Sobre Kazbek

20 Nov

Kazbek

 

Leonardo Valencia

 

Eterna Cadencia

 

2009

 

 

 

Kazbek es un volcán potencialmente activo, un monte de cumbre glacial que presenta una dificultad moderada a la hora del ascenso. Algunos pueden creer que está extinto, que el hielo uniforme de la superficie sería la evidencia más clara de la pasividad. Se trata, sin embargo, de un frío engañoso que encubre una erupción latente, contenida y retenida bajo una capa lisa y resbalosa. Un reflejo de sol puede cargar de luz este pico blanco y dotarlo de un resplandor excesivo, de un brillo que resalta la blancura, como si se tratara de la propia fuente lumínica, hasta el punto de hacerla parecer artificial, casi una ilusión óptica. Lo que no se ve, lo que circula por lo bajo y busca en la oscuridad de los túneles subterráneos el camino hacia el cielo abierto, hacia la boca del volcán, es el tema de Kazbek, la última novela de Leonardo Valencia y la primera de este autor ecuatoriano que es publicada en Argentina gracias a Eterna Cadencia.

Kazbek tiene seis letras, seis capítulos, fotos de hexágonos incorporadas a la trama y es, asegura el autor, la primera de las seis novelas cortas que está escribiendo para explorar la relación entre la literatura y otras expresiones artísticas. Esta primera experiencia que pivotea sobre el género de la novela surge a partir de la relación con el dibujo, porque es allí “donde empieza todo, donde empiezan las artes, y por donde se empieza a crear la representación humana” según Valencia. Se trata de un texto breve, aséptico y preciso hasta en sus ambigüedades deliberadas. Literatura sobre literatura: metaliteratura que, gracias a la inteligencia de Valencia, prescinde de lo peor del género. A pesar de la brevedad (125 páginas, 16 ilustraciones y 2 fotos que se intercalan entre fragmentos separados por generosos blancos), el libro se las arregla de maravillas para ser lo que pretende: una reflexión acerca del proceso de creación artística. No le falta nada: la inspiración, la mística, el canon, la alegoría, la recepción, la crítica, la teoría. Todo está prolijamente encastrado, como en las baldosas hexagonales que comparten y componen un dibujo cuando se juntan por los ángulos adecuados y le dan entidad a la superficie de una trama engañosamente simple: Kazbek, el protagonista, es un ecuatoriano que vive en Barcelona. Hace años que intenta escribir una novela monumental que tiene a Dacal, su ex jefe de la época en la que trabajaba como publicista, como protagonista de una historia de doble traición. Para recabar más información sobre Dacal, Kazbek hace un viaje a Guayaquil. Allí se encuentra con el señor Peer, un artista plástico alemán que se fue a vivir a Ecuador, “el país atravesado de volcanes” según la definición totalizadora de Humboldt. Peer socava el andamiaje teórico de Kazbek y le entrega una carpeta con dieciséis dibujos en tinta negra. Se trata de imágenes originadas por el miedo ante la erupción del volcán Pichincha. Son bichos que según Peer “vivían en la oscuridad del volcán y salieron debido a las erupciones, [él] nunca supo si antes o después de las erupciones, o bien antes y después de las erupciones”. Sobre Kazbek recae el encargo de escribir los textos que acompañarán estos dibujos para componer un Libro de Pequeño Formato, un volumen mínimo que debe realizar el triple encuentro entre el lector, el escritor y el dibujante para que continúen (en)tramándose redes de sentido. La tarea se opone a su proyecto de Gran Novela, pero frente a la imposibilidad de asir a Dacal, un personaje que huyó al desierto para no poder ser narrado, los dibujos lo ponen otra vez frente a la pluma y el papel. Nueve meses después de haber vuelto a Barcelona, camina por la vereda de un paseo de la ciudad y mira a los transeúntes que circulan sobre las baldosas hexagonales, despreocupados, sin prestarle la menor atención al diseño que pisan a cada paso. El diagrama es simple, pero resulta determinante en la mínima evolución del protagonista. Kazbek lo asocia inmediatamente con las celdillas de los bichos de Peer a punto de emerger, se dirige a un hospital transformado en biblioteca “de piedra”, elige seis grabados de la Suite Vollard, los contempla con levedad, y recién cuando toma conciencia del proceso de grabado se da cuenta de que los dibujos no son tan leves como había pensado un rato antes al compararlos con la gravedad de las estatuas; “la levedad se vuelve consistente” gracias a la reflexión sobre, otra vez, el proceso. La escritura es inminente.

Apenas Kazbek se redefine como escritor y se reposiciona frente al canon literario de Las Grandes Novelas tirándolas a todas, como grandes columnas, por la ventana de su cuarto y quedándose exclusivamente con los Libros de Pequeño Formato, el narrador le cede el espacio en blanco para que el personaje-autor saque “los bichos” de la oscuridad hacia la superficie de la página: “Los bichos avanzarán, subirán por la piel del lector y llegarán al centro del cerebro que hierve de conexiones luminosas y, a veces, de oscura luz”. Para que emerjan los bichos, Dacal debe hacerse carne y aparecer también exiliado en Barcelona: “ya no está en su imaginación sino a su lado, caminando en su misma ciudad. La realidad y la ficción están ahora juntas, pero espalda contra espalda”. Y así están también el propio Valencia con su biografía, metido en un juego oscilatorio alrededor del desarraigo y del proceso creativo, pegado por la espalda a la vida del sus personajes.

 

A partir del quinto capítulo, Kazbek interroga las imágenes de Peer en una serie de textos en segunda persona, cargados de una poética enigmática y sutil que rastrea los caminos de la creación artística y trasvasa los géneros. Dibujos verbales, dice Peer. Y Dacal interviene para criticar la falta de claridad y definir lo que quiere el gran público: “Buena la han armado Peer y tú. No está mal que se diviertan un poco, como si tuvieran veinte años. Pero el mundo quiere historias, crudas a ser posible, llenas de datos reales, o delirios de derrotados o reinterpretaciones históricas fantásticas de rincones de la Historia. Épica, en resumen. Incluso, ya que hablas de volcanes, podrías escribir una novela donde entren en erupción todos los volcanes de Ecuador y haya un cataclismo con pueblos destruidos y éxodos colosales. ¿O tú crees que las novelas que se escriben hoy en día son algo más que la búsqueda de cataclismos para divertir a los sedentarios? No te engañes tú ni Peer. Está bien que se diviertan con algún juego, pero las cosas van por otro sitio.” Kazbek no va a escribir esa novela, Valencia tampoco lo hizo esta vez. En Kazbek no hay épica, no hay datos, ni Historia, ni cataclismos para divertir. Se trata de “reducir los materiales para expandir la expresión”, de una poética elíptica que no está pensada para entretener sino para reflexionar. Surgidos del fracaso de otro libro que no se pudo escribir, tanto el Libro de Pequeño Formato de Kazbek-Peer como la novela de Valencia, son búsquedas vivas donde las palabras no sólo hablan del movimiento, sino que son ellas mismas movimiento, proceso y metamorfosis. Son palabras las que amenazan con cubrir el mapa del país abandonado, pero también son ellas las que lo recuperan. En la novela hay viajes que imponen distancias y acercamientos: son las búsquedas de un maestro que no aparece, son los vaivenes también de la escritura que, como ya lo sabe Kazbek, “es siempre borrador de sí misma”.

Ya en El libro flotante de Caytran Dolphin (2006) Valencia había explorado los límites de la metaliteratura experimentando, además, con las posibilidades de internet para mantener en movimiento una ficción progresiva. La idea de una continuidad que se niega a una resolución definitiva, aparece también en cada reedición ampliada de su volumen de cuentos La luna nómada. Libros que son borradores de otro imposible y futuro, necesarios para impulsar la escritura. Kazbek es un libro sobre la escritura de otro libro, nada desconocido pero que, gracias a la expresividad de la prosa y a la sutileza de su composición, retoma de un modo condensado y elegante una serie de preguntas acerca de la creación, la imagen y el desarraigo. Lo que Valencia mismo llama el sentido estético de la vida se pone en escena en el espacio reducido de una novela enriquecida por un juego de ficciones dobles y superpuestas volcado más a las ideas que a los personajes. Valencia asume riesgos formales, no es condescendiente con los lectores y echa luz para mirar a las sombras. Se para en la punta del volcán y con su lupa de escritor cosmopolita empieza a derretir el hielo que cubre el cráter. La lava fluye, bajo tierra, junto a los bichos. En la cúpula, el hielo sigue tan frío, resbaladizo y engañoso como siempre.

 

Santiago Ripoll

 

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