Los éxodos de la literatura actual

6 Sep

 

por Nancy Fernández

 

 

Hablar de estilo implica pensar en un acto formal bastante más complejo que el ornamento en sí. Tratándose de Josefina Ludmer, el estilo es marca registrada de una toma de posición y un carácter que asume todos los riesgos de quien esgrime la palabra para polemizar en el lugar mismo del objeto de estudio recortado, deliberadamente elegido. Aquí América Latina. Una especulación, funde la gran formación intelectual, filosófica y teórica que distingue a Ludmer, con un tono confidencial, secretamente compartido de su experiencia (del presente y del pasado) y de su memoria. Por ello, la ambigüedad entre la teoría y las notaciones autobiográficas, que analizan las marcas de la subjetividad contemporánea (la propia y la colectiva), constituye de alguna manera la coartada de este libro. Así, el registro centrado en los hechos políticos de los 90´ en adelante y la mirada de la autora detenida en la manifestación de los estados de su sensibilidad, dan cuenta de un corrimiento, tanto de lo que habitualmente conocemos como tesis y estudios, así también de la concepción de lo que la modernidad cultural definió como literatura. Si dar cuenta de la “¡Felicidad!” que le provoca cada encuentro con sus amigos puede sorprender en un estudio lúcido y sagaz de la cultura actual, el estado subjetivo, la manifestación de la intimidad da cuenta en la práctica del nuevo uso que dará a la escritura, marco desde el cual, la autora se dedica a mirar el mundo a partir de materiales, prácticas y políticas (arte, ciencia, medios, televisión, espectáculos, tecnología), de las nuevas comunidades sociales. Podría decirse que este, su último libro es la experimentación más radical con la escritura, tomando de los géneros (la crítica, el ensayo, el diario íntimo) la materia prima del discurso donde coinciden lo público y lo privado. Lejos de abordar los productos culturales como algo dado y establecido, la problematización ahora y siempre fue en Ludmer, una cuestión de principios. Lejos de posiciones ahistóricas y dictámenes calificativos, Ludmer recorre y distingue etapas asumiendo sin prejuicios que el mundo ha cambiado. Es así que, sumergiéndose de lleno en el presente, va a hacer de las palabras, nociones y categorías, funciones adaptables a lo nuevo evitando dogmas tanto de las modas como de los cánones del gusto. La década del 90´ y los siguientes años 2000 (momentos de la globalización, del neoliberalismo, las comunicaciones cibernéticas) son los segmentos que le permiten especular acerca de las formas que se instalan en un universo en movimiento perpetuo y efímero, allí donde las imágenes y palabras circulan para tomar cuerpo en la imaginación pública. Así como analizaba poéticas literarias, Ludmer también abre entradas (posibilidades de lectura), y uno de sus materiales es la literatura cuyo estatuto es el de realidadficción. Algo bien distinto a las ficciones de los 80´. A este lugar de trabajo anónimo y colectivo lo denomina fábrica de realidad y al proceso que borra toda separación entre lo público y lo privado especulación, proyección utópica de nuevos modos de conocimiento, para lo cual quien piensa (quien imagina, quien explora, interroga y especula) necesita proveerse de nuevos instrumentos y de otra sintaxis. Si “el arte de la especulación” consiste en articular una gramática para las ideas de otros en el tiempo y el espacio actual, la utopía de la expropiación (como en aquella primera de Tomás Moro) se completa con la concepción chomskiana del lenguaje, para quien funciona un dispositivo de aptitudes y mecanismos innatos (competence/performance) postulando una disposición genética hacia la producción igualitaria. Pero más allá de los regímenes intelectuales y perceptivos que dejan ver, un cambio de dirección para asignar sentidos a lo visto y lo oído, Ludmer expone las paradojas de la realidad, cuyos síntomas o exponentes serán los nuevos sujetos sociales, nacidos y formados en esta era que no todo lo integra sin dejar despojos, deshechos, restos que no caben en el sistema (Bauman, Saskia Sassen). Así, cada cita personal (Matilde Sánchez, Martín Kohan, Ariel Schettini, Tamara Kamenszain, Héctor Libertella, Luis Chitarroni), serán los pretextos para pensar la ida y la vuelta a la Patria, pero también los nuevos territorios a partir de las modificaciones de la temporalidad y del espacio sin mediaciones para los nuevos usos productivos. Especular será constituir imágenes, potenciarlas en espejo donde la simultaneidad y la ambivalencia, la indiferenciación y la falta de mediaciones entre afuera y adentro (como marca de la visión moderna del universo), diagraman las políticas de la cultura y la afectividad de hoy. Entonces, como la “epistemología del anacronismo” de Didi-Huberman, Ludmer nos permite ver las conexiones y la vincularidad del presente, en constante desplazamiento y migración.

