Viaje al fin de la noche

15 Nov

por Walter Lezcano

 

 

La cuestión es cómo narrás las historias de una ciudad de provincia en una noche de lluvia imparable. La forma, a veces, o casi siempre, es todo, ¿no? Bueno, la manera que encontró Ricardo Romero de entrarle a ese desafío es la del relato coral. Y, si bien esa elección de contar en una novela todas las historias a la vez puede sonar un tanto desmesurada, vale la pena ver qué sucede cuando alguien muestra un poco de ambición.

Perros de la lluvia es un título denso, cargado, que anticipa estados difíciles de sobrellevar, como el desamparo, la soledad y la intemperie. Eso por un lado. Por otro está el link que nos lleva hacia el enorme Tom Waits y a uno de sus grandes discos: Rain dogs , Romero utiliza como epígrafe un fragmento de un tema: “Son los perros que se ven perdidos por las calles cuando la lluvia ha cesado. La lluvia ha lavado sus olores, y los perros no pueden encontrar su camino. Husmean, pero no lo encuentran”. Lo que de alguna forma nos pone en situación, nos ubica dentro de un contexto “espiritual”, digamos. Pero esa sensación de letargo y melancolía cool se trastoca al ver la numeración decreciente de los capítulos: 9, 8, 7, y así. De pronto surge una tensión: acá está por suceder algo.

De entrada, la novela te avisa que el tiempo pasa, arranca a las 18:30 y, de ahí, subiendo,  y que el territorio a descubrir es Paraná. En esa parte del mundo los personajes empiezan a mostrarse con mucha cautela, en capítulos cortos, casi un goteo (dos o tres páginas máximo). La estrategia termina siendo un recurso utilizado de forma prosaica para generar suspenso, casi una lógica televisiva en sus cortes. Pero me parece que, para el mundo que refleja la novela, universo desprovisto de excitación y trascendencia, funciona.

Los personajes que van apareciendo son un muestrario de una paleta llena de colores pálidos: dos asesinos, los dos se llaman Juan, a la espera de su víctima, un bibliotecario que llora todo el tiempo, un tipo enorme, Baltasar, que intenta fugarse sin suerte y con un bolso misterioso en la mano, Elisa, una bancaria que quieres salvar la noche y sólo consigue una paja, un cura pecador, Manuel ayuda a su hermano menor Vicente, al que ve poco, a buscar por el cementerio a su perro perdido, Ángel siente que la batería es lo único que tiene y le dá con el alma y sus golpes invaden todo a su alrededor, y Mercedes está decepcionada con la profundidad el río.

Ellos se van juntando, otros se cruzan y algunos no logran encajar en ninguna lugar, sombras  a la deriva que la ciudad se las come y las deja sin nada. Resulta difícil sentir algún tipo de acercamiento o empatía con cualquiera de ellos, ya que el dibujo que se hace de sus historias no deja de ser el retrato de una noche (desafortunada, imposible, olvidable, depende de qué lado les cayó la taba), una pincelada tenue de momentos anecdóticos, no hay profundidad más allá de unos flashbacks de rigor y, algunas veces, hasta innecesarios. Se comprende, no estamos frente a una novela de “personajes” sino en un texto de climas sugerentes, de relámpagos en donde la totalidad de las sensaciones está atravesada por la lluvia y las agitaciones que surgen en una ciudad desierta y que en la noche saca a relucir su brillante Míster Hyde.

Más allá de que la novela transcurre en Paraná, en ningún momento se percibe la idea de “Interior”. Todo hace pensar en una ciudad que por las noches resignifica su geografía y se vuelve fantasmagórica, atrapante y conmovedora, como cualquier ciudad del mundo. Todos los personajes lo tienen bien presente porque la recorren, la observan, la padecen, la descubren y se les revela a ellos también como fuentes de pesares y condenas. Dice un personaje en la página 273:

“Es como esta ciudad. Cuando jugaba al básquet conocí muchas. Yendo y viniendo, y sobre todo viviendo en una o en otra, me di cuenta de que lo que las sostiene es la ilusión de fuga. Toda ciudad debe ofrecer al pobre diablo que la habita la ilusión de que  si le pega derecho, puede salir, irse y no volver nunca más…”   

Perros de la lluvia se lee como un paseo de zonas espectral que nunca van a figurar en una guía de turismo. Y en sus 300 páginas, uno ve reflejado que son los lugares que uno quieres recorrer cuando va a una ciudad desconocida, pero que sólo los habitantes que se involucran con ella aprende a transitar, lo que no significa de ninguna manera que la pasen bien o salgan vivos de ella.

—-

Perros de la lluvia

Ricardo Romero

Norma

2011

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