Sobre Ficciones barrocas

3 Feb

por Aníbal Jarkowski

El nacimiento de la literatura argentina, la colección de ensayos que Carlos Gamerro publicó en 2006, hacía evidente dos de sus originalidades como crítico: su manera de leer y su forma de escribir sobre la literatura. Era, en cierto sentido, un libro ecléctico porque aquellos ensayos estaban marcados por las diversas publicaciones donde habían aparecido anteriormente y, por lo tanto, también por la diversidad de públicos a los que interpelaban. Sin embargo, más allá de ese eclecticismo, aquellos textos eran unánimes en la inteligencia con que se los había concebido y en la violenta precisión con que habían sido escritos.

Una de las impresiones que tuve al leerlo por aquel entonces, era que ese conjunto de ensayos era una realización del ideal borgeano propuesto para la literatura argentina; el aprovechamiento de las ventajas que ofrece a un escritor su condición de ciudadano de un país periférico.

Acaso sea un poco tarde para encontrarlo fácilmente en las librerías, pero aquel volumen me parece de lectura indispensable para experimentar algo que, la mayoría de las veces, es un sueño incumplido: el hecho de ser feliz mientras se lee un libro de crítica literaria.

En aquel momento pensé –y lo anoté en sus márgenes– que aquel libro de Gamerro, siendo muy distinto, de todos modos me había confortado tanto como El factor Borges, de Alan Pauls, libro de ensayos también admirable que había aparecido en el año 2000. Además se me ocurrió preguntarme si esos dos libros y esos dos escritores no revelaban por entonces algo así como una nueva situación para la crítica argentina: el comienzo de un tiempo donde ya no era una obligación expedirse sobre el peronismo. No se trataba de que Gamerro o Pauls no se expidieran sobre la cuestión, por el contrario; pero la novedad era que podían hacerlo sin que el peronismo los interpelara a la manera de un imperativo categórico que les exigiera la alabanza, el vituperio o la nostalgia.

Ahora bien, cuatro años después, y hace apenas semanas, se editó Ficciones Barrocas, un nuevo libro de ensayos de Gamerro que, si por un lado reincide en aciertos sucesivos, por otro es resultado de un nuevo tipo de concepción ya que se trata de un libro orgánico, concebido como tal desde su origen, y compuesto según la siguiente estrategia: al comienzo, un extenso ensayo para definir con precisión qué son las que Gamerro llama las “ficciones barrocas”, y luego la verificación de esa modalidad en las obras de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Silvina Ocampo, Felisberto Hernández y –en un apéndice– Philip K. Dick.

Nada del encanto de El nacimiento de la literatura argentina se ha perdido, pero acaso ocurra ahora algo –al menos para mí– inusitado: la argumentación de Gamerro es tan persuasiva a lo largo de todo el libro que, en varios momentos de la lectura, me detuve a preguntarme, precisamente, si no debía precaverme contra la solidez de los argumentos e interrogarme, como un paranoico, si las hipótesis presentadas no eran incorrectas al fin de cuentas. En este sentido, pocos libros de crítica literaria de los últimos años –podría escribir décadas y no caería en la exageración– me resultaron tan convincentes.

En el ensayo inicial, Gamerro propone que “la literatura barroca tiene dos recursos fundamentales para resaltar el abismo que separa el signo del objeto: la escritura barroca, que envuelve los objetos comunes y corrientes de ornamentales guirnaldas verbales; y las ficciones barrocas, que revelan que tras la banalidad o aparente transparencia del lenguaje acechan realidades complejas, inasibles, contradictorias. El arte barroco es un arte del fracaso en hacer coincidir palabras y realidad, ya sea a través de la frase, como en Góngora, ya a nivel de la trama, como en Cervantes. Es un arte desconfiado por naturaleza, y su atención se dirige menos al mundo que a las variadas representaciones que de él nos hacemos”.