 

 

Salir de la esfera específicamente literaria, negar su autonomía al tiempo que se admiten las marcas de procedencia que hablan de su contexto (concursos, librerías, premios, recepción mediática), quiere decir reconocer el fin de un ciclo, allí donde las “literaturas” postautónomas no dejan de reconocer y utilizar el sistema que sanciona y otorga el crédito de la “visibilidad” (en términos de Kohan), aquel que legitima desde el mercado y la institución con prestigio y la pertenencia a un eje o a una formación. Por ello, Ludmer permite discernir entre el gusto y el valor, más allá de que este último ya no funcione como modelo de aceptabilidad y clasificación universal. En este sentido, impugnar la autonomía -y todo lo que sea separación de esferas- es restituir las cosas para el uso común, sin el aura de lo sagrado, ya que la concepción de arte autónomo preserva en cierto modo, un halo de religiosidad (Taussing, Agamben). Y en esta misma línea podemos leer también una de sus principales hipótesis acerca de que en las prácticas y manifestaciones contemporáneas, lo cultural es económico y lo económico es cultural.

 

 

La postura que apela, interpela, agita y convoca, especular supone una invitación a suponer. Allí es donde aparecen las paradojas que apuntan hacia las contradicciones que subyacen en la “racionalidad” de la civilización occidental. Porque si lo que cambia no son tanto los relatos, los mitos y las imágenes, sino el modo de agruparse, dividirse y oponerse, son estas formas de relaciones que definen lo nuevo sustraído a las divisiones clásicas. Así, las escrituras que aparecen después de los 90´, configuran modelos que ya nada tienen que ver con esquemas bipolares, sino que en esas múltiples combinaciones (que absorben y contaminan los opuestos, trazando nuevas fronteras y territorios), aparece la multitud insurrecta (Negri) como sujeto histórico que convive con otras formas más actuales de barbarie y división (Jameson). Es así como en estos regímenes del presente el territorio urbano encarna nacionalmente lo global o donde la identidad nacional, con toda su carga real y simbólica, se desvanece dejando deshechos y residuos (Sassen). La extrañeza vertiginosa de estas nuevas cartografías diseñan ciudades donde los nombres y los sujetos pueden borrarse y desaparecer pero, sobre todo, marcan “zonas, líneas y límites” entre fragmentos y ruinas. Algunos textos de Pedro Lemebel, Mario Bellatín, César Aira, Fabián Casas, o la antología de Juan Terranova sobre los escritores y sus barrios, y muchos otros, dan cuenta de estas cuestiones.

 

 

Ludmer deja en claro que términos como “isla urbana” es uno de los instrumentos conceptuales que permiten ver en “literaturas” y narraciones, en las prácticas sexuales y culturales, la irrupción de la naturaleza en la sociedad, allí donde el presente se neutraliza en lo anónimo y lo colectivo. Entonces, cuando el territorio da cuenta de la materia que constituye las políticas de los afectos, creencias y lenguajes, de producción y destrucción de vida, el modelo de la ambivalencia diseña una simetría en las escalas biológicas y espirituales. Por ello, los materiales culturales con los que trabaja Ludmer (textos, películas, series televisivas, mas los registros tecnológicos de la telefonía celular, la comunicación electrónica en todas sus variantes) muestran el uso, la utilización de los mismos cuando ya la sociedad no es reproducida sino vista desde dentro, en una suerte de inmanencia paradojal donde afuera y adentro revierten los clásicos parámetros culturales anteponiendo los rasgos preindividuales, biológicos y postsubjetivos; a eso lo llama el subsuelo de “isla urbana”, afuera o arriba del cual, la ciudad es división global (ciudad-estado con sus cotos privados y zonas cerradas como acierta Paul Virilio), sociedad imperialista donde hoy los intereses corren por cuenta de lo nuevo que universaliza las metas de una entidad nacional. Si el imperialismo colonial se dirigía a ocupaba espacios y usurpaba recursos en nombre de la civilización (y de Dios), ahora se trata de crear una cultura receptiva y permeable a las cosas que se producen en el territorio central cuya consecuencia mas visible es la exportación de ideas y valores: establecimiento de nuevos usos y costumbres (libros, vestimenta) mediante la diseminación de prácticas culturales proclives a transformar las entidades clásicas de la sociedad, como la familia tradicional. A ello tiende el modelo de ciudad global, allí donde los límites de la nación se borran, porque son las redes financieras electrónicas lo que disuelven las viejas fronteras por otras nuevas interiores al sistema. Ciudad como red de conexiones y como enjambre (Rheingold), donde los chips y los sms implican otro uso del espacio público, estas alteraciones modifican radicalmente el modo de ver y percibir la ciudad moderna, la cual a los ojos de Tony Negri ha caducado en sus funciones. Si en palabras del italiano la ciudad es hoy a la multitud lo que antes fue la fábrica para el obrero, la metrópolis encarna el lugar donde se transmuta la relación fuerza-trabajo. En este sentido, Ludmer relaciona las formas actuales de una ciudad que ya no designa totalidades sino fragmentos y ruinas. La isla urbana (en tanto instrumento conceptual o categoría teórica) será entonces una forma transversal de la sociedad porque mezcla clases y personajes impulsada por una necesidad o fuerza ciega que necesita de esa especie de subsuelo donde se inscribe el nivel de significación exhibida en lo espeso, lo animal, lo orgánico. Esto a diferencia de la ciudad (que es la sociedad global, la nación el miedo y el vértigo), inscribe los rasgos comunes a los habitantes, elementos preindividuales, biológicos, postsubjetivos (sangre, sexo, enfermedad, vida y muerte), algo que también atañe al cuerpo como objeto privilegiado de filosofías actuales (como J. L. Nancy).

