Un tour de force por el habla cotidiana

26 Abr

Sobre niño cacharro de Mauro Lo Coco

por Ariel Idez


Pensé mucho tiempo en el título para este texto, pretendiendo hacerme el vivo con el nombre del poeta Mauro Lo Coco y ensayé varias fórmulas al respecto: “Lo Coco no quita lo Valiente”, “Lococó”, “Lo Coco sí, boludo no” (cita incluida a Osvaldo, tan afín a su poesía). Al final me di cuenta de que su nombre (que está destinado a ser leyenda) soporta suficiente misterio por sí mismo, al punto de que bien podría haber titulado alguno de sus primeros libros con su propio apellido, apelando a ese recurso tan afín a los grupos de rock. Recuerdo, al respecto, aunque no sé si viene al caso, una banda llamada “Lo Bruno” y la inquietud que me producía la combinación del artículo neutro “lo” (artista exclusivo del castellano) con un nombre propio “Bruno” y la pregunta que me provocaba ¿qué será “Lo Bruno” de Bruno? La misma inquietud me produce el apellido de nuestro poeta, sumado a que el artículo se aplica al fruto de una palmera tropical. “Lo Coco” suena a promesa, a extracción, a desvío, algo le será sustraído al fruto del trópico para sernos presentado, aquí, en plena llanura pampeana.

Esa extraterritorialización que el gentilicio le propina al producto de la palma caribeña es similar al tour de force que el habla cotidiana experimenta al pasar, trasmutada en poesía, a las páginas de los libros que firma el autor. En Ricardo gravitando (Del Dock, 2003), novela pampeana escrita en verso libre, hay una escena en la que Ricardo Cambiasso, alienado oficinista porteño, se encuentra con Aughentaler, enigmático eremita de la Pampa y hay un tero, un pato y un perro, el cuzco “Caifás” que completan la escena y entonces:

 Caifás miró desconfiado y paró, se pegó al dueño sin sacarme la vista:

lo chirlaron y le hablaron bajo: déje joder.

 En ese punctum del poema me detuve, alcé la vista (alguien definió acertadamente el “punctum” barthesiano como ese momento en el que uno suspende la lectura, alza la cabeza y dice “qué hijo de puta”) y cobré cabal conciencia de lo que importaba (de importancia, pero también de importación) la escritura de Lo Coco. El tipo no decía al perro “déjese de joder” o “déje de joder”, ni siquiera apelaba a la transitada fórmula gauchesca “déje e’ joder”. La solución era perfecta “déje joder” y mostraba al mismo tiempo el abismo entre lengua y habla salvado por la iluminación poética.

Este procedimiento, este extañamiento del habla en la lengua retorna, potenciado, recargado, en niño cacharro que acaba de editar Zindo y Gafuri. niño cacharro puede remitir, desde el título, al Niño taza de Osvaldo Lamborghini, aunque la falsa transparencia de la poesía de Lo Coco está en las antípodas del barroquismo lamborghiniano, así que descartemos esta referencia. También podría pensarse en la afinidad entre cacharro y cachorro (otra vez el perro: “déje joder”) y también, por qué no, con el niño cualquiera, niño garabato, niño inútil, desprolijo, cachivache, niño dos veces menor. Acá no hay narración, no hay banda, no hay orquesta. En un gesto ¿posmoderno? Lo Coco se saca de encima la tarea de contar una historia y al lector que busca un texto “con ganas de andar reflejando la vida” sujeto a “la pretensión de ver y de tener que ver”, como decía Literal, Mauro lo remite a los fichines, en esas pantallas con misiones, puntajes y bonus que coloca al comienzo y al final de cada parte del poema, como si delegara en los jueguitos electrónicos el devaluado arte de contar historias. Y sin embargo la cosa no es cualquiera, cuando no hay banda no hay orquesta: lo que queda, lo que resta es el misterio y los poemas de niño cacharro desbordan misterio. En una primera lectura uno opta por los más “hiteros” como “oración matinal”:

 arriba el sol su busto

el general el general

me conoce y vela por mí

reverencia

gracias por este día

que no me chupan los colchones

O, por citar otro, “oscar awards”. De estos dos poemas tomados de distintas partes del libro puede concluirse que “el general el general” es un leiv motiv de niño cacharro y en efecto lo es (su presencia se multiplica en muchos otros poemas) pero eso no nos aclarará nada porque no hay claves de lectura que nos permitan desentrañar un sentido “oculto” como si fuera el premio que promete el juego de consola sino el límpido desasosiego de una superficie paradójica: cuanto más transparente, más opaca. Cuando Mauro Lo Coco lee sus poemas el auditorio suele reírse a veces a carcajadas, el público festeja la aparición de esos trozos sueltos de habla cotidiana, como en el final de “equilibrio tronco”:

(…)

mmm Marolio

la media roja dónde estaba

en el baño

oh

ah

la verdad

no me la esperaba

gracias a esta producción

tan linda

que nos trató bárbaro

En esas lecturas de Lo Coco me parece que hay risas de reconocimiento pero también de desconcierto, esos fragmentos del habla cotidiana son los pedazos de loza del inodoro de Duchamp, exhibido como escombro y como ruina, en el museo del poema. Mauro no recoge esas figuras del lenguaje coloquial para tranquilizarnos en la identificación sino para inquietarnos en el extrañamiento y para operar la doble desterritorialización. Dibuja con los versos un poema que lleva inscripto en su superficie el venenoso lema: “ESTO NO ES UN POEMA”.

 Ahora Mauro Lo Coco se encuentra abocado a la composición de hits, aunque animados por el mismo espíritu per-verso, que oportunamente llenarán un volumen titulado 18 éxitos para el verano, de probable salida para el mes de julio. La última parte de niño… una suerte de epílogo llamado “despostes” contiene una muestra de este estilo, en el que el autor se exhibe más sociable y, maestro en el arte de la poda, entrega notorios ejemplares de una épica bonsái. Va, para deleite de los lectores, uno de mis preferidos de esta serie:

7. animales abandonados


son así, nunca se fían

de uno

podés intentar comida, palmaditas

tener una conversación

pero igual

tampoco esperes lealtad

no pueden

—-

niño cacharro

Mauro Lo Coco

Zindo & Gafuri

2010

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