Sobre El amor nos va a separar

15 Jun


por Alejandro Boverio

La literatura argentina actual se encuentra frente a una pregunta acuciante: ¿Qué significa escribir hoy? Nada parece seguro y, sin embargo, a veces creemos tener alguna seguridad. “Es un refugio ante el vacío de la experiencia” podría ser el slogan con el que a través de la Feria del Libro se venden cada vez más libros. Allí se habla de la lectura del mismo modo que en una publicidad del suplemento cultural del Clarín, la ñoña, que ilustra en su última contratapa un vagón repleto del subte, junto a otro completamente vacío y, en él, alguien leyendo: “lo mágico de leer” es allí el slogan explícito. La literatura como aquello que nos saca mágicamente del amontonamiento subterráneo de lo cotidiano. Entonces, paradójicamente, es a través de un movimiento romántico y espiritualista, que las editoriales mainstream, junto con el establishment de la cultura, venden sus libros.

Decía que la literatura argentina debería preguntarse qué significa escribir hoy. Cuáles son las condiciones para hacerlo. Las que acabo de describir son cristalinas, aunque saben ocultarse muy bien. Pero creo que la editorial pánico el pánico y El amor nos va a separar de Matías Pailos tienen otra respuesta para ello. Pailos es un narrador de historias, pero de historias que no pretenden sacarnos de la experiencia, sino que insisten en que volvamos a ella con un denodado énfasis. Si asistimos aquí también o no al giro autobiográfico que ha sido señalado por Alberto Giordano en la literatura actual, no lo sabemos, aunque podemos decir que es posible. Y digo posible, porque prefiero imaginar que el magnífico relato que le da el título al libro, “El amor nos va a separar”, no lo es. Sobrevuelo las marcas que he hecho en mi lectura de ese relato, leo casi azarosamente sobre las líneas rojas que subrayan mi libro: “Rubia, chiquita, no más de 18. Flaquita, coqueta, una ricura. Ojos grandes, dientes salidos, pezones puntiagudos. Ya desnuda, ya dispuesta, ya violada. Me vio y no me vio. Me vio y se dejó pegar. Me vio y se dejó violar. Me vio y calló, me vio y apenas gritó, me vio y me dio bronca porque no me vio”. Aquí, el Yo se vuelve fundamental, aun cuando no sea un yo biográfico. No lo sabemos, pero ése es un juego al que nos invita el relato anterior cuyo personaje se llama “Matías Pailos”. Aquí, sin embargo, es un yo sin nombre el que habla, el que viola y corta el relato. Ése Yo, que tampoco es persona, que se cree persona, pero que en realidad es puro deseo, deseo sin restricciones, deseo sin límite que se concentra en un punto que dice yo y que afirma: “Yo no soy un medio para ningún fin, no soy un medio para nadie. Ellos sí. Ellos obedecen. Pero decir que obedecen es un contrasentido porque no pueden actuar de otra manera porque (recordemos): ellos no son personas, no son ellos. Son extensiones, son seudópodos, son parte de mí. El mundo se anula y sólo soy yo y mis múltiples manifestaciones”. Eso dice el Yo de “El amor nos va a separar”. La violencia entonces no es violencia, la visión no es visión, la violación no es violación en un relato en donde el reparto de los límites y de las violencias no tiene fin. El Yo es el que establece toda separación y se vuelve el único fin y en la finalidad del relato, un yo psicótico que creo se rencuentra de un modo zigzagueante con la violación originaria que funda la literatura argentina pero que, desplazándose, encuentra en Lamborghini su voz más cercana, desgarrada y destructiva. Violencia política. Si nombro a Lamborghini es porque creo que en el texto de Pailos hay una deuda y, al mismo tiempo, una enseña y un sello, que lo reconoce y lo convoca.

Pero no sólo hay violencia en los relatos de Matías Pailos y si recién hacía referencia a lo autobiográfico es justamente porque en el relato titulado “Auto de fe”, decía, en ese relato, se pretende hablar directamente de “Matías Pailos”. Él no es el que hace avanzar la narración, quizás sí la excusa para que avance la historia del padre. Gualterio o Claudio, hay allí una dualidad del nombre, una apuesta por el nombre, una fijación que hace del padre, dos padres. Y más allá del nombre del padre, el nombre del hijo. Y una nota irónica, dos notas en verdad, que hablan del nombre de Pailos, de Federico Matías Pailos, de porqué Federico dejó de ser Federico. De por qué Matías. El amable retorno del autor, en el centro del texto, pone en funcionamiento una enorme interrogación de lo ficcional mismo, en un eterno movimiento entre el relato y lo real que no permite una última estabilización. Ése es el juego al que nos invita un relato cuyo narrador dice mirar desde ningún lugar y que ve las cosas desinteresadamente. Un desinterés narrativo justamente cuando se juega el nombre propio del autor. Ya creemos entender por dónde va el juego, pero no podemos detenerlo.

Hay entonces una mirada que vuela por encima, por la superficie de los hechos sin darles demasiada importancia, justo cuando se juega la existencia misma de Matías Pailos, impostura narrativa, si la hay. “La literatura es ejercicio de superficialidad, lo importante es el mundo de lo visible”, dice el crítico-literario y narrador de “La tarea”, relato que cierra el libro, mientras desmantela un texto del que sólo conocemos fragmentos. La crítica allí es el ruido que nos deja ver lo posible y lo pensable de un escenario y una narración trunca. ¿Cómo pensar la literatura hoy más allá de la crítica? El monólogo del lector aturde la autoritas del escriba, mientras piensa sentidos y destinos del texto, y una parece ser la receta que dirige la lectura: “Asegurate la crispación”. Pero ella encuentra caminos alternativos y superpuestos… se pierden de vista. Y no hablamos aquí más que de miradas y de una inquietud por la visibilidad que no deja de asediar lo que no es visible. Roland Barthes era quien decía que un libro se sostiene en las manos, pero que un texto se sostiene en el lenguaje. “La tarea” es el texto del libro por excelencia que se asienta en el lenguaje, al punto de destruir cualquier cierre y acabamiento. El relato más textual de libro que, cuestionándose como un todo, afirma, a un tiempo: “Dejá de escribir para nerds que piensan que el único tema digno de la literatura es la literatura misma”.

Esa voz es la que parece pensar el libro en su conjunto, un libro que, como decía, no pretende refugiarse en ninguna parte, y menos enla Literatura, porque asume que ella no es refugio, sino la experiencia misma como vida literaria. Todo el libro parece entonces volcarse sobre la vida y no es necesario leer a quiénes está dedicado el libro para confirmar aquí, una vez más, aquello que alguna vez dijo el gran poeta Jean Paul: “los libros son voluminosas cartas para los amigos”.

 —-

El amor nos va a separar

Matías Pailos

Pánico el pánico

2010

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: