Partituras críticas

21 Dic

 

 

 

 

por Matías Moscardi*


Si la poesía tiene fama de discurso arduo, espinoso, entonces la poesía contemporánea marcaría un plus de dificultad que podemos adjudicar a la proximidad histórica en la relación entre la mirada y su objeto, cercanía temporal que parece activar cierta desfocalización, cierta distorsión frecuente. Por otro lado, se suma una cuestión casi fenomenológica: me refiero a una especie de resistencia analítica, como si hubiera algo del orden de lo refractario en la textura crítica de las poéticas del presente. Los físicos suelen dar dos ejemplos clásicos de refracción: uno es el modelo del lápiz sumergido en un vaso con agua, que el observador percibe como quebrado; el otro, los espejismos en el desierto, en las rutas. La lectura, entonces, como espejismo del texto poético, como falsa duplicación, quiebre simulado, pura illusio, es decir, puro artificio, una retórica que termina por clausurar –aunque nunca anula completamente– la experiencia del texto: trabajo –del cuerpo– que deviene práctica de escritura.

En este orden de la crítica argentina de poesía contemporánea, Caligrafía tonal, el libro de Ana Porrúa que acaba de publicar la editorial Entropía, constituye una apuesta novedosa y singular. Recién hablaba de una relación refractaria entre crítica y poética, donde la crítica, muchas veces, aparece como sustraída ya no de su capacidad de mirar (se puede ver incluso con los ojos cerrados), sino de su capacidad de mirar al Otro (al objeto) y cuando pretende leer, en realidad lo leído es su propia textualidad especular, duplicada, espejada: vacía.

En Caligrafía tonal asistimos, por el contrario, a una relación que podríamos llamar, más bien, proyectiva: para poder escribir, el crítico debe construir, en simultáneo, su objeto de lectura y sus modos de leer, ambos entendidos como proyecciones: imágenes diseñadas y amplificadas a partir de los textos poéticos. Es decir: no hay espejismo, duplicación, sino pura creación, que a la vez se propone como reinvención de los materiales. En otras palabras: éste es un libro que habla de una serie ecléctica de textos poéticos, no un libro que habla de teorías y conceptos que sirven para explicar algo (ecléctico) de la poesía que finalmente (felizmente) queda sin explicar.

Casi al comienzo, Porrúa dice que todo texto lleva inscripto su propio recorrido crítico. En este sentido, Caligrafía tonal es un libro que deslinda los materiales (las materias) que en los textos poéticos se presentan como resistencia, como dificultad, como encarnamiento.

En una primera entrada, lo que impacta del libro de Porrúa es la singularidad en el diseño de sus “imágenes críticas”, entre las que se encuentran, por nombrar algunas, las mesas literarias de artistas –desde la mesa de Asunción Silva, que funciona como soporte de una serie de objetos y disposiciones características del modernismo latinoamericano, hasta la mesa de disección de Lautreamont, donde el soporte es abismado cuando se lo incorpora a la imagen surrealista. Encontramos, también, escenas de lectura en donde Porrúa analiza las puestas en voz de la poesía como materialidad auditiva que fricciona el poema escrito: la puesta voz, en definitiva, como operatoria crítica; allí ingresan la voz de Perlongher; de Arturo Carrera leído por Pizarnik; de Ruben Darío leído por Gelman; el recitado de Neruda –“que decía igual el poema amoroso que el poema político”–, las declamaciones vanguardistas de Marinetti; En la masmédula leído por Girondo o el análisis minucioso de Poesía Espectacular film, la puesta teatral de una serie de textos poéticos a cargo de Daniel García Helder, Martín Prieto y Oscar Taborda. En otro capítulo, la imagen crítica es la antología de poesía, donde la figura del corte se vuelve significativa: el corte es lo que separa, escinde, desplaza, pero a la vez implica, también, el trazado de un territorio polémico; en este capítulo aparecen antologías que van desde el modernismo, pasando por el neobarroco, hasta la poesía de los noventa, sus modos de ordenar el presente, sus soportes materiales y también virtuales, ya que se incluye un apartado sobre “Poesía en la red”, en donde Porrúa indaga sobre algunos sitios contemporáneos como La infancia del procedimiento o Las afinidades electivas para ver los modos de reagrupar el campo poético por fuera (o mejor: en diferido) del circuito del Libro.

En definitiva, se trata de objetos cuya singularidad parece desencajarse de cualquier modelo teórico prefabricado; objetos para los cuales el crítico, en un ejercicio de pliegue y repliegue constantes, debe estar atento a las propias torsiones de su práctica, a su propio desenvolvimiento, a su propia letra; objetos para los cuales, como decía, no hay una teoría previa sino que su campo de inherencia emerge del cruce productivo entre discursos heterogéneos, como el libro sobre la escucha de Peter Szendy o el texto de Paul Zumthor sobre la letra y la voz en la literatura medieval, que Porrúa hilvana en el capítulo sobre las puestas en voz, por poner un ejemplo puntual.

En la contigüidad y en las superposiciones que traman las distintas referencias teóricas y críticas que aparecen en Caligrafía…, podemos leer la escena de construcción de una teoría propia, de un modo de leer, de un proceso. Por eso, no se trata de un libro programático; ni siