Mirar el misterio

4 Mar

por Paula Hoyos Hatori

 

 

 

 

 

 

Más allá de las palabras, fuera de todas las clasificaciones, el misterio de lo sin-nombre parece existir en los cuentos de Felisberto Hernández. Eterna Cadencia editó recientemente nueve de sus piezas literarias, que hasta hace algunos años formaban parte de libros casi imposibles de conseguir. Las primeras tres, menos célebres pero tan exquisitas como las otras seis (“Nadie encendía las lámparas”, “El acomodador”, “Menos Julia”, “Explicación falsa de mis cuentos”, “La casa inundada”, “El cocodrilo”), son nouvelles que Felisberto escribió en los primeros años que dedicó a la literatura (antes, el piano le había permitido recorrer Uruguay, como también parte de Brasil y Argentina), y cuya construcción está regida por los caprichos de la memoria del narrador, a la que repentinamente llegan historias de su pasado que exigen ser contadas.

“No sé por qué quiere entrar en la historia de Colling, ciertos recuerdos”, señala al inicio de Por los tiempos de Clemente Colling; “me visitó el recuerdo de Celina”, explica en El caballo perdido antes de introducir la historia de su relación con esa profesora de música de la infancia; “me tiraba el saco para que lo atendiera de nuevo, el recuerdo infantil de la calle Capurro”, sostiene en Tierras de la memoria para luego retratar a las dos maestras que vivían en aquella calle. El narrador de El caballo perdido, a punto de perderse en sus recuerdos para siempre, debe incluso luchar contra ellos, valiéndose de la escritura como salvavidas, por ser lo único que mantiene el vínculo con su presente. El pasado parece ser aquí una fuerza que irrumpe en el ahora, desbordándolo.

 Pero al escribirlo, las palabras no alcanzan y el recuerdo evidencia su esencia misteriosa: da cuenta de que aquello que se está narrando ya ha sucedido, y que la escritura sólo puede cubrir parcialmente el vacío de esa ausencia. Ante ese misterio, lo que resta es mirarlo: es intentar ver, como el narrador de El caballo perdido, lo que vieron los ojos del niño que él fue. Y aunque el intento sea vano, al menos la reconstrucción de los recuerdos es evidencia de su existencia, conciencia de lo perdido.

 Si en estas tres nouvelles el misterio está en el pasado, en los otros cuentos vuelve a aparecer, pero en el presente. Y nuevamente ceñido por la posibilidad de la visión. En “El acomodador”, el narrador tiene la extraña capacidad de iluminar con su mirada; en “Menos Julia” un personaje posee el particular pasatiempo de caminar por un túnel oscuro adivinando con el tacto diversos objetos; en “La casa inundada” una mujer vive en una casa permanente y deliberadamente inundada, porque quiere “comprender el agua”. En todos los casos, se trata del intento por descubrir un sentido oculto de las cosas, por ver sus esencias misteriosas, aún en la oscuridad, aún con las manos, aún cuando eso implica vivir remando de una habitación a otra.

 En la célebre poética “Explicación falsa de mis cuentos”, Felisberto señala que el proceso de escritura se le revela como una “intervención misteriosa”, en la que la obra comienza a crecer en su interior, y por sí misma le exige atención (así como los recuerdos que irrumpen en las nouvelles) hasta convertirse en poesía o “algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos”.

 

Como los protagonistas de los cuentos, que intentan ver algo del orden del misterio, somos aquí los lectores los invitados a la búsqueda de una esencia oculta. Y hacia ella nos aventuramos, gustosos, en cada uno de estos relatos.

—–

Cuentos reunidos

Felisberto Hernández

Eterna Cadencia

2009

 

 

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