Sobre La palabra muda

4 Mar

por Edgardo Berg

 

 

 

 

 

 

Se suele decir que a preguntas necias palabras mudas, o para decirlo con palabras de Gérard Genette, para preguntas necias no hay respuesta. Sin embargo, Jacques Rancière en La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura (1998) vuelve a retomar la pregunta sartreana (¿qué es literatura?) para atravesar las condiciones de posiblidad que hacen visible el interrogante. A lo largo de la historia del concepto, las respuestas han vacilado entre la percepción de una cualidad diferencial de un corpus escrito (literariedad) y la contextualización dependiente de una teoría del género (criterio normativo). O se ha tratado de responder su significación a partir del contexto o se ha apelado a la trascendencia de un saber fuera de campo y de dominio.

 

La noción de literatura, demasiado imprecisa y ambigüa, un buen día se convierte en objeto de un saber determinado. A partir del romanticismo, en particular con las teorizaciones de la Escuela de Jena (los hermanos Schlegel, Novalis, Schelling, Hörderlin, Hegel), surge una ideología de la literatura que postula la abolición de las viejas jerarquías de las bellas artes, generando una afirmación de la cosa literaria independiente y autónoma de las demás artes. De aquí en más, para Rancière, se entenderá el término como el modo histórico de una visibilidad de las obras del arte de escribir. Y ese nuevo modo histórico que genera un campo propio, producirá los discursos que teorizarán sobre la distinción entre las artes. Se pasará de la vieja mímesis de la palabra en acto a un arte específico de la escritura.

 Ya Voltaire, con su Diccionario filosófico (1827), es un claro testimonio del lento desplazamiento de sentido que cambia la vieja idea de la literatura hacia su acepción moderna. El autor, en este sentido, analizará a lo largo del libro la naturaleza y las modalidades de la permutación del paradigma que destruye el sistema normativo de las bellas artes. La literatura emancipada se desdoblará y estará siempre en tensión como palabra huérfana (antirrepresentativa) o jeroglífico (escritura inscripta en su propio cuerpo). A la poética representativa se opondrá la indeferencia de la forma con respecto a su contenido y a la idea de poesía-ficción se opondrá la poesía como modo propio del lenguaje.

Mostrar esa tensión en Víctor Hugo, Flaubert, Mallarme, Proust y en Artaud, y más acá en Blanchot, será el propósito de Jacques Rancière. Ese puñado de nombres propios simbolizan, en los tiempos modernos, la sacralización y la absolutización de la literatura. Ya sea la tentativa del “libro sobre la nada” en Flaubert, el proyecto de una escritura propia de la Idea en Mallarmé o la novela de formación del novelista en Proust, muestran y revelan las contradicciones inherentes al concepto de literatura. Ese universo de referencia y esa secuencia histórica, le permite a Ranciere plantear una serie de hipótesis sobre los callejones sin salida de la autarquía literaria y observar los dilemas entre relativismo y absolutismo; entre una literatura instrumental que sirve para mostrar y demostrar y otra, como palabra intransitiva, al igual que el punto y los colores en la pintura.

 El camino que va de Mallarmé a Proust va ilustrar la literatura como un modelo escriturario –un concepto de la literatura excesivamente ligado a lo impreso que deja fuera de campo al arte del gesto– que se asemeja a una lengua particular tallada sobre el material de la lengua común. Más que una invención del arte, la ficción se articula como figura de un estado de la lengua y de la experiencia del mundo, en la ambivalencia de ser, al mismo tiempo, obra muda y parlante, al igual que el poema de un sordomudo.

 Es así como Rancière, recupera a Marx, al describir a la literatura a partir de la figura de la mercancía; social y al mismo tiempo autónoma, engendrará una poética del desdoblamiento. Coextensivas las esferas de la literatura y la de las relaciones sociales, la literatura pone en relación directa –entre expresión– la singularidad de la obra y la comunidad que la obra manifiesta. La vieja oposición entre arte por el arte, con su consecuente idea de la torre de marfil, y el arte atado a las duras leyes de la realidad, pierde sustento y sólo puede ser muestra de un acto de frivolidad teórica o de anacronismo deliberado. La ruptura de ese círculo vuelve coextensivas las esferas de la literatura y de las relaciones sociales.

 Los conceptos de literatura y civilización (cultura) se impusieron juntos, descansan sobre una misma revolución que, al convertir a la poesía (ficción) en un modo del lenguaje, sustituyó el principio aristotélico de representación por el principio de expresión. Y si el lenguaje sólo se ocupa de sí no es porque se trate de un juego autosuficiente, la literatura al manifestarse ya es expresión de un mundo y de un saber sobre el mundo, porque ella misma dice, ante nosotros, una experiencia. El lenguaje literario no refleja las cosas, expresa sus relaciones; no se asemeja a las cosas como una copia porque ya porta su semejanza como memoria y sedimento histórico.

 La poesía no inventa, es un lenguaje que dice las cosas como son. Si se quiere, la representación sensible de una verdad no sensible.

 

—-

La palabra muda

Jacques Rancière

(trad. de Cecilia González)

Eterna Cadencia

2009

 

 

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