Sobre Formas de volver a casa

3 Nov

por Agustín Alzari

Desde hace unos años, suelo escribir unas líneas sobre los libros que leo, como para recoger esa primera impresión. La sorpresa, la decepción, lo que sea que haya sucedido queda dicho. De este modo compenso (un poco) mi irrevocable falta de memoria. A veces acompaño las opiniones con la historia del ejemplar; si lo compré, cuento en dónde lo compre; si me lo pasaron, lo que dijeron al prestármelo. Como están escritas para mí mismo, son reseñas un tanto salvajes. Quiero decir: están llenas de barbaridades insostenibles.

Mi opinión sobre Bonsái, la primera novela de Alejandro Zambra —y en rigor, lo único que leí de él por fuera de Formas…— fue funesta. La acabo de releer. El librito era parte de los 40 compactos de Anagrama, distribuidos a un modestísimo precio por Página/12. Tenía la impresión, aquel domingo de agosto, de haber leído un compendio de los peores lugares comunes de la literatura que está escribiendo la gente que tiene más o menos mi edad. Los mismos temas (el ego tenue del creador y su grupo de amigos, al que siempre se agrega la “por dejar o ser dejada” novia), en el mismo exacto tono (la pasable, digerible prosa, impermeable a la extrañeza), ambos dispuestos sobre la misma estructura (los fragmentos acumulados).

Debo confesar que Formas de volver a casa no carece de ninguno de estos méritos. Y los articula, en este caso, con dos temas que están a la cabeza de “lo que hay que hablar en la literatura contemporánea”: la dictadura (si has vivido una, ¡cómo perderte la oportunidad de narrarla!) y la infancia (si has vivido una, ¡cómo perderte la oportunidad de narrarla!). Una extraña migración de asuntos parece haber afectado a la literatura de nuestras latitudes.

Por suerte, hemos aprendido hace un tiempo que el tema no es el tema. Que el problema, en todo caso, es la forma en que los temas ingresan en el libro, cómo se procesan, qué novedosa trampa les tiende la literatura. El tema de la infancia en Formas de volver a casa aparece desplegado desde la perspectiva del adulto. De este modo, el niño (sin perder nunca su condición de protagonista de la primera parte de la novela) pasa a convertirse en una suerte de avatar del joven narrador. Incluso, eventualmente, se establecen entre ellos, entre sus tiempos y sus concepciones, contrastes de éste tipo: “Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo. Pero entonces volvimos, sin más, a la vida de siempre”.

Una perspectiva que podría contraponerse es la que ensayó, puesto a narrar las experiencias de la infancia, el uruguayo Felisberto Hernández en su Tierras de la memoria. No tanto por la prosa, sino por su dispositivo narrativo, sin idas y vueltas en el tiempo, donde la lógica del niño no se encuentra custodiada, ni oportunamente refrendada con guiños de un narrador adulto. El mundo del recuerdo constituye, de esta manera, el único mundo del relato. Un espacio cuyas deformaciones están minuciosamente basadas en esas experiencias. Se me podría señalar: “Pero Agustín, si lo que importa en Zambra es precisamente el diálogo de ESE adulto joven con SU infancia”. A lo cual respondo: “De eso parecen ocuparse las otras dos partes de la novela, no la primera”. Como en un experimento, es la perspectiva de Zambra la que imposibilita la observación de la infancia en sus propios términos, precisamente porque lo vuelve eso, una cosa manipulable, sosa, sujetada a un tiempo y a una forma, sobre todo, que no son de ella.

En cuanto a la política, siempre repaso una frase de Leónidas Lamborghini, el poeta. Decía que una de sus intenciones al escribir Las patas en la fuente fue la de asimilar en la forma de los poemas la distorsión que la irrupción del peronismo provocó tanto en su vida personal como en la vida de la nación, para devolverla mil veces amplificada. Esta aspiración de máxima, reproducir las contradicciones de la realidad en el tiempo siempre presente de la forma literaria, es a la que debe tender toda literatura que reclame un vínculo con la política y la actualidad (y Zambra lo hace reiteradas veces). Desde esta perspectiva, resulta absurdo pensar que sobre el mismo soporte, tono y trucos literarios, pueda narrarse con similar eficacia la intimidad de un joven culto y sensible, y la historia del horror chileno. Que el narrador es sensible, le gusta leer, escribir, pasear, queda claro. Lo otro, el horror, la dictadura filtrando las estructuras familiares, la memoria, la infancia, las relaciones, eso no. En todo caso no pasa de ser tema. El mismo narrador explicita su fracaso: “Por eso mentimos tanto, al final. Por eso un libro es siempre el reverso de otro libro inmenso y raro. Un libre ilegible y genuino que traducimos, que traicionamos por el hábito de una prosa pasable”.

Por fortuna, esa sentencia extrañamente colocada en plural no se aplica a todos los libros -los hay inmensos y raros- ni a todos los escritores -hay quienes no traicionan su mandato en razón de ningún hábito, menos aún el de una prosa pasable. Ojalá que Zambra este dispuesto a entregarnos una novela así alguna vez. Digo: un revés de su propia acostumbrada trama. Que lo haga. La aventura podría resultar maravillosa. 

—-

Formas de volver a casa

Alejandro Zambra

Anagrama

2011

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