Cautivos de Aira

6 Sep

por Ariel Idez

El desierto argentino parece un lugar privilegiado para las fundaciones. Allí se funda un país (Facundo), una épica nacional (Martín Fierro) y una literatura (Argentina). Allí acude la ficción de Aira para fundarse, en Ema la cautiva y también para refundarse, en La liebre (punto de quiebre, acelerador de partículas del relato aireano). Ema… recientemente reeditada por la “Serie de los dos siglos” de Eudeba y lanzado en tándem con La cautiva de Echeverría es, per se, un libro extraordinario, una novela destinada a perdurar aunque su autor no hubiese publicado nada más. No obstante es el comienzo de una tenaz, titánica pero también (o al mismo tiempo) microscópica e invisible tarea de refundación (refundición) de la literatura argentina, de sus protocolos de lectura y escritura, de sus límites y posibilidades, de su producción, circulación y recepción. En tanto la obra de Aira se ha erigido como Sistema, no podemos hoy leer Ema… como en 1981, como un texto aislado, aún cuando ese sistema ya estaba virtualmente presente y contenido en esa obra temprana, pero del cual sólo se había articulado el primero de sus sintagmas, el primer Airema.

Como en El buen soldado, como en Bajo el volcán, Aira demora la aparición de la protagonista de la novela. El primer capítulo es prácticamente un prólogo; un relato autónomo que mezcla la ensoñación con la pesadilla y del que el primer párrafo da el tono exacto:

Una caravana viajaba lentamente al amanecer, los soldados que abrían la marcha se bamboleaban en las monturas medio dormidos, con la boca llena de saliva rancia. Cada día los hacían levantar un poco más temprano, según avanzaba la estación, de modo que dormían durante muchas leguas, hasta que salía el sol. Los caballos iban hechizados, o aterrorizados, por el ruido lúgubre que producían los cascos al tocar la llanura, no menos que por el contraste de la tierra tenebrosa con la hundura diáfana del aire. Les parecía que el cielo se iluminaba demasiado rápido, sin darle tiempo de disolverse a la noche.

Este primer capítulo está animado por una atmósfera à la Conrad. Se narra desde el punto de vista de Duval, un ingeniero francés contratado por el gobierno y enviado al lejano fuerte de Pringles para colaborar con el enigmático coronel Espina, un déspota sobre el que se cruzan mil historias pero al que todo le está permitido en tanto conserve esa plaza fuerte como avanzada en la línea de fortines, en pocas palabras, un Kurtz para el desierto argentino. Este primer capítulo (único en el que no hay presencia de indios) deja en claro también la barbarie contenida en la civilización, estrategia narrativa ya emprendida cien años antes por otro excéntrico coronel: Mansilla y su Excursión a los indios ranqueles (texto con el que Ema… guarda mucha más afinidad que con el poema de Echeverría) y que está encarnada en la figura del teniente Lavalle y su crueldad a la orden del día. Pero, a despecho de Duval, Espina, Lavalle y hasta Ema, insinuada entre los presos y las mujeres amontonados en carretas gigantes en las que son trasladados de modo inhumano para poblar la frontera, el verdadero protagonista de ese prolegómeno a la novela (y de gran parte la novela misma) es el paisaje. La idea no es nueva, ya la formula Bolaño sobre Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, con el que este capítulo tiene varios puntos en común: la barbarie de la civilización, la crueldad, la conquista, la frontera y el desierto. El mismo Duval lo enuncia:

Aquellos cambios de color en el cielo y las transformaciones de las nubes entre, digamos las seis y las ocho, podrían servir de materia a una especie de novela, informe de colores atmosféricos, de pasajes y flujos, sería la apoteosis de la futilidad de la vida.

 Ema…es la novela en la que Aira lleva más lejos el arte de la descripción, hasta un detallismo casi barroco, como para dejar en claro que el rumbo que tomará después su literatura no se trata de un “hacer de la necesidad, virtud” sino que nace de un despojo, parafraseando a Picasso, a Aira le tomará toda una vida “aprender a escribir como una niña de 7 años”. En Ema… en cambio, la poesía queda a la vista, en primer plano, antes de ser disimulada por el procedimiento: “–¿Qué habrá sido de las hormigas? Abrigadas, en el fondo de la tierra. Y las polillas ahora son larvas, en pañales de seda malva.”

