Seis escenas de amor

23 Ago

por Alicia Genovese*

Unos pocos poemas, seis para ser exactos, ubican y narran de la manera en que la poesía puede hacerlo, una escena de amor. Con diferentes protagonistas, frente a diferentes situaciones, una escena de amor se abre paso por un corredor fantástico hecho de deseo por el otro y necesidad de que lo real sea una aventura: de que lo real pueda ensoñarse fuera de los límites de una habitación, de una mirada o de un roce y que recorra paisajes y geografías que la realidad no se recorren más que con las palabras. Una escena de amor cada vez, narrada por un poeta exquisito que traza cada verso como una pincelada única, con su textura de oficio y de materia deseante. Una voz poética que en estos textos hace de la forma narrativa su emisaria subjetiva, una escena siempre ligeramente curvada en el desprendimiento de lo anecdótico, proyectada fuera de lo explícito.

En los poemas de este nuevo libro de Osvaldo Bossi, el yo deseante se sueña camello acostumbrado a los oasis, a los espejismos y a las arenas “yo y mi cantimplora interior” dice, “yo y mi joroba casi perfecta”, afirmaciones metafóricas de quien sabe que camina por un paisaje sin agua y de quien trata de invertir el significante negativo de la joroba. Esa primera persona que se detiene “al lado de un fueguito fatuo, capaz/ de atemperar la noche más larga y más fría/ del universo”. Ese yo devenido camello por el sueño sabe o reconoce que cualquier sahara es mejor que la estrechez de mirar por un ojo de aguja y de que la vida sea sólo su prolija costura.

Seis escenas de amor, escenas de felicidad y también de  melancolía dentro de esa felicidad que, en su afirmativa bienvenida, se adivina escasa, se perfila fugaz, pero que será infinita en su proyección imaginaria.

Escenas de amor de un varón por otro, en la contradicción de todo amor, como lo es en uno de los encuentros, la búsqueda de que el otro logre el descanso y se duerma para sentir, en el momento en que el sueño llega, el vacío del otro como una herida y la desolación del yo.

Uno de los poemas con más pliegues para el análisis y asimismo conmovedor en su distancia estética, ubica la escena amorosa en el encuentro entre dos amigos que traducen los poemas de un poeta chino de la dinastía Shang. La traducción traslada las palabras de ese poeta llamado Chung Tzu y rebota en la situación de acercamiento entre ambos amigos traduciendo también, el espacio vivencial entre ellos. La realidad resulta ser la traducción de aquello que se lee y viceversa, aquello que se lee logra traducir la realidad y darle voz. Una voz se sobreimprime a otra para hacerse visible o, en otras palabras, para poder decir sus propios miedos y sus propios deseos. Después de esta escena podría concluirse que la traducción es también la voz de otro que sirve de máscara a un yo.

En todo este libro de Bossi aparece  la necesidad de aventura, que es principalmente la necesidad de amar, la búsqueda de ese espacio feliz que transforma al mundo en su clivaje. Esa necesidad de aventura y de amor, más allá de la aridez y el desencanto, golpea los límites establecidos por cierta moral entre lo bueno y lo malo, al mismo tiempo que fantasea con lugares que se imaginan maravillosos detrás de sus nombres: Michigan o Hong Kong y hasta Bolivia. Lugares que serían alcanzables para cualquier nómade globalizado de este siglo XXI, pero aquí parecen nombres que se retrotraen a la lejanía de fines del siglo XIX o principios del XX, cuando lo exótico se alimentaba de geografías sin explorar y de la dificultad de los transportes. La aventura aquí es más imaginar la aventura, planear esa felicidad dentro del contraste melancólico que le asigna un viajero inmóvil. La aventura es esa interminable despedida al padre, el padrecito dice el poema, despedida que se anuncia y se anuncia y se vuelve anunciar y que quizás pueda finalmente despegarse de sus palabras, ya no importa. En todo caso, lo importante será la enunciación de su partida, el inicio de un trayecto inmóvil.

La aventura reaparece en el último poema con un muchacho que quizás sea de Brooklyn, no se sabe a ciencia cierta, pero ese dato le da un halo maravilloso e incierto. La realidad vivenciada, transformada, es aquí la del amante que lo ve dormirse desnudo “con la dulce agonía de quien espera el alba en Manhattan”. Más allá de la felicidad que se enuncia en éste  y en cada uno de los encuentros amorosos por donde trasuntan los poemas, hay una escena de precariedad que los enmarca y que los socava en lo fugaz, lo inasible, en lo que se desgrana como arena. Si se abstrayera por un momento de las novelas de Manuel Puig el grotesco y la parodia se podrían pensar estas escenas en consonancia con una de ellas. Las narraciones fantásticas que uno de los protagonistas de El beso de la mujer araña  inventa cada noche para su compañero de celda y que mientras dura la narración logra hacer evanescente la precariedad del espacio en que los personajes de encuentran. También en las escenas de Bossi el amor es el que borra la reja del desamparo, el que convoca con los lugares distantes y su carga mundana, la opulencia del placer.

Si en libros anteriores de Osvaldo Bossi el intertexto de la historia de amor se enlazaba al cómic, como en Del coyote al correcaminos o al teatro de Shakespeare en Fiel a una sombra, aquí el interjuego se produce con un residuo de la aventura fantástica de los viajes, un residuo de lo exótico inalcanzable que se imagina incansablemente en su desplazamiento de lo real. Irse a Bolivia, convertirse en guerrillero o amanecer en Manhattan, son todas posibilidades ofrecidas por la escena del amor.

Me resta sólo celebrar la decisión de un jurado que  ha dado con este premio reconocimiento a la escritura de Osvaldo Bossi. Salud para ellos, nosotros desde hace rato, ya estábamos bebiendo.

*Texto leído en la presentación del libro el día 15-10-2010

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Esto no puede seguir así

Osvaldo Bossi

Ediciones Letras y Bibiliotecas de Córdoba

2010

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