Figuraciones de lo gay

28 Sep

por Martín Villagarcía

¿QUÉ ES GAY?

El problema de compilar una antología es establecer un criterio. Mapa callejero. Crónicas de lo gay desde América Latina se propone desde el título como una selección de crónicas latinoamericanas que tienen que ver con la figuración de lo gay. Sin embargo, las dos categorías (la crónica y lo gay) están puestas en cuestión a lo largo de todo el libro.

Por un lado, en Mapa callejero lo gay se aplica indistintamente al hermafroditismo, a los pederastas y a las locas; por el otro, las lesbianas brillan por su ausencia. Si el armado de todo corpus implica el planteo de una hipótesis, se puede pensar que Mapa callejero plantea un uso del término gay relacionado mayormente con la homosexualidad (en su sentido más amplio, que incluiría tanto al cross-dresser como a la pasiva más escandalosa) masculina (o por lo menos identificación masculina, en el caso de los intersex y hermafroditas).

Por otra parte, el género crónica también está puesto en discusión. Si bien gran parte de los relatos que componen el libro obedecen a las pautas de este género, hay muchos otros que son recortes o fragmentos de novelas, cartas, informes, etc. No obstante, la crónica está estrechamente ligada con el tiempo y Mapa callejero funciona, efectivamente, como un corte diacrónico de la figuración de lo gay; desde el cruento siglo XIX y el uso feroz de la biopolítica, hasta el panorama desolado de la Nueva York post 9-11.

BIOPOLÍTICA

La primera parte de Mapa callejero otorga la voz a la norma heterosexual para juzgar, desde lo que Foucault luego llamaría biopolítica (la política de la vida, para simplificar el alcance del término), a la forma de vida homosexual. Por un lado, está “Más-a-fuera”, la crónica que Sarmiento dedica a mediados del siglo XIX, dentro de una carta a Demetrio Peña, a la descripción de una sociedad insular (como la de Lost) compuesta íntegramente por hombres. Si bien no hay un hincapié en la naturaleza del lazo que une a estos sujetos, Sarmiento no duda en afirmar que “viven felices para su condición”. No obstante, no deja de tratarse de una “incompleta sociedad”, en la medida en que no tiene ni “gobierno ni mujeres”.

Por otro lado, el discurso de la biopolítica produce una serie de crónicas donde, en nombre de la ciencia y la medicina, se avanza sobre el cuerpo anómalo, produciendo una violación del mismo; y es que, como afirma Luis Montané en su crónica, “[l]a ciencia no tiene, no puede, no debe tener pudor”. Esto puede leerse en “Historia natural. Descripción de un hermafrodita”, de Tomás Romay: “Bajo el pene clítoris se percibe el efínter uréter por donde orina, y el orificio de la vagina, tan estrecho que intentando el Dr. Cózar introducirle el dedo índice, no pudo conseguirlo; y el hermafrodita se quejó como que sentía dolor” (el subrayado es mío).

Pero la biopolítica no sólo avanza sobre el cuerpo, sino también sobre la psiquis del sujeto. Francisco de Veyga, en “La inversión sexual adquirida”, se ocupa del fenómeno homosexual como una desviación (en su sentido literal, puesto que para desviarse hay que haber caminado derecho): “Ahora vamos a ocuparnos de algunos sujetos en quienes la inversión sexual no se ha manifestado como obra espontánea de una tendencia congénita anómala, sino como el resultado de una contaminación o del desgaste mental”. El concepto de homosexualidad ligado a las enfermedades (un discurso que prevaleció hasta hace no tanto tiempo) reaparece en “Una piedra en el camino”, el relato de Carlos Montenegro, en el que el protagonista rehúye de sus compañeros de celda: “a él se le hacía como si todos estuvieran leprosos y lo fueran a contaminar”.

Finalmente, la voz es devuelta a los juzgados en las crónicas de Mauro Cabral y Néstor Perlongher. En “Diferencias ambiguas”, Mauro Cabral se alza en nombre de los intersex, tirando abajo el sistema clasificatorio del discurso médico y la biopolítica en un gesto sumamente deleuziano: “las personas intersex somos quienes, habiendo nacido con un cuerpo sexuado que varía tanto del promedio masculino como del promedio femenino, hemos experimentado las distintas consecuencias que depara esa variación en esta cultura: el estigma de la ambigüedad”. Por último, El texto de Perlongher (un fragmento de su ya clásico La prostitución masculina) analiza la convivencia (el cómo vivir juntos) de la sociedad brasileña en relación a los taxi boys, las travestis y los gays en general, presionados constantemente por la fuerza de la ley en el contexto de una revuelta heredera de Stonewall.

