Todo lo que venga será peor

29 Jun

por Cecilia Eraso

Tal vez el mayor interés que nos pueda deparar hoy la lectura de crónicas de viaje a regiones poco visitadas de nuestro planeta  –en la era de la saturación informativa y Discovery Channel– sea la captación de un detalle, algo así como la irrupción de un punctum en la foto que toda crónica de viaje aspira –o se resigna– a ser. Muchas de las crónicas de Martín Caparrós suelen mostrar su capacidad para construir esos momentos.  

En su nuevo libro de crónicas, Contra el cambio, los viajes que sirven de pretexto y nutren anecdóticamente a los relatos son los varios destinos a los que el cronista es enviado para internarse en aquellas zonas del planeta sensibles a la amenaza del tan publicitado cambio climático, ese monstruo que ha restaurado en nuestras sociedades actuales –reflexiona el cronista– el infaltable sesgo apocalíptico. Al viajero le encargaron que buscara testimonios directos de los jóvenes afectados por dicho cambio –o su amenaza–. Y mientras que los datos duros habrán ido a parar al informe para la institución que lo encomendara, las crónicas se presentan un poco como el lado B de ese viaje de trabajo donde encuentran lugar las anotaciones más subjetivas, las reflexiones más que el relato del viaje en sí.

El cronista visita el Amazonas, África, Nueva Zelanda, la Nueva Orleans devastada; conoce, se conmueve, pero se mantiene distante y escéptico: si algo caracteriza al narrador de Caparrós en sus crónicas es esa mirada irónica que coquetea (¿o más que coquetea?) con la incorrección política y que en estas crónicas toma como blanco predilecto a las “oenegés” y el manejo que hacen de los jóvenes de las regiones más desamparadas a quienes convencen de que la mayor de sus desgracias no está en la desigual distribución de la riqueza que los mantiene alejados del agua potable y el cultivo de sus alimentos sino en el cambio climático que devasta sus medios ambientes. Y su otro blanco predilecto son los “ecololós”, ecologistas progres cuyo ideal sería la vuelta al estado de naturaleza previo a la irrupción de la cultura: “Son buenos, comprensivos. Incapaces, se supone, de matar una mosca. Es más: si te llegaran a ver matando una, seguramente te romperían la cabeza”. Para los ecologistas, los conservadoristas según los llama irónicamente Caparrós, el mundo siempre debería ser igual y si cambia, solo puede hacerlo para peor. En contra de esto (en contra de casi todo, como ya lo adelanta el título) el cronista inserta micro-genealogías con las que nos va recordando que siempre que nos hemos enfrentado, en la historia, a los cambios, lo hicimos con una idea apocalíptica de que el porvenir sería terrible y mucho peor de lo que fue. Sea como fuere los ecololós parecen haber encontrado en esas pequeñas reformas que las ONG proponen un modo de la militancia, modo que al cronista le parecen “curitas en la hemorragia femoral”. Ni siquiera está suficientemente convencido de que exista una verdadera amenaza ligada con el cambio climático: los argumentos en contra son casi tan convincentes como los a favor del apocalipsis inminente y el narrador suele quedar suspendido en la incertidumbre.

Pero, si bien esa idea de conservación no le parece del todo descartable, de lo que acusa a los ecololós y las ONG es de que no idean formas para que los sectores menos beneficiados de las sociedades tengan acceso a la tecnología que les permita vivir mejor sino que ellos, los capitales con mayor responsabilidad en la contaminación ambiental, la tala indiscriminada de bosques y la explotación de animales son los menos dispuestos a ser controlados por sus oenegés y se la pasan mirando hacia la desertificación en África o la tala para cultivar soja en el Amazonas. Es decir, acusaciones cruzadas: ellos culpan hipócritamente a los países pobres y el cronista los culpa a ellos de que no ayuden a los países pobres a desarrollarse de manera sustentable. La pregunta que se va imponiendo al leer estas crónicas es incómoda: “¿por qué esa convicción nostálgica, conservadora, de que todo lo que venga debe ser peor?” La pregunta incluye además una arista adicional: ¿quiénes son los que viven tan bien, los que conocen esa faceta “hermosa” de la vida en estado “natural” e inmodificado que quisieran que eso no cambiara? Porque las mujeres jóvenes que el narrador conoce en África difícilmente podrían ser convencidas de que las semillas modificadas genéticamente que dan el doble de grano por cosecha hacen mal y que hay que volver a los métodos tradicionales de cultivo. Esta es la posición del cronista en sus reflexiones: pero, a pesar de todo, esas chicas ingenuas se lo creen y ahí es donde el narrador ve que se equivocan.

El valor de estas reflexiones es que vuelven a poner en escena el problema generalmente soslayado de la lucha de clases y la desigual distribución del poder y la riqueza en el tema ambiental. La operación de Caparrós es minimizar el problema ecológico real para dejar en evidencia la hipocresía de los países centrales. Y si bien eso queda clarísimo en la lectura, el problema existe y ya no es territorio exclusivo de esos sujetos que lo han venido embanderando como causa sino también de los propios países afectados.

Quizás el peligro del exceso de sarcasmo y descreimiento, de tanto suspender la conclusión y el juicio porque los argumentos parecen todos anularse, sea que concluyamos que es mejor no hacer nada o mirar para otro lado, que terminemos pensando, como podríamos hacerlo fácilmente si nos dejamos impregnar de ese tono caparrosiano, de que esos jóvenes pobres e ingenuos malgastan su tiempo, que mejor no hacer nada si no es una Revolución con mayúscula porque todos los demás intentos serán siempre vanos, meras “curitas”. Cuando esta posición se termina de delinear en el libro es cuando más echamos de menos un buen texto argumentativo que dé razones algo más sólidas de por qué deberíamos considerar esa opción política la única factible.

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Contra el cambio

Martín Caparrós

Anagrama

2010

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Una respuesta to “Todo lo que venga será peor”

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  1. Una crítica al cronista escéptico y distante « Blog crónico - julio 1, 2011

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