Pasado al caso de la obra de Borges, por ejemplo, ocurriría que, si se la considera en su diacronía, habría escritura barroca en los ensayos de la década del 20 y los relatos de Historia Universal de la Infamia y luego un progresivo alejamiento, una abjuración de esa modalidad del barroco pero para pasar a la otra, la de las ficciones barrocas.

Es bastante conocida la idea de Deleuze de que el curso de la Filosofía y su misma razón de ser es la invención de conceptos. En este y en otros sentidos, Ficciones barrocas es exactamente un libro deleuziano, como también, por su magnética dimensión persuasiva, es un libro sarmientino. Si por más de un siglo y medio los lectores de Facundo fueron convencidos de que la intelección de la realidad argentina debe hacerse en función de los conceptos de civilización y la barbarie, los lectores de Gamerro acaso ahora sean convencidos de que la intelección de las ficciones argentinas, o rioplatenses, deberá hacerse en términos de las escrituras y las ficciones barrocas. Uno de los méritos inmediatos de esa probable convicción podría ser que el hábito intelectualmente perezoso de reincidir en la dicotomía literatura realista / literatura fantástica quedara, para fortuna de la crítica y la teoría literarias, progresivamente disuelta en el olvido. Si eso llegara a ocurrir, la deuda de quienes nos dedicamos a la literatura hacia este libro sería inconmensurable.

Por otro lado, no deja de ser conmovedor que el método del libro, minucioso y hasta maniático en la verificación de su hipótesis central en innumerables ejemplos –en un pasaje desopilante, Gamerro propone 10 citas sucesivas para que el lector distinga cuáles pertenecen a Felisberto Hernández y cuáles a Silvina Ocampo, de suerte que, si acierta en la mayoría de los casos, queda eximido de leer el resto del ensayo– se conlleve, sin embargo, con una escritura que puede permitirse fórmulas extemporáneas para el tono habitual del discurso crítico. Podemos “esperar sentados” si esperamos la irrupción de lo sobrenatural o lo fantástico en la obra de Onetti; Victoria Ocampo descubre “que su tímida hermanita le pasa el trapo” en lo que a talento literario se refiere; los relatos de Felisberto Hernández “se llevan la mar de bien” con las explicaciones naturales; Philip Dick “la pegó con lo que sería el tema dominante de la ciencia ficción futura”; los neobarrocos de los años setenta y ochenta prefirieron pasar por alto la filiación con Lugones – Larreta – Mujica Láinez “por prejuicio o por asquito ideológico”.

El libro de Gamerro abunda en inteligencia y sensibilidad críticas y desconoce el decoro –o el miedo, tan común– de enfrentar teorías e hipótesis ajenas.

“Particularmente enojoso en el caso de estas escuelas críticas moralizantes [como buena parte de la crítica literaria feminista] es su previa toma de partido contra todo acto de ventriloquia literaria: nunca será válido que un hombre presente el punto de vista de la mujer, pues lo hará desde sus propios intereses y generará estereotipos o imágenes negativas (…) porque la simpatía imaginativa queda proscripta. Como no ha surgido hasta ahora una escuela de crítica infantilista, no se proscribe la asunción del discurso infantil por parte de los adultos: el día que llegue, una gran parte de los cuentos de Silvina Ocampo serán seguramente condenados”.

Escribir sobre un libro reciente –y además extravagante, como puede ser éste– puede llevar a elogios desmedidos, sostenidos nada más que por entusiasmos inmediatos pero pasajeros por poco razonados, tal como ocurre, por ejemplo, en la cultura del rock, donde con asombrosa frecuencia se anuncia la aparición de bandas, guitarristas, canciones o discos cuya originalidad cambiará el curso de la música. Estas breves líneas sobre el libro de Gamerro acaso pequen de ese entusiasmo y deba desdecirme de ellas en algún tiempo; si eso ocurriera, lo haré.

Mientras tanto, mientras siga convencido –acaso hechizado– por la inteligencia de Ficciones barrocas, prefiero anotar la felicidad que me produjo leerlo antes que ser mezquino con un libro que me ha dado tanto.

 

—–

Ficciones barrocas

Carlos Gamerro

Eterna Cadencia

2010

 

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