No se lee impunemente

20 Sep

Quasi fantasía (tras leer una novela de Michel Lafon)

 

 

 

por Daniel Attala

 

 

 

 

 

¿Estoy yo obligado, a dicha,

siendo como soy caballero,

a conocer y distinguir los sones y

saber cuáles son de batán o no?

Cervantes, Quijote 1,29

Quiso Dante que el Cielo fuera el lugar “donde se puede lo que se quiere” (dove si puote / Ciò che si vuole; Inferno, V, 23-24). Este pasaje al acto, redonda realización del deseo más simple, del más torcido capricho, tales que quizá no puedan ser realizados fuera del poema de Dante (habitante en vida de un lugar más parecido al Infierno que al Cielo), tiene un aire de familia con los trucos escondidos de esos otros Paraísos que son, según se dice, la literatura y los sueños. No importa que mostrado en sueños, mitos o novelas sea pura fantasía. Y no importa por una razón de peso: aunque no fueran más que el producto de la imaginación, sueños, mitos y novelas trabajan o moldean al ser humano como cualquier otra “realidad”. A decir verdad nadie en su sano juicio pondría nunca en duda esta afirmación; lo que es necesario saber, igual que ocurre con los magos, es cómo lo hacen.

“Real” no se dice de la misma manera de las cosas del espíritu que de las de la naturaleza. Acá lo que interesa es el hecho bruto de la existencia o inexistencia de los hechos; allá su sentido, la manera como dan forma al espíritu, con independencia de que los hechos sean fantásticos o de carne y hueso. Los primeros pueden revelarse igual o más ricos en sustancia que cualquier historia real; basta una chispa para que la quimera más estrafalaria se abra una brecha hasta el hombre, alumbre una ciudad y prenda fuego a un país entero.

Es en esta verdad que reside la fuerza creadora y cautivante de lo mitos. Cualquier evento, por fortuito e insignificante que parezca, puede ser forjado y trabajado por ellos de manera de aparecer ante la gente como una fatalidad. Si tal montaña, dice el mito, tiene esta apariencia, es porque en el origen ocurrió tal suceso. Y es también en esta verdad que reside la fuerza creadora y cautivante de la literatura, y en particular de esta Vida de Pierre Menard: que recurre a la misma técnica que los mitos para dotar de sentido a lo que no lo tiene, para alumbrar la tiniebla. En ella se lee: “El mito se alimenta de estos simulacros, se instala, irradia, pulveriza la historia y se basta perfectamente a sí mismo”.

Lo que está en el origen de la vocación mitológica de este libro no es un hecho fortuito y banal, no es un accidente geográfico. También su punto de partida es una obra literaria, una creación del espíritu, portadora de antemano, por ser del espíritu, de necesidad, y aún, en este caso, de cierta perfección, ya que en forma unánime le ha sido pueso el mote de gran obra, sin embargo de caber en unas pocas páginas: “Pierre Menard, autor del Quijote”. La impostura es célebre: homenajear en forma póstuma a un escritor (de Nîmes, llamado Pierre Menard) y hacer el encomio de la misión heroica y extraordinaria que se había fijado (la de reescribir, años después de haberlo leído y olvidado, la novela de Cervantes). A fuerza de releer la necrológica de Menard, Michel Lafon, traductor y estudioso de la obra de Borges, parece también él haberse fijado la tarea, no menos heroica y extraordinaria, de volverla a escribir. No para corregirla, como se podría creer a primera vista, sino para explicarla y expandirla: a ejemplo del mito. Mientras que las paradojas de Borges, mientras que la befa que hacía con ellas de Menard, trastornaron el juicio de los lectores volviendo incongruente al escritor de Nîmes y con ello fantástico y para decirlo todo, desnudaemente inexistente, el Pierre Menard de Lafon, novelesco, sentimental, de trato largo, vuelve a trastornar el trastorno y logra persuadir a la humanidad, al menos durante el instante, sin embargo eterno, que dura la lectura de una novela, de la realidad arropada del héroe –desde su nacimiento, en marzo de 1862, hasta su muerte ocurrida en agosto de 1937. En lo que me atañe, yo no pude resistir la tentación de reconocerle realidad a este Menard: tan intenso y duradero fueron los efectos de su biografía. Su autor es un discípulo suyo de Montpéllier, Maurice Legrand, quien trabajó en ella hasta 1957; quedó en bosquejo, junto a otros papeles, al morir Legrand en 1970. Y se publicó por primera vez en Francia en ediciones Gallimard, en 2008, en el marco de un prólogo y unas notas explicativas. Después fue traducida a la lengua de Borges y de Cervantes por el argentino César Aira, y publicada en nuestro país. (El azar quiere, si un monstruo puede querer, que Lafon a su vez el más asiduo traductor de César Aira al francés).

