Atisbos de un artista de los intestinos

9 Ago


 por Eduardo Febres

Para Paula Peyseré

1.Poeta, campeón de boxeo amateur, crítico de arte y director de una revista” (The New York Herald, 21 de abril de 1917)

En la tapa, dos Arthur Cravan espejados miran hacia el lector. Está en posición de combate. “Vengan a ver”, dice bajo el título. “El crítico brutal – hablará – boxeará- bailará. La nueva ‘Boxing-Dance’”. Su huella más visible: el espectáculo. Boxeo, verbo, performance. Y  Maintenant. “Se ofreció como espectáculo”, dice una crónica publicada el 6 de julio de 1914, una de las compiladas por Caja Negra.

Una de las manos de ambos Cravan está cerrada (el de la izquierda tiene cerrada la derecha; el de la derecha, la izquierda) y otra abierta (el de la derecha, la derecha; el de la izquierda, la izquierda).  Pares opuestos para una “funesta pluralidad”.

Así se atisba al poeta-boxeador-agitador-performer-desertor Arthur Cravan en las 143 páginas de Maintenant: multiforme. Está en los cinco números de la revista homónima (escrita, autoeditada y distribuida por él entre 1912 y 1915); está en la serie de testimonios, de personas cercanas al poeta y de otras celebridades que lo conocieron (Trotsky y Duchamp, entre otros); está en las crónicas en medios impresos de la época;  está en la meticulosa cronología con fotos; y está, sobre todo, en “Notas”, su potentísimo texto póstumo, escrito en los años de su periplo desertor.

2. “Mantente misterioso/Antes que puro, acéptate numeroso” (“Palabras”. Maintenant, año 2, Nº 2)

 “Arthur Cravan está vivo”, acierta Mariano Dupont en el título del prólogo, parafraseando al poeta. Está vivo, entre otras cosas, porque no se puede terminar de encerrar en una clasificación. Dupont prueba una serie: Baudelaire, Rimbaud, Lautremont, Jarry. Luego, otra: Jacques Vaché, Rigaut, Julien Torna, Antonin Artaud. Pero tampoco. Y al final reconoce: “Su espíritu múltiple no se deja atrapar”.

Impronta escurridiza de un un espíritu acrático que huye primero que nada del nombre: es W. Cooper, Edward Archinard, Robert Miradique, Marie Lowitska, Arthur Cravan y Fabian Lloyd. Segundo que nada, huye de la nacionalidad, y del deber patrio: fue inglés pero también francés; y cuando comienza la guerra, inicia el  periplo desertor, que deja huellas en Atenas, Barcelona, París, Nueva York, Filadelfia, Annapolis, Maryland, Baltimore, Quebec, Terranova y Bonavista. Y luego desaparece sin dejar rastro. Su acracia tampoco admite certificado de defunción.

3. “No voy a entender nunca cómo Víctor Hugo pudo, durante cuarenta años, hacer su oficio” (“¡Óscar Wilde está vivo!”, Maintenant, año 2, nº 3)

Cravan, con un carrito de verdulero, recorre los alrededores del hipódromo, vendiendo la revista de arte y poesía que él mismo escribe, imprime y distribuye. Doble movimiento subversivo respecto al arte: hacia adentro, interviene desde el margen (publicación autogestiva, con crítica incendiaria, conferencia con provocación); y hacia fuera, mete el cuerpo en el universo de lo popular (campeón de boxeo amateur, recolector de naranjas, vende una revista en un carrito de verdulero en los alrededores del hipódromo). Y así critica: “Tan cierto como que soy una persona alegre, prefiero sencillamente la fotografía al arte pictórico y la lectura del Matin a la de Racine.”

 Punk, se ha dicho. Por el hazlo-tú-mismo, un poco, y porque  lo único que unifica su pluralidad es esa forma acrática de estar, en el arte y en la vida. Si en una conferencia se desviste y le da palazos a la lámpara, anticipando la estética destroy de Dadá y de los punks, y en su revista provoca e irrita a múltiples personajes del mundillo (terminando en ambos casos, por diferentes razones, en la cárcel), como ciudadano es anti-patriota y anti-belicista, desertor y falsificador de pasaportes. Y también como boxeador (revela la cronología) se arrima a la ilegalidad: la pelea contra Jack Johnson es sospechada de ser un arreglo por dinero.

