Misterios y alquimia de lo cotidiano

3 May

por Sol Bembibre

Me voy a permitir escribir desde el yo: conocí a Inés en un bar, en una reunión. Entró, saludó, se sentó, sacó una bolsa grande de mandarinas y empezó a comer. Alguien le preguntó: “Y vos, Gema, ¿qué opinás de esto?”. Ella contestó  muy seria “no soy más Gema, soy Inés”. Sus nombres me parecieron tan curiosos como la mandarina. Otra anécdota de yo: cuando me hice señorita, a los 12 años, mi abuela se encargó de publicarlo por todo el barrio y todos me felicitaban por algo que yo creía asqueroso (“El Peorrr Día de mi FVVida” expresa empáticamente con tantas mayúsculas Acevedo en su autobiografía). Entonces, el verdulero, a modo de regalo por mi señoritud, me dio  una mandarina. ¿Por qué una mandarina? ¿Cuál es la relación de la mandarina con la menstruación? ¿Con el crecimiento? ¿Con el cosmos?  Concluí: en cada mandarina se esconde un misterio.

Y a través de todos los misterios de la mandarina, de mi vida o del libro de Inés Acevedo, se creó la red babosa entre las páginas y el lector. Quizás sea un acto tan simple como chupar una mandarina: una “novela” escrita desde un yo protagónico, autobiográfico y genial no hace más que rebotar en las paredes del yo-lector.  Así que permitirme hablar desde mi yo, no es tanto un gesto megalómano como una pura inocencia transferencial.

Vayamos por gajos: en la autobiografía descubrí claves para descifrar el misterio de estos dos nombres de Acevedo. “Se me ocurrió llamarme Gema, como la tambera, la mamá de Silvina y Natalia, una mujer tan buena y hermosa de ojos celestes a la que le crecía la barba”. Este nombre es un nombre adoptado luego de una sugerencia de un jefe, para captar más subscriptores. Pero el misterio más embrollado es Inés o Minés: “¡Llevo el nombre de una Mediocre Novela Romántica! Escrita por mi bisabuelo en 1907, Minés.” Este nombre encierra una genealogía de lo literario, un amparo para Inés Acevedo, que se aventuró a la peripecia de escribir en “el culo del mundo” (a 5 km de Napaleofú, en el kilómetro 120 de la ruta 226).

¿Cómo entrar al mundo y a las lecturas desde el culo del mundo? De la misma manera que Inés Acevedo narra su primera vez sexual, también rememora ese debut en la lectura: “Como ocurre con la “primera vez” me quedé con una especie de vacío. ¿Era esto leer? El vacío que sentí también se relaciona con un tipo de soledad. La lectura me demostraba mi autodeterminación.”  La posibilidad de huir de sus hermanos, de su casa plagada de elementos fuera de lugar, incluso de su voz, ya que había descubierto la lectura silenciosa. Llegar a la soledad, al Uno, al Todo, a la conexión cósmica: “Leyendo yo estaba en armonía con la Naturaleza”. Junto al repasador lleno de moscas, el himen resistente al desvirgue y las calzas punk de la secundaria hay una esfera cósmica e incluso divina que lo transversa todo. ¡Hasta hay espacio para una definición de  Dios!: Dios es un hilo muy fino que está frente a mis ojos, pero es el único, y aunque parezca débil, como el camino de una arañita que vio destruido su hogar, puedo hacer equilibrio por ahí sin romperlo, directo al cielo.

Esta dimensión cósmica de la que hablo es directamente proporcional a la ilación de las edades de la narradora. No creo que sean caprichosamente desordenadas las idas y vueltas de sus capítulos, sino que más bien se trata de un orden secreto en clave alquímica: en una edad se encuentra otra y de la otra edad deviene ésta que en el futuro refleja especularmente un pasado. Como esos cuadros renacentistas de vírgenes Marías, donde un Jesús pequeño es representado junto a un viejo y a un joven. Así, dice que a los ocho años “me quedé mirándome en el espejo hasta que mi cara se convirtió en la de una vieja. La cara de vieja iba y venía a la de niña. (…) De esta forma quedé conectada con mis setenta años a través del espejo”. Y después vuelve a los cinco años (“Así como quedé conectada con el futuro, lo estoy con el pasado. Hay un Más acá. Son los cinco años”), que son a su vez treinta y tres años (“Así me recuerdo a los cinco años, edad que nunca perdí, y en la que supe que efectivamente tenía treinta y tres”).

Como sucede con la mandarina, en la que los gajos pueden ser sustancialmente iguales pero tienen un orden que desafía la lógica del mayor y el menor, la linealidad y, en definitiva, la lógica,  así también sucede con la edades de Inés Acevedo. Y con este libro genial.

—-

Una idea genial

Inés Acevedo

Mansalva

2010

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