Musulmanes en Buenos Aires fin de siglo

7 Jun

por Matías Farías

 

 

 

 

 

En un artículo publicado en Instantes y azares, Dorr sostenía que la “La literatura vive únicamente para morir en el crimen de su propio nacimiento”. Idea que remite a Lamborghini y, por esa vía, al camino que Blanchot inaugura y Sollers exacerba, Musulmanes (2009, Casa Nova Editores) es una puesta en acto de una manera de concebir la literatura que experimenta su agotamiento como la condición de posibilidad de su existencia. Musulmanes entonces milita la experiencia de la muerte de la literatura para parirse como escritura y esta idea es metaforizada hacia el final, cuando la novela culmina con un parto: la muerte de la literatura, concebida ahora como escritura, propone un nacimiento.

 Desde ya, Dorr renuncia a contar una historia, pero agotar la literatura significa aquí no sólo esquivar la posibilidad de brindar un relato sino poner en cuestión esta idea con la saturación misma de relatos que se multiplican en igual –y en ocasiones delirante- proporción al modo en que el propio narrador se busca en lo que narra. Sin embargo, el mecanismo no sigue los procesos de composición de Aira, ni tampoco persigue la lógica del “scan disk”, sino más bien constituye un principio de suturación, es decir, un particular hilvanado de historias en las que unas se desprenden de otras de manera ocasional pero no aleatoria. En este hilvanado saturador y suturante, el narrador se compone allí donde está a punto de desvanecerse, en un proceso de constitución que el lector podría verificar indemne a lo largo de toda la novela si no estuviera él mismo involucrado y desafiado por este principio de constitución permanente. Porque si antes que un narrador permanente nos encontramos con varios en estado de constitución, lo mismo debería decirse para el lector y esa no sería sino otra de las consecuencias del agotamiento de la literatura.

 Agotar la literatura para transformarla en escritura y de ese modo acompañar el cambiante compás de lo que ingenuamente llamamos “vida”: esa es la tradición literaria que trafica Dorr. Se trata de una idea que recorre toda la novela: tráfico de historias, traficantes de drogas, atención en los tráficos de esos personajes que deambulan –y que apenas distinguen el día de la noche- en lo que ahora anacrónicamente llamamos “urbe”. Son los musulmanes de una ciudad de traficantes que recorren el círculo de la droga, el amor u otras experiencias cautivantes recreando submundos que se sostienen en eslabones tan frágiles como la aparición o la desaparición inesperada de un dealer. Dorr se detiene y al mismo tiempo se despista en esos relatos de verdaderos despistados, que a veces permanecen sonámbulos ante la trayectoria de la víspera, como personajes que desechan la idea de tener una brújula para así permitirse tener acceso a una experiencia.

 Esa experiencia jalona una serie de recorridos que se saben de antemano transitorios en una ciudad de tránsito, como legendariamente ha sido pensada Buenos Aires. Pero lo novedoso aquí es que ese tránsito ya no se sostiene con la expectativa de una estabilidad futura –antes se decía: el “ascenso social”- o en una estabilidad pasada – los recuerdos de la infancia que el narrador evoca refuerzan la inestabilidad de todos los puntos de partida- sino que se trata de un tránsito cuyo única orientación es recrear las mismas condiciones de ese tránsito, pero a partir de una búsqueda activa de una historia que inscriba en el terreno de lo novedoso lo que de antemano podría interpretarse como parte de lo mismo. Se genera así nuevamente el efecto de saturación: en Musulmanes ocurre de todo en poco tiempo y de ahí que la única opción que tiene el lector para captar su sustancia es “leerla de corrido”, en poco tiempo, para participar así de ese tránsito al mismo tiempo idéntico y cambiante. En coincidencia con una de sus temáticas dominantes, la novela asume así la forma misma del vicio: placer de tránsito, intenso, pero cada vez más breve en la medida en que se vuelve repetitivo.

 Pero el vicio no es sólo el existenciario dominante de los personajes de la novela ni la sensación contagiosa que se despierta en el lector que la atraviesa, sino la forma misma de esta Buenos Aires, que aparece así descripta como una ciudad viciosa, de tránsito vicioso. Aún así, si de este modo Mariano Dorr deja constancia de este “estado epocal”, al mismo tiempo prefiere atender a la circulación de los personajes antes que emitir un juicio sobre esos circuitos del vicio, lo cual es congruente con la imposibilidad de sostener a un narrador esclarecido. Antes que eso, el narrador busca la anécdota que revele los cambios de posiciones de cada uno de esos personajes en los circuitos rizomáticos que esa nueva Buenos Aires deja leer. En esos circuitos hay decepciones –al comienzo de la novela el narrador es escupido en la cara por el chico del conurbano al que se disponía a ayudar- y fracasos contados en clave irónica –la anécdota del cruce con Zulemita Menem en una librería en que el narrador oficia de vendedor es un ejemplo de este caso- y, sorpresivamente (porque no todo lo que ocurre en la novela es motivo de risa), mucho humor. En ocasiones, y como un personaje arltiano, el narrador cuenta esos fracasos como parte de una aventura, pero en la Argentina de los noventas, a diferencia de los personajes arltianos, ninguno de los personajes que desfilan por Musulmanes buscan algún tipo de redención o siquiera un “golpe de suerte”, sino la experiencia y comparación de diversas intensidades, tal como se evidencia en la permanente reflexión sobre las virtudes y defectos de un dealer.

¿Sólo eso? Tal vez lo más asombroso de la novela es la aparición de palabras que, como “costicismo”, se han desligado de todo referente pero que, si bien adquieren significado en su uso, funcionan fundamentalmente como pequeños enclaves identificatorios ya no de clases sino más bien de grupos que, en medio de tanta circulación subterránea, ofrecen cobijo a los musulmanes de la ciudad. Lo más ambiguo, así, resulta lo más identificatorio: en esas palabras que pocos entienden y que pueden significar múltiples cosas, es decir, en esas palabras cabalmente “flotantes”, se condensan paradójicamente los contornos de unos enclaves en que los afectos más primarios –el amor, la amistad- adquieren una relevancia inusitada, cargada por momentos de una sentimentalidad en la que existe el dolor, pero que al mismo tiempo sin ella la vida parecería completamente insoportable.

 De este modo, sin la posibilidad de una alianza entre todos los musulmanes del país –la escena inicial del escupitajo es contundente al respecto-, es decir, descartada momentáneamente la posibilidad de alguna organización política para los “quemados”, la vida que se hace escritura en la novela de Mariano Dorr ofrece un muestrario de los que superviven en una Argentina donde las drogas, el humor y el nacimiento de un bebé conforman puntos de reparo en un universo dominado por la transitoriedad y la circulación. El final feliz de la novela, que combina el nacimiento de un bebé con la apología del dealer, es menos provocativo de lo que parece: los refugiados de una ciudad en circulación, han sabido de algún modo construir circuitos donde, entre bajones y alegrías, resisten con lo que tienen a mano y más. La imagen de Evita, en la que se detiene el narrador antes del nacimiento de su hija, más que recordar viejas épocas oficia la bendición para las alegrías y los costicismos de estos nuevos musulmanes, que si bien circulan en grupos, no dejan de ser muchos, tal vez millones, en esta Buenos Aires fin- de-siglo donde acontecen los episodios.

——

Musulmanes 

Mariano Dorr

Editorial Casa Nova

2010

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