Experimentos nazis

29 Mar

 

por Eduardo Febres

 

En La fórmula de la eterna juventud y otros experimentos nazis el investigador del History Channel Carlos De Nápoli presenta una serie de teorías y especulaciones conspirativas sobre los nazis, algunas interesantes, otras trilladas y otras descabelladas. Las presenta mediante un testimonio en primera persona, que reconstruye el recorrido que el autor hizo desde 1979 para armar la colección de objetos, datos y testimonios de los que se nutre este libro.

Parte de esta colección está fotografiada entre las páginas 24 y 31. Entre otras cosas están: la portada del libro Injerto de glándulas endocrinas, dedicado por el autor a Joseph Mengele; una carta manuscrita y firmada por Mengele, con membrete del Instituto para el Patrimonio Biológico e Higiene de la Raza; y un chimpancé atado a una camilla, al que según De Nápoli le extraerían las glándulas sexuales para injertárselas a un humano, con la intención de rejuvenecerlo. Son estas fotografías lo que más se acerca en todo el libro a saciar la expectativa morbosa que puede despertar su aspecto exterior.

La fotografía del chimpancé está ahí porque la teoría conspirativa central del libro es la existencia de un plan sistemático del Tercer Reich para encontrar una técnica rejuvenecedora, que diera vida eterna a Hitler y a la raza aria. Pero de esta teoría sólo se presentan innumerables indicios aislados. Indicios casi siempre vagos, que se relacionan mediante especulaciones forzadas. Lo más aproximado a una prueba contundente que llega a presentarse de los experimentos rejuvenecedores es una supuesta entrevista con Frieda Sorennsen, una danesa residenciada en Recoleta, que fue paciente del doctor Karl Peter Vaernet: un criminal de la SS enterrado en el cementerio de la Chacarita. Esta mujer afirma haber sido una de las víctimas de estos experimentos en campos de concentración.

Lo que hace dudar de la veracidad del testimonio de Frieda –así como de la existencia de Frieda y de casi todo lo que relata De Nápoli de primera fuente– es el marcado intento del autor por hacer de su testimonio una especie de novela policial. El lenguaje afectado que opaca casi todo el testimonio vuelve inverosímil hasta lo que podría haber sido una desgrabación.

Es curioso que en el fragmento mejor narrado del libro no esté la figura de De Nápoli, y todos los detalles del relato provengan íntegramente de la imaginación del autor. Es un relato que abre la tercera parte del volumen, y cuenta una visita de Karl Brandt, el médico personal de Hitler, a un spa en Solahuette, en las cercanías de Auschwitz, en donde hacía un año habían sido recluidas veinte prisioneras elegidas para ser sometidas a los experimentos de rejuvenecimiento.

A este relato –que podría funcionar como una buena pieza de ficción breve– le sigue abruptamente, de un párrafo a otro, un resumen de la biografía de Brandt, en prosa wikipédica. Y éste es uno de los rasgos de La fórmula… que obstaculizan la mera formulación ordenada de las hipótesis conspirativas que se presentan: a pesar de que el libro está dividido en seis partes, y cada parte en sucesivos subtítulos, en el discurso de De Nápoli se intercalan desordenadamente y sin criterio visible la autoficción, el conocimiento general, la cita de fuentes valiosas halladas por él, y sus meras especulaciones.

Del mismo modo se presentan a un mismo nivel líneas de investigación histórica pertinentes y relevantes –como los vínculos de los nazis con la industria farmacológica alemana y con el poder económico usamericano, o el origen de la talidomida en laboratorios nazis–, mitos conspirativos del folklore antiperonista –Hitler, que al igual que Goebbels no murió en el búnker, huyó a la Argentina; los científicos nazis que llegaron a la Argentina pusieron en práctica acá los planes cuatrienales del nazismo–, y otras especulaciones al borde del delirio –Mengele llegó a la Argentina perseguido por las mujeres que se hicieron inmortales con los experimentos rejuvenecedores–.

La consecuencia política de este tratamiento de las hipótesis es la misma de documentales conspirativos usamericanos como Freedom to Fascism o The Obama Deception. Al igual que en La fórmula…, en estos trabajos audiovisuales quedan asociados temas relevantes y poco tratados –como el gobierno en las sombras de la Reserva Federal usamericana, o las reuniones del Grupo Bilderberg– a especulaciones paranoicas infundadas o poco probables. Una consecuencia que, en análisis metaconspirativo, podría decirse que no es casual.

Y la consecuencia meramente narrativa es que De Nápoli no llega a convencer de nada. Al tiempo que urde deshilvanadamente indicios de los experimentos rejuvenecedores, trata de probar las alianzas entre nazis y británicos y entre nazis y usamericanos, desacreditar a sus colegas historiadores del nazismo, y autoficcionalizarse como una suerte de detective que viene a revelar por primera vez el verdadero lado oculto del nazismo. Y de nada de eso llega a convencer.

Sacando las agobiantes citas textuales de hasta tres páginas que aparecen cada tanto en el libro, y los datos wikipédicos, La fórmula… cumpliría con otra expectativa que puede despertar su aspecto exterior: la de una parodia políticamente incorrecta, presentada en formato de no ficción pero imaginaria, en la línea de la La literatura nazi en América de Roberto Bolaño y Madre noche de Kurt Vonnegut. Porque ésta es una de las cosas que puede esperarse el lector cuando encuentra en la contratapa: “El uso de la droga talidomida, hipófisis de cadáveres profanados y el cáncer como secuela de los experimentos se suman al escalofriante testimonio de una dinamarquesa de setenta años que parece de cuarenta, para completar un escenario increíble –pero real– de nuestra historia reciente”.

Leído en esa clave, puede llegar a ser fascinante ver cómo De Nápoli deja colar en su prosa guiños en los que, en su obsesión por los nazis, parece terminar identificándose con ellos, como Howard  W. Campbell, el protagonista de Madre noche. A veces se trata de sutilezas, que pueden atribuirse a descuidos en la corrección política, como cuando dice “pero algo salió mal”, para decir que no se cumplió la expectativa de que la Unión Soviética cayera “como un castillo de naipes”; cuando llama “anécdotas amenas” lo que le cuenta sobre nazis refugiados en Argentina un empresario peronista; o cuando en un torpe intento de ironizar califica de “maravillosa idea” la de un doctor nazi que pidió, para emplearlos en experimentos, los cerebros de un grupo de enfermos terminales que iban a ser asesinados con monóxido de carbono. Pero el paroxismo de estos deslices, en los que De Nápoli deja pocas dudas de haberse mimetizado con la mística nazi, ocurre en la última parte, cuando escribe: “todo el que crea que el Führer murió en el búnker no hace más que declarar su pertenencia al ‘populacho’, como llamaba Churchill al pueblo llano y mal informado”. Puede decirse que sólo le hace falta terminar de ser falso para dar risa.

 

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La fórmula de la eterna juventud y otros experimentos nazis

Carlos De Nápoli

Ediciones Norma

2009

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