El libro en su conjunto es una sucesión de fragmentos –cartas, anotaciones privadas, recuerdos, testimonios–, puestos en el orden incierto de la vida, como en una rapsodia. Los episodios más emotivos de la infancia de Menard salen de la oscuridad en la que Borges los había dejado en su ficción primitiva: veraneos en la casona familiar de Grau d’Agde, amores y desgarros, paseos, lecturas, el apego inexplicable a los días de tormenta, su pasión y hasta su obsesión por el Jardín de Plantas de Montpellier y en general por la botánica, la amistad y la literatura; la tristeza sin nombre que asola su alma a medida que los años pasan, su decaimiento, su postración, y por fin la muerte. Pero sobre todo, gracias a esta publicación conocemos de ahora en más el encuentro que tuvo Menard en 1919, en el mencionado Jardín, anta la tumba, no se sabe si ocupada o vacía, de la musa de un poeta, con un jovencísimo y prometedor escritor de origen argentino llamado Jorge Luis Borges, de paso por Montpellier en su camino de regreso desde Suiza a su país. Descubrimos igualmente la dilatada amistad epistolar que se desplegó entre los dos y una parte –el resto lo podemos imaginar–, de lo que Menard debió transmitir al argentino en el curso de esos canjes transoceánicos. Lo que explica, como explica un mito un perfil de montaña o de recodo de río, cómo, y tal vez incluso por qué, Borges escribió lo que escribió acerca de su maestro francés dos años después de muerto éste, y cómo y por qué le atribuyó una empresa tan inverosímil que el mundo entero no vio en ella otra cosa que una prueba de la inexistencia de Menard, una invención de Borges, una ficción más de su autoría. En fin, gracias a Lafon y Legrand entendemos ahora, no solamente que Borges no fue de ninguna manera el creador de Pierre Menard sino, muy al contrario, que Borges todo entero fue creación laboriosa, compleja, jeroglífica, de Pierre Menard. Y esto ya sea que actuara solo o mancomunado con sus amigos del Congreso…

Tan extraña y paradójica fue la vocación literaria de Menard –si bien no tanto como Borges quiso hacernos creer–, que se procedió casi por completo a través de la literatura de sus contemporáneos, sobre la que ejerció una influencia que jamás cesó de ser anónima: habilidad, redoblada por la humildad, que hoy vuelve desesperada la tarea del historiador empeñado en evaluar su calado de manera precisa. Es así como influyó sobre André Gide y sobre Paul Valéry, por ejemplo, muchas de cuyas páginas pueden ser imputadas, casi de manera infalible, si no al magisterio de Menard, por lo menos a su magnetismo.

Ahí está esa tumba en el Jardín de Plantas, el paraíso de Menard y de sus amigos escritores. Esa tumba, digo, que guarda no sólo las cenizas improbables de una mujer sino un secreto todavía más ambiguo: la puerta que conduce a una sala en la que durante siglos se dieron cita los miembros de un Congreso, asamblea de escritores ilustres de antaño y quién sabe si no también de hogaño: John Locke, tal vez Edgard Young, sin duda Diderot, Stendhal, Mérimée, Musset, Mallarmé, Mirbeau, Conrad, evidentemente Pierre Menard, y tal vez, incluso, Pierre Louÿs, Paul Valéry, André Gide, Valery Larbaud, Jean Cocteau y muchos otros. Los objetivos del Congreso están, o estaban, tan ocultos, como la sala donde se reunía, pero sobre una cosa por lo menos hay certeza y es que a comienzos del siglo XX, sus miembros aprobaron una moción, cuyo carácter fáustico y libresco no deja dudas sobre la autoría de Menard, aunque bien podría ser de cualquier otro: inventar, reuniendo las fuerzas de todos los congresistas, un genio universal de la literatura, el más genial y el más universal de los escritores que hayan dejado correr su pluma bajo el sol desde Homero, Moisés o Valmiki.