SENSIBILIDAD

Mapa callejero da cuenta también de la formación de lo que podía llamarse una sensibilidad gay. Por un lado, están las crónicas todavía escritas en tercera persona, en las que los cronistas quedan obnubilados ante figuras como las de Oscar Wilde o Federico García Lorca, y por el otro, están los relatos ya en primera persona que versan sobre aquello que hace a la sensibilidad gay a los ojos de todo el mundo.

La crónica de José Martí sobre Oscar Wilde proviene de sus famosas Escenas norteamericanas, en las que retrata para Latinoamérica el mundo de Estados Unidos a fines del siglo XIX. Martí queda instantáneamente preso del encanto de Wilde, su amor por el arte y su cinismo: “Es un cismático del arte, que acusa al arte inglés de haber sido cismático en la iglesia del arte hermoso universal. Es un elegante apóstol, lleno de fe en su propaganda y de desdén por los que la censuran, que recorre en estos instantes los Estados Unidos, diciendo en blandas y discretas voces cómo le parecen abominables los pueblos que, por el culto al bienestar material, olvidan el bienestar del alma (…) Embellecer la vida es darle objeto”. En “Encuentro con Federico García Loca en Buenos Aires”, Salvador Novo relata su encuentro con el escritor español, en el que entabla una relación de complicidad: “Federico entraba y salía, me miraba de reojo, contaba anécdotas, y poco a poco sentí que hablaba directamente para mí; que todos aquellos ilustres admiradores suyos le embromaban tanto como me cohibían y que yo debía aguardar hasta que se marchasen para que él y yo nos diéramos un verdadero abrazo”. Tanto Novo como Martí se encuentran ante figuras que desean en algún punto capturar, pero es sólo Novo quien logra establecer un vínculo que trasciende la admiración distanciada, en la medida en que entiende el carácter político y militante (respecto de lo gay) de uno de los poemas más importantes de Lorca, la “Oda a Walt Whitman, viril, valiente, preciosa”.

En “Los que callan”, José Enrique Rodó hace una observación similar a la de Martí respecto de Oscar Wilde: “Una de las impresiones más altas de respeto que yo haya experimentado en el mundo es la que produce cierto linaje de espíritus –seguramente, muy raros- (…) que unen al sentimiento infalible, perfecto, aristocrático, de la belleza, en las cosas del Arte, el absoluto desinterés con que profesan calladamente su culto”. El homosexual queda representado como aquel poseedor del gusto, del don y la inclinación por el arte y la belleza. Este perfil aparece también en “El arte sutil del maquillage”, en donde Enrique Gómez Carrillo lleva al extremo este amaneramiento en un personaje cuyo papel es el de “doctor en sutilezas femeninas”, como el maquillaje, el peinado, etc.

DESTERRITORIALIZACIONES

Mapa callejero presenta también una topografía del espacio gay, puesto que la crónica (el género privilegiado por la antología) está estrechamente ligada con lo espacial y, más específicamente, lo urbano. Esto se debe a que el nacimiento de la crónica como género periodístico está ligado al surgimiento de las ciudades durante la primera parte del capitalismo, y funcionó como registro de su crecimiento. Claro que no existe de por sí un espacio gay, lo que se produce más bien es una desterritorialización de distintas zonas de la ciudad y una posterior reterritorialización en clave homosexual de esos lugares (es decir, un devenir gay de la ciudad).

Debido al carácter clandestino que caracterizó a la homosexualidad durante tanto tiempo, no resulta sorpresivo que en lo que respecta al área pública haya una figuración secreta. Abelardo Arias, en “Mar del Plata o el amor”, da cuenta de este carácter arcano del amor gay: “Nos hemos sentado atrás en el colectivo, para que nadie nos vea tomados de la mano”. Sin embargo, por el otro lado hay un uso predilecto de una zona del espacio público en especial: la “tetera”. Esto puede leerse en el fragmento incluido de Un año sin amor de Pablo Pérez: “Me bajé de Constitución y me tenté de ir a los baños (…) En los mingitorios había más de diez tipos pajeándose, uno de ellos muy feo, pero con una pija proverbial que me excitó”. Otros tentados por la tetera son Alone, que escribe en su Diario íntimo: “Baño turco, mi vicio”, y Salvador Novo, que en “Motivos del baño” le hace un elogio: “no es sólo higiene, sino placer de la mirada y del músculo, exhibición”.

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Mapa callejero

José Quiroga (comp)

Eterna Cadencia

2010

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