4. “El arte, como el misterio de vida de un luchador, se asienta más bien en el vientre y no en el cerebro” (“La exposición de los independientes”. Maintenant, año 3, nº 4)

Ambivalente, extremista, Cravan ama y odia el arte de su época; su crítica se mueve entre la crueldad y la ternura: “La única crítica que puede hacerse a esos cuadros es que no dan ganas de abrazar de alegría a ninguno de los artistas”. Se crítica el arte como se siente y como se vive: como función vital, corporal, explícitamente intestinal: “La pintura es caminar, correr, beber, comer, dormir y hacer las necesidades”.

Cuando revive a su tío Óscar Wilde, en el relato “¡Óscar Wilde está vivo!”, escribe: “quise saltarle al cuello, besarlo como a una amante”. Una escena en que trasluce el corazón de su intervención crítica: desecha y repudia todo arte que no esté vivo; mientras el arte que siente abrazable, besable, comible, cagable, irresistiblemente, lo puede. 

“Me cago en el arte y sin embargo si hubiera conocido a Balzac habría intentado robarle un beso”, escribe en “Notas”. Manifestación, quizá, de lo que llama Breton, en la presentación de este poema: “el clima puro del genio, del genio en estado bruto

 5. “Pronto voy a escribir mi cosa” (en carta a su compañera, Mina Loy, citada en la Cronología)

Cravan está vivo porque la única letra que lo constituye es su propio lenguaje volcado al texto escrito: ni un nombre, ni una nacionalidad, ni un certificado de defunción. Su única huella nítida es su propio lenguaje (esquivo, plural).

En “Notas”, el poema póstumo que sigue a los cinco números de Maitenant, está de algún modo condensado ese Cravan que se atisba en los textos que publicó en su revista. Está la multiplicidad (“No hables de influencia, siempre me pregunté cómo podía tener un rostro”; “tengo veinte países en mi memoria y arrastro en mi alma los colores de cien ciudades”). Está el amor-odio por el arte (“me cago en el arte y sin embargo si hubiera conocido a Balzac habría intentado robarle un beso”). Está el artista/boxeador de los intestinos (“me comería mi mierda”, “hay peligro para el cuerpo al leer mis libros”, “mi arte que es el más difícil ya que lo adoro y le cago encima”). Y está la acracia, en un texto anárquico, donde caen frases, o enumeraciones, o preguntas, o exclamaciones, o axiomas, o breves recorridos narrativos, o fragmentos líricos, sin más estructura que una serie unida por guiones como cuentas de un collar, cuya lectura parece empujar a la alteración, a las cuerdas, a ese peligro para el cuerpo que evoca el poeta. “Soy fuerte por inspiración y canto casi por vocación súbita”

Al final está, también, su proyección hacia el futuro: el punto en que Cravan se sale hasta del monosílabo inglés (punk) que monopoliza hoy toda pulsión acrática e intempestiva: “este libro tiene su lugar en la superproducción contemporánea – hay que poner, una vez al año el futuro en juego”.  

Inventor del “prosopoema, cosa futura”, Cravan, en estas latitudes (a las que, según revela la cronología, apuntaba antes de desaparecer en su periplo desertor), resuena más en otro monosílabo, que sacudió las formas de la literatura, con ese doble movimiento, hacia adentro y hacia fuera. Fue Arlt, y no Syd Vicious, quien escribió “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”. Fue Arlt, y no Joe Strummer quien propuso escribir “en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”.

Ese es el Cravan de “Notas”, que trasversaliza a todos los demás Cravan atisbados, en esta imprescindible colección de sus huellas en la memoria colectiva: la violencia, escrita en orgullosa soledad, de un “cross” a la mandíbula.

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Maintenant seguido de crónicas y testimonios

Arthur Cravan

Caja Negra

2010

Traducción de Mariano Dupont

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