¿Quién es capaz de penetrar en la naturaleza de la membresía de cada uno de los escritores del congreso y quién en los caminos por los que hubieron de entrar en el secreto? La iniciación de Octave Mirbeau, por tomar un ejemplo cualquiera, ¿fue ocurrencia de Menard o de algún otro? Y ya que estamos, ¿quién podría descifrar las huellas que dejaron en la obra de este autor la acción oculta del Congreso y los objetivos artísticos más que discretos de Menard, cuya literatura, como lo demuestra su biógrafo en la novela de Lafon, fue redactada en su mayor parte por personas interpuestas? La empresa es difícil, pero imposible en absoluto. ¿Acaso el propio Mirbeau no menardizó también al escribir, como lo ha revelado Pierre Michel en su Mirbeau y la “negritud”, tantas obras que llevan una firma distinta de la suya? Ahora, no es enorme la perspicacia que se necesita para demostrar que Mirbeau menardizó igualmente en su obra autógrafa, donde las huellas bien podrían ser visibles. Sería temerario pretender saber que no es el caso. Sebastián Roch por ejemplo, escalofriante novela autobiográfica sobre la perversión de los sacerdotes, que Mirbeau terminó en 1890. Menard tenía en ese momento 28 años. Ya se vio cómo un leitmotiv de la biografía de Menard por Legrand es el Jardín de Plantas de Montpellier, el origen del Jardín, su historia, su misterio, su destino visible e invisible. Pero no es menos de plantas, el jardín, que de piedras: “El Jardín de Plantas es un Jardín de Piedras” (Pierres), escribe Legrand, puesto que desde sus orígenes fue consagrado al Apóstol Pedro. Después está toda esa historia del Languedoc, región de Montpellier, como “centro” secreto del complot varias veces secular que soñó con restaurar en el trono de Francia a los Merovingios, descendientes directos, según ellos, de la familia de Jesús. De estas conjeturas provienen otras que quizá no conviene divulgar aquí; no obstante es suficiente, ya que basta con saber que el protagonista de la novela de Mirbeau es descendiente de picapedreros de Montpellier pero con cierta probabilidad también de San Roque, que vivió y murió en esa ciudad. Si estas coincidencias aparece a un simple golpe de vista ¿cuántas sorpresas no dejará de depararnos un calado en profundidad en esta novela de Mirbeau, a la luz misteriosa de Pierre Menard y una vez que nos hayamos despojado, eso sí, del prejuicio positivista contra la acción a distancia y el anacronismo? No solamente un calado en Sebastián Roch, por otra parte, sino también, sin duda, en el Jardín de los suplicios, antinomia flagrante del idílico Jardín de Montepellier ya que al revés de lo que ocurre en el Paraíso de Dante, delitos cuyos planes todavía ni siquiera han sido concebidos son sancionados en el susodicho jardín, de manera inmediata, con torturas atroces.

En septiembre de 1952 el crítico Étiemble publicó en el número 83 de la revista Le Temps modernes un artículo antifrástico: “Un homme à tuer: Jorges Luis Borges”. Admirador de literaturas exóticas, Étiemble despotrica contra el provincialismo de la de su país y les opone el cosmopolitismo que con razón o sin ella conjetura virtud esencial de los escritos de Borges. Pero al pasar señala una probable excepción al provincialismo: una novela de Pierre Klossowski, La vocación suspendida, publicada en Francia dos años antes y en la que la historia, igual que en algunas ficciones de Borges, es referida, de manera oblicua, a través de la reseña de la obra de otro autor. Étiemble descarta, a justo título, que Klossowski –¡otro Pierre!– haya imitado en su novela la brevedad de Borges, pero no vio la posibilidad de que estuviera empapado en los mismos modelos que éste. El primero de ellos es sin duda Sartor Resartus, de Thomas Carlyle, original híbrido de ensayo y de novela que Borges en forma explícita admira desde su juventud; y el segundo, estoy seguro de que el lector lo adivinó, yo tengo para mí que es Pierre Menard, a quien Klossowski –por qué no lanzar la conjetura– no podía desconocer. De hecho, las concepciones de Carlyle y de Ménard en algún punto se abrazan. En lo que atañe a Carlyle, el propio Borges hace alusión a este pasaje del libro II de Sartor Resartus, que resume su doctrina sobre el poder creador de la literatura: “Hace poco, en un pepelito que en un primer momento habíamos dejado de lado por tener la tinta casi invisible y considerar que estaba en blanco, hemos advertido y descifrado con esfuerzo lo siguiente: ‘¿Qué importan los hechos históricos, y todavía menos todavía los hechos biográficos? ¿Acaso llegaréis a conocer a un hombre, y por qué no, ya que estamos, a la Humanidad, por el procedimiento de enhebrar las perlas que llamáis Hechos? El Hombre es el espíritu en el que él ha trabajado; no lo que ha hecho sino lo que ha llegado a ser. Los Hechos son Símbolos esculpidos de los cuales muy pocos detentan la clave’”. En lo que atañe a Menard, Michel Lafon riza el rizo: el Jardín de Plantas no es únicamente un jardín “de Piedras” (Pierres) sino también “de signos”, capaces de justificar por toda la eternidad la existencia –de una persona, de una ciudad, de todo un país–, lo que equivaldría a crearla. En cuanto a Klossowski, estaba en perfecto acuerdo con Carlyle cuando escribía, en la obra a la que Étiemble remite: “No se lee impunemente, y consentir a una realidad ficticia es sentir esta ficción con realidad”. (Digamos, entre paréntesis, que no es seguro que Klossowski haya querido, con esta frase, aludir a Ce vice impuni, la lecture, de Valery Larbaud. Pero el hecho de que Larbaud, según la novela de Michel Lafon, haya pertenecido al Congreso, no deja de llamar la atención, como tampoco la circunstancia misteriosa de que el año 2009 el libro de Lafon haya recibido el premio… Valery Larbaud). En suma: en literatura al menos, las críticas dirigidas por Kant a la prueba ontológica de la existencia de Dios no tienen ninguna validez. Si la existencia de Pierre Menard es necesaria, si algo en la forma narrativa de su historia o en su historia misma hace que los episodios de su biografía tengan fuerza irrecusable, o si éstos fueron tales, en fin, que volvieran deseable la existencia de Menard –entonces Pierre Menard existe con todos y cada uno de los atributos de un ser existente. Y Octave Mirbeau, junto a todos los otros escritores, ha formado parte redonda de su círculo.

Una última observación. Macedonio Fernández creía, o imaginaba que creía, que el amor debía ser capaz de hacer abstracción de la contingencia que decide del ser o del no ser del amado o de la amada. La Pasión tenía que poder ser autosuficiente y constituir un a manera de Paraíso donde los brotes del deseo, del impulso vehemente hacia el otro, se vieran colmados e hicieran eclosión antes incluso del despunte, sin que siquiera hiciese falta, quiero decir, pensar en formularlos. En ese jardín, concebir el deseo de contemplar a la amada y contemplar a la amada es todo uno y lo mismo. Es verdad que la literatura no es ese Paraíso. Con gran frecuencia incluso, quienes escriben se empeñan cruelmente en recordar la distancia que separa esas dos esferas. Pero no es menos verdad que sin literatura la distancia puede ser insoportable. Y ahí está el consuelo que suministra Una vida de Pierre Menard. Porque al menos durante un momento –el breve, y sin embargo eterno, que dura una lectura de novela–, se puede lo que se quiere. Llámese a eso belleza o perfección –y aunque más no fuese bajo el modo, el lector sabrá cuán cruel, de la ausencia.

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Una vida de Pierre Menard

Michel Lafon

Trad. de César Aira

Lumen/Sudamericana

2011

 

 

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