La importancia de Alejandro Rubio

24 Feb

 

por Ana Mazzoni

Alejandro Valentín Rubio es el mejor prosista vivo de la Argentina. No digo el mejor novelista, ni el mejor narrador, cuentista o ensayista vivo de la Argentina sino el mejor prosista vivo de la Argentina. La claridad expositiva de todos sus escritos, desde la unidad mínima del verso hasta la más compleja de su última narrativa, se despliega coherentemente bajo el celo de una o varias ideas rectoras que, por lo general, proceden de una capacidad de observación poco amiga del bienpensantismo y más cercana a la sentencia “la única verdad es la realidad”. Los hombres y su modo de vida, su trabajo, sus ideas, su historia y las condiciones que ella ha generado, son sus temas.

 

Difícil es adjudicarle a Rubio una oración que no sea asertiva. El Indicativo es su modo predilecto y el realismo, su actitud eminente: algo que él define como realismo moral, no el realismo que se propone reflejar fielmente el mundo, sino un realismo que reacciona “contra las ficciones autocomplacientes que todo el mundo se cuenta a sí mismo”, un método que sirve ante todo para entender qué pasa en su contemporaneidad. Lo dice claramente su Autobiografía podrida: “El único valor que le concedo a la literatura es el de ser verdadera”. Alejandro Rubio es un escritor del presente.

 

Pero no es este el único motivo de su excelencia prosística. Sus textos contienen una enorme cantidad de recursos literarios y de tonos, oriundos de las muy diversas tradiciones poéticas al alcance en lengua castellana, que se articulan con eficacia. Como dijo Daniel García Helder, Rubio el objetivista puede escribir neobarrocamente “Truena el trueno en el trono” o cuasilíricamente “el viento tañe solo entre las hojas”, y habría que agregar el estilo formalista de libros como Foucault o Prosas cortas.

 

Esa variedad que es producto de una vasta cultura general, que convoca metáforas, comparaciones y resonancias de la literatura universal para hacerlos coexistir y complementarse con expresiones coloquiales, da como resultado una prosa fluida y compleja a la vez. En La garchofa esmeralda nos encontramos con el idioma español, aceitado y afilado, zigzagueante y preciso, puesto al servicio de géneros diversos.

 

Descubrimos con este nuevo libro otra de las facetas de Rubio. Enumerábamos recién la lista de estilos con los que Rubio escribe. Si nos concentramos ahora en los géneros, además del poético, vemos que Rubio se vuelca ahora a la prosa con una autobiografía, una nouvelle y un ensayo. A eso debemos sumar las participaciones de Mayakovski como comentarista en varios blogs, donde ejercita con éxito su prosa polémica, y su actividad como reseñista de Los inrockuptibles. Esta ductilidad es prueba de la composición de un escritor integral, que tiene cuerda para probarse en distintas disciplinas, saliendo airoso de cada una, y que busca permanentemente dar un paso más sin repetirse.

 

Rubio es un escritor peronista y por eso le costará mucho trabajo llegar a ser un escritor central. En la tradición literaria argentina, peronismo y canon no son palabras afines. De ahí que muchas veces se lo confunda con un escritor maldito. El malditismo prescribe para sus agentes una dosis importante de locura, contradicción, tragicidad, individualismo, goce y aura que en Rubio jamás encontraremos. Rubio no es un poeta lumpen, un marginal. No es ese el lugar que su escritura pide para sí.

 

La lógica visible en los encadenamientos argumentativos, la clara exposición de su pensamiento político, su preocupación por el realismo moral, por la justicia social en momentos históricamente situados, su desapego ante las ficciones autocomplacientes, del que tenemos sobradas muestras en esa autobiografía absolutamente irónica respecto del yo, su enorme honestidad intelectual hacen de él una figura absolutamente opuesta a la imagen de un maldito.

 

El pasaje a la prosa que hoy presenciamos, y del que habíamos recibido un anticipo con la edición de Autobiografía podrida por Eloísa Cartonera, responde, en el contexto de esta literatura argentina, a una necesidad de operar en ligas mayores. La voluntad de Rubio de escribir lo que sea teniendo en mente el estado actual de la literatura hace de él un escritor que, lejos de enfrascarse, escribe con el radar encendido, observando con el mismo desapego que emplea sobre sí mismo el estado general de la literatura argentina y señalado allí donde hace falta el carácter falaz de la crítica amiguista, de los consensos irreflexivos provenientes de las operaciones mediáticas, con una confianza inquebrantable en el valor de la literatura y en su capacidad de mostrarnos algo acerca de nosotros mismos.

 

Texto leído en la presentación del libro el día 30 de noviembre de 2010.

 

—-

 

La garchofa esmeralda

Alejandro Rubio

Mansalva

2010


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