 

 

Estas categorías en tanto imágenes y regímenes de significación sincronizan lo económico, cultural, lo social, lo político, lo nacional, lo global, incluyendo en ese proceso implosivo la liquidación de esferas y ahí, a la literatura misma. Precisamente, los textos o materiales que elige Ludmer, le permiten un punto de partida. Las escrituras actuales no admiten clasificaciones literarias ya que su sentido es salir de la realidad y fabricar presente. Apareciendo como literatura (formato libro, autor, sistema de legitimación mediante premios, otorgamiento de prestigio sobre la base de los medios, concursos y demás) exceden la pertenencia taxativa al ámbito de la realidad o la ficción. Sin metáfora (al decir de Tamara Kamenszain) y surgidas de los cotidiano, estas “literaturas postautónomas” subrayan dos postulados insoslayables: a- todo lo cultural es económico, b- la realidad (construida desde los medios, TV, blogs, chat, Internet, e-mail, mensajes de texto) es ficción y la ficción es realidad (punto bisagra con el postulado anterior). Si la realidad es producida por los medios, las tecnologías y las ciencias, esta realidad no pretende ser representada porque ya es pura representación, que incluye al sujeto, al acontecimiento y su potencialidad. Es así como la realidad cotidiana de hoy fusiona toda la mímesis del pasado para construir la realidad-ficción del presente. En este punto Ludmer indica claramente en qué se distinguen de las ficciones modernas (la literatura latinoamericana del boom, o las novelas de Andrés Rivera las cuales experimentaban con una nítida separación de lo histórico como real y lo literario). Se diría que asistimos al proceso de clausura de la literatura autónoma, abierta por Kant y la modernidad. Su lógica interna más las instituciones en las que se consolidó, ahora ceden el paso al fin de las esferas para reemplazarlas por el pensamiento de la inmanencia de Deleuze. A la pérdida de especificidad le sigue la pérdida de valor, en el sentido de que hoy la escritura pierde poder subversivo y funcionalidad crítica. Si el poema “Ruta” de Roberta Iannamico es un claro ejemplo de la ausencia de tropos y retórica, Cosa de Negros, de Washington Cucurto expone la voz de un narrador donde la ideología pasó a ser un elemento deliberadamente ambiguo. Esto marca el cambio de estatuto de la literatura en el interior de la industria de la lengua. Sin embargo, en este recorrido por materiales de la cultura contemporánea que resisten tanto las definiciones como la consagración impartidas por instituciones y géneros discursivos, Ludmer habla de un Thomas Bernhard (escritor y personaje), con lo cual prueba que la literatura, aún la prestigiosa, no solo le sirve a ella para mirar el mundo sino para que estos nuevos autores fijen sus posturas; lo que en este caso toma, es el discurso antipatria, el gesto desnaturalizado de quien ya no reconoce ni leyes, ni lazos ni sentimientos heredados. Ese es el tono que se detiene a escuchar, el registro latinoamericano donde la identidad nacional ha caducado. Después de la década del 90´, se quiebra y desacraliza la unidad del sentimiento-territorio-lengua. Y son esas voces las que ponen en escena las reglas de la profanación en tanto abandono de suelo, nombre y lengua, sin que esto sea transgresión sino escándalo público. Así es como hace jugar las acepciones que la profanación tiene para Agamben como para Taussig. Para el primero, secularización implica desplazar una forma dejando su fuerza intacta mientras que la profanación es una operación política: desactivar un viejo uso devolviendo lo confiscado. Por su parte Taussig observa que profanar supone dotar de un plus de energía negativa con algo que estaba en la cosa misma, como algo “secretamente familiar”. Sintonizando con estas frecuencias filosóficas, podemos pensar con Agamben en un sujeto como el refugiado, que vuelve a cuestionar la identidad entre hombre y ciudadano, entre nacimiento y nacionalidad ya que subraya la crisis de la noción de soberanía. Por algunas de estas razones, el libro cierra con el capítulo El Imperio, ahí donde Ludmer analiza sobre los relatos de migración, el pasaje de la nación a la lengua sobre las relaciones entre “territorio y lengua, nación y lengua, exilio y lengua, patria y lengua, imperio y lengua, mercado y lengua”. Es interesante advertir que, si bien la relación entre migrantes y excluídos es estructural, no es estricta; porque ese vínculo que es público y privado afecta la condición de vida y depende de la supervivencia ambulatoria de los que acatan servicios, ya fuera de trabajo y ley, o establecen alianzas provisorias con otros inmigrantes de la misma condición. La película Bolivia, por ejemplo, lo muestra a las claras. La experiencia de caer tocando el límite de la lengua y del cuerpo es la de la “afectividad a la intemperie”, allí donde también se pierde la gramática y la comunicación.

—-

Aquí América latina. Una especulación

Josefina Ludmer

Eterna Cadencia

2010

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: