La barricada del lenguaje

29 Ene

por Silvia López

 

 

 

 

 

El principio de esta novela pide imperiosamente una excusa para empezar a ser contada. Un escritor está convaleciendo de una enfermedad pulmonar y atraviesa un bloqueo creativo. Le llega por carta una invitación al Congreso Internacional de Biógrafos y de la Memoria, que se desarrollará en Jerusalén. No conoce a los organizadores ni se imagina por qué se interesaron en él. Apunta en su libreta las reseñas biográficas de los invitados que le llaman la atención. Y aunque el escritor, que es el narrador primario de Necrópolis, quiera desconcertarnos constantemente acerca de la intención de escribir una novela con lo que sucede en el congreso (y que funciona como relato organizador), ya desde el primer momento le allana al lector el camino. Casualmente, los invitados en que repara serán, a su vez, los narradores de las historias secundarias que se irán intercalando, como ponencias del congreso, a lo largo del libro.

 

Gamboa logra una voz propia y bien diferenciada para los narradores secundarios, uno de los argumentos del jurado para conferirle el premio de novela La otra orilla. Sin embargo, algunos personajes tienen demasiadas cosas en común. La actriz porno Sabina Vedovelli parece nacida de la costilla de José Maturana, “ex pastor evangélico, ex convicto y ex drogadicto”, que consume demasiadas páginas en una ponencia muy florida que, sin duda, debe haber durado varias horas. Así, el recurso de interponer los discursos de los conferencistas acaba por atentar contra la verosimilitud de la novela. Y aunque se pudiera pasar por alto este artificio como parte del arsenal de la literatura de ficción, ambos personajes responden a un esquema general similar de excesos que cae en lo predecible. Esto no sería tan importante si Maturana y la Vedovelli no hegemonizaran casi la mitad de la novela. Sus historias se desarrollan bajo cierto estereotipo grotesco del género, por lo que pocas veces logran perturbar al lector, salvo en algunos momentos donde el juego con lo abyecto es más arriesgado, como cuando la actriz porno cuenta sus relaciones sexuales con un retrasado mental, a pedido de la madre de éste. Estos pequeños incidentes que podrían constituir cuentos aislados demuestran la destreza de Gamboa en la invención de historias.

Maturana y la Vedovelli descubren una manera de salvación en su vocación de escribir o hacer arte e intelectualizar. En una conversación íntima con el escritor, la estrella porno suelta la siguiente reflexión, que podrá resultar interesante o snob, pero poco verosímil en el contexto de un diálogo: “vivir del arte, en el fondo, es tejer una red para protegerse de la siguiente caída, o de las siguientes y regulares caídas, se trata de no llegar al suelo cada vez sino que el resbalón pare en un tramo intermedio, desde el cual es más fácil ponerse en pie”. Y es también ella quien explicita una de las referencias literarias de la novela: así como en el Decamerón, los personajes de Bocaccio se aíslan para contar historias cercados por la peste, las criaturas de Gamboa se reúnen en un congreso de biógrafos en una Jerusalén sitiada por la guerra. Esta preocupación por denunciar la referencia literaria es común a otros personajes. Así, el colombiano Kaplan, admite que su ponencia es una versión de “El conde de Montecristo” pero “hecha con la realidad”, e incluso le sugiere al escritor que la incluya en algún libro.

Ante la verborragia del pastor evangélico, algunos personajes componen un contrapunto del que se podría decir lo que señala Edgar Miret Supervielle, bibliófilo especializado en textos religiosos judíos: “el efecto de los silencios, ese bello instrumento que es el silencio y que tiene tanto sentido en la música y en el ajedrez”.

Maturana escribe libros, y uno de sus títulos es “Encuentro con seres aterradoramente normales”. En Necrópolis, todo representa lo contrario de la normalidad. Entre las excepciones podría incluirse al escritor, del que poco se sabe y parece uno de los personajes más calmos. Los relatos más sutilmente desarrollados y quizás por eso, los más perdurables, se encuentran en las “aventuras sencillas” a las que es afecto el bibliófilo, como la historia a cargo del propio Supervielle, el relato de Moisés Kaplan o la breve ponencia del escritor, en las que el manejo del discurso sostiene la invención.

El secuestro de un mecánico de autos por paramilitares colombianos es el eje de la narración de Kaplan. Es notable el efecto que causan el tono y los modismos del habla popular, como el uso del diminutivo. Ese registro, que normalmente sería cómico, al ser desplazado a un contexto violento pone en evidencia el cinismo del lenguaje, una fórmula de ternura en medio de la atrocidad, como si víctimas y victimarios pudieran tratarse cariñosamente. Este extrañamiento también lo logra la familiaridad con que los personajes asisten a ese congreso en medio de la guerra. El título del libro de Maturana viene a la mente en el momento en que una mujer contempla el cuadro de la destrucción de Jerusalén, colgado en una pared del hotel, que está siendo bombardeado. Pareciera que toda la puesta en escena condujera a esta tesis del escritor: “Afuera se disputaba una guerra y ésta había acabado por alcanzarnos, a pesar de nuestras palabras y teorías sobre las palabras. Incluso el lenguaje tenía su límite. La barricada del lenguaje.”

En una perspicaz puesta en abismo, el escritor recibe frecuentemente consejos acerca de cómo articular esa novela que se está desarrollando ante los ojos del lector y que no está seguro de empezar a escribir. Uno de los invitados al congreso aparece muerto. A primera vista se trata de un suicidio, pero el escritor sospecha un asesinato y se encarga de una tarea detectivesca que nadie le encomienda, salvo su curiosidad que (aún no comprende) es suscitada por el deseo de escribir. En ese punto, la trama coquetea con la tentación del thriller, como si se propusiera conformar al editor de Tiberiade, que aconseja seguir esa línea argumental, ya que está en busca del “escritor versátil… aquel capaz de adecuarse a los gustos del público sin por ello renunciar a su propio magma creador, a su mismidad”. Más allá de la sátira del mundillo literario, todo lo que se pone en boca del editor podría ser el bosquejo general del argumento que en algún momento el escritor (o el mismo autor) pudo tener en mente, y que en un gesto irónico finalmente descarta, descolocando al lector desconfiado.

“Es importante que las novelas tengan diversidad, que reflejen muchos aspectos de la realidad simultáneamente” ha reconocido el autor, según lo recoge una noticia del diario El Mercurio, de Chile. “Pero también esconde una limitación de mi parte para contar una sola historia. Es una manera de esconderme detrás de una gran multiplicidad, de no exponerme de manera tan abierta con un único relato.”

 En sus notas para el curso La preparación de la novela, Roland Barthes reflexiona constantemente sobre la voluntad y el deseo de escribir una obra de este género. Podría aplicarse a Necrópolis lo que Barthes dice acerca de En busca del tiempo perdido. “Hay en la obra un solo relato (en el sentido clásico: con pruebas, suspensos y victoria final): el de un sujeto que quiere escribir”. Acaso lo más sustancial de esta novela de Gamboa sea la parodia del deseo y del acto de escribir.

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Necrópolis

 Santiago Gamboa

Norma

 2009

 

 

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