Cae la noche tropical

30 Ago

por Martín Villagarcía

Desarticulaciones de Sylvia Molloy es un texto crepuscular. Lo que el libro narra es el ocaso de ML., cuyo Alzheimer va carcomiendo su memoria de manera progresiva. Pero junto con ML también desaparece la narradora, en tanto ya no es recordada. De esta manera Molloy plantea una paradoja similar a la que Tweedledum y Tweedledee le proponen a Alicia en A través del espejo cuando se encuentran con el rey durmiendo: “Y si dejara de soñarte… ¿podrías tú decirme dónde crees que estarías?”. Los encuentros se suceden y ML., como una enferma, siempre parece yacer “mirando a través de la ventana el exiguo rectángulo del cielo”. Mientras tanto la narradora intenta recuperar el tiempo que se va perdiendo, de manera similar a como ocurre en la película Evening (Lajos Koltai, 2007), donde Ann Lord (Vanessa Redrgrave) narra, mientras agoniza, la catarata de recuerdos de su juventud que le vuelven a la mente de manera fragmentaria.

UNA VISITA INOPORTUNA

Hay una necesidad casi imperiosa por hablar, por decir, por escribir en la narradora de Desarticulaciones. Ya desde el principio, el libro se abre haciendo explícita esta condición: “Tengo que escribir estos textos mientras ella esté viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender ese estar/no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos”. Esta necesidad de la narradora encuentra una respuesta momentánea en ML. cuando ella también le cuenta algo: “era como si necesitara contármelo”. Las dos mujeres contándose cosas, conversando, sumado al tono nostálgico que tienen sus encuentros las coloca en un lugar similar al de las dos hermanas que protagonizan Cae la noche tropical de Manuel Puig, en tanto en ambos casos se trata del fin de una relación, de la memoria y de un futuro cuyas puertas ya han sido cerradas. Por otro lado, hay algo muy típico de las mujeres de Puig en el relato nostálgico del tiempo que quedó atrás, especialmente en lo que concierne al orden del lenguaje: “Ayer cuando llegué estaba sentada en un sillón, muy quieta y –como se decía en otra época, acaso como ella misma habrá dicho en otra época- muy compuesta” o “la palabra ‘buenamoza’, tan de otra época”.

Si bien ML. no está internada, sino que permanece en su casa bajo cuidado especial, las visitas que le hace la narradora parecen visitas de hospital, como las que hacen los amigos a Copi en Una visita inoportuna. El espacio apenas se ve alterado, las personas entran y salen continuamente y un silencio espectral atraviesa todo el libro. En esas condiciones, la narradora llega y cuenta (recuerdos, novedades, anécdotas, etc., como el narrador del que habla Walter Benjamin), pero son cada vez menos las respuestas que obtiene de la amiga: “Ahora me encuentro hablando en un vacío: ya no hay casa, no hay antes, solo la cámara de ecos”.

MEMORIA

La memoria (y el testimonio) es un tema recurrente en la obra de Sylvia Molloy, una especie de ritornelo que no parece dejar de producir efectos. Esto puede verse en su más célebre novela, El común olvido, pero también en Varia imaginación y Acto de presencia, su ensayo sobre la tradición autobiográfica en Latinoamérica. En Desarticulaciones la memoria está puesta en primer plano y planteada como problema en relación a la identidad: ¿Qué queda de uno cuando deja de ser recordado?

Con su Alzheimer galopante, ML. está en una situación similar a la de Joel Barish (Jim Carrey) en Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004), en cuya mente la oscuridad de propaga rápidamente, apagando uno a uno todos sus recuerdos de Clementine (Kate Winslet). Sin embargo, al igual que en esta película, ML. logra encontrar pequeños archipiélagos de remembranza: “En dos ocasiones se ha producido como una descarga en su memoria y surgen fragmentos desconectados de un pasado que parecía siempre perdido, como islas que deja un tsunami cuando retrocede”.

Ante la desmemoria de ML., la narradora queda a la deriva con los recuerdos que compartía con su amiga, aquellos que ésta ya ha olvidado. Así, ML. deviene un perfecto lector (u oyente), una tabula rasa, un grado cero de la experiencia: “Hablar con un desmemoriado es como hablar con un ciego y contarle lo que uno ve: el otro no es testigo y, sobre todo, no puede contradecir” y la narradora obtiene la libertad de inventar el recuerdo, alterarlo a su gusto y necesidad. Y es que, como decía Virginia Woolf, las cosas no suceden hasta que uno las escribe, y la memoria no es sino otro dispositivo de escritura.

El problema principal de la narradora de Desarticulaciones (ya que el libro funciona como un registro a modo de diario íntimo) no es tanto lo que ocurre con ML., cuya causa ya está irremediablemente perdida, sino lo que ocurre con ella misma a partir de la pérdida de memoria de su amiga: “No quedan testigos de una parte de mi vida, la que su memoria se ha llevado consigo”. Lo que se pierde con la memoria de ML. es la misma narradora: “Ayer descubrí que me había vuelto aún menos yo para ella (…). Sentí que había perdido algo más de lo que quedaba de mí”. Si los recuerdos dejan de ser compartidos: “Para mantener una conversación –para mantener una relación- es necesario hacer memoria juntas o jugar a hacerla, aun cuando ella –es decir, su memoria- ya ha dejado sola a la mía”, y se los puede inventar, entonces se vuelven ficción y, por ende, propensos a no haber sido nunca verdad. Hay una necesidad de un otro para que haya un yo, y si el otro desaparece, el yo se diluye en el mismo movimiento.

LITERATURAS DEL YO

Desarticulaciones es un texto que puede insertarse en la serie de lo que se llama “literaturas del yo” o, en palabras de Alberto Giordano, el giro autobiográfico de la literatura argentina actual. Si bien el libro de Molloy no es una autobiografía de manera explícita, el problema sí está colocado en la primera persona que narra y es su propia historia la que está en peligro de extinción, más que la de ML.: “¿Cómo dice yo el que no recuerda, cuál es el lugar de su enunciación cuando se ha destejido la memoria?”. Por otro lado, el género también está en estrecha relación con esta tradición literaria, en la medida en que se trata de una especie de diario íntimo o cuaderno de anotaciones, en una línea muy similar a la del Diario de duelo de Roland Barthes. Por último, Desarticulaciones también puede funcionar como ejemplo de lo que Josefina Ludmer llama “literaturas posautónomas”, en tanto se coloca en la delgada línea que separa la realidad (la vida privada de Sylvia Molloy y su amiga María Luisa Bastos) y la ficción (la obra literaria de Sylvia Molloy y el personaje ML.) y atraviesa esa frontera una y otra vez.

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Desarticulaciones

Sylvia Molloy

Eterna Cadencia

 2010

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