En Ema… Aira ensaya una nueva disciplina: la “etnografía imaginaria”. Sus indios son estetas dedicados en cuerpo y alma al lujo y la contemplación. En su cautiverio, Ema aprende “el detalle más característico del mundo indígena, que era el contacto indisoluble y perenne de etiqueta y licencia. Etiqueta del tiempo, licencia de la eternidad. Visión y reposo. El sonido soñoliento del agua. Para eso vivían”. Aira cruza las tolderías con el refinamiento de los imperios de oriente. Estos indios sibaritas devienen radicalmente lo otro de la civilización porque no se destinan a la producción sino al excedente. De ahí tal vez la obsesión con la impresión de dinero y los criaderos de faisanes (aves lujosas) y, como contracara, su pasión por el cultivo de la indiferencia, que como bien dice Aira “es una pasión nueva por la que pueden cambiarse todas las otras, como el dinero se cambia por todas las cosas”. Ema… es también una novela melancólica, contemplativa, morosa, un Aira unplugged en el que el procedimiento de invención desatada y “fuga hacia delante” se insinúa morosamente en algunas apariciones que quiebran el verosímil realista de la novela histórica (la manada de otarias, animales que cultivan la indiferencia, el palacio laberíntico y modular de Catriel, los acróbatas indios, el faisán “satélite”) hasta llegar al clímax del criadero de faisanes que Ema monta en el bosque de Pringles con los fondos aportados por Espina. En la visita guiada que realiza el Coronel se describe al detalle ese laboratorio de ingeniería genética, y en la explicación sobre su funcionamiento resuenan otra vez las claves del proyecto de escritura Aireano, el objetivo de Ema es llegar a tener cuarenta mil faisanes para crear una “ecología estúpida”: “Mi propiedad será entonces un ecosistema, como los criaderos indios: fuentes de riqueza infinita, pero tan próximos a la riqueza que se vuelven invisibles y los propietarios tienen la ilusión de ser muy pobres. Los seres más pobres del universo. Ya lo verá”.

Y vaya que lo vimos, la proliferación de los libros aireanos alcanzó la masa crítica y creó su propia “ecología estúpida” al punto que ya ni siquiera es necesario que él los escriba (aunque no deje de hacerlo). Las reflexiones, agudas, metafísicas, están en boca de gauchos, indios y negros, desplegadas incesantemente en el arte de la conversación y crean ese efecto de deriva hacia el ensayo que siempre tienen las novelas de Aira. Esto es menos novedad que espíritu de época; también lo practica Piglia en Respiración Artificial. Pero Aira lo lleva más allá porque introduce la ficción en el razonamiento y forja una lógica ficcional, en la que la conclusión no se desprende de las premisas, ni siquiera remotamente como en el razonamiento abductivo detectivesco, sino que surge como un pase de magia, el producto sorpresivo de una prestidigitación del pensamiento o, para decirlo de otra manera, un razonamiento zen, Aira lanza sus premisas con los ojos cerrrados y acierta en el satori de la conclusión. Esta combinación de ensayo y ficción ha tenido otra consecuencia importante: Aira ha introducido en su propia obra las claves para que esa obra sea leída. Todos los críticos que escriben sobre él toman conceptos acuñados (impresos, como el dinero de Espina) por esa misma ficción: el continuo, el procedimiento, la aceleración de partículas. De aquí se desprende una pregunta obvia: ¿No será entonces la ficción la mejor herramienta para leer críticamente su obra?

En el tercer anexo a los Fragmentos de un diario en los Alpes, Aira habla de una novela inédita de Julio Verne Le séret de Wilhel Storitz. Tras resumir el argumento y concluir que la novela tiene doscientas páginas tediosas y cinco finales, extraordinarias, que valen por todo lo demás, explica cómo la reescribiría él, a partir de esas cinco últimas páginas. Muchas veces se desestima el trabajo de traductor de “best sellers” que Aira desarrolló a lo largo de su vida como mero “ganapán”, sin embargo, creo que hay ahí menos un modus vivendi que un valioso aprendizaje. Es el mismo Aira el que aporta esta clave en la contratapa de la primera edición de Ema…

Hace unos años yo era muy pobre y ganaba para analista y vacaciones traduciendo, gracias a la bondad de un editor amigo, largas novelas de esas llamadas “góticas”, odiseas de mujeres, ya inglesas, ya californianas, que trasladan sus morondangas de siempre por mares himenópticos, mares de té pasional. Las disfrutaba, por supuesto, pero con la práctica llegué a sentir que había demasiadas pasiones, y que cada una anulaba a las demás como un desodorizante de ambientes. Fue todo pensarlo y concebir la idea, atlética si las hay, de escribir una “gótica” simplificada.

Ese trabajo incesante de traducción le permitió a Aira “meterse dentro” del mecanismo de esos tediosos mamotretos y apropiarse de su estructura. Situar una heroína gótica en las cortes indígenas, cómo si quisiera llevar a la práctica el axioma vanguardista que su maestro Osvaldo Lamborghini había lanzado como desafío y provocación en el primer número de Literal: “Se narrará con cierto ademán aparatoso y teatral –como quien cuenta un cuento a una criatura inteligente– la novela científica importada en esta década oponiéndola a la de la década anterior: a ver qué pasa”.

Y esto fue lo que pasó, casi una década después: El best seller gótico para señoras gordas oponiéndolo a la literatura del desierto argentino del S XIX. Tal vez sea esa cruza de formatos populares (la novela de aventuras, la fábula, el bildungsroman, la novela romántica) con las formas más serias del arte literario lo que le da a las novelas de Aira ese aire a objet trouvé, a rueda de bicicleta montada sobre un banquito, a operación de la más genuina vanguardia: la que extraña lo cotidiano hasta volverlo inquietante, en la que ningún sentido se fija y descansa, en la que todo se mueve y se desliza y se acelera. A partir de Ema, Aira inició su trabajo de hormiga con pañal de seda malva: volvernos a todos pringlenses y adscriptos al Comité del Significante.

—-

Ema, la cautiva

César Aira

Buenos Aires

Eudeba

2011

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