera de su esfera semántica. Además, munus puede significar onus (obligación), officium (oficio, función) y donum (don). Las dos primeras acepciones son formas del deber, pero Esposito subraya que también lo es el don. El munus es una forma particular del don: el don obligatorio, aunque suene contradictorio. Un don que se da porque se debe dar y no puede no darse.

 

 

La comunidad deja de ser, entonces, aquello que sus miembros tienen en común, algo positivo, de lo que son propietarios; comunidad es el conjunto de personas que están unidas por un deber, por una deuda, por una obligación de dar. La comunidad se vincula, así, con la sustracción y con el sacrificio. “Por ello, la comunidad no puede ser pensada como un cuerpo, una corporación, donde los individuos se fundan en un individuo más grande. Pero tampoco puede ser entendida como un recíproco ‘reconocimiento’ intersubjetivo en el que ellos se reflejan confirmando su identidad inicial.” (El subrayado es mío, comunidad no en sentido positivo porque lo que critica Espósito es la dialéctica entre lo propio –podemos subrayar la neutralidad de lo común– y la propiedad en sentido empírico patrimonial).

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Excesos del cuerpo

AA.VV

Eterna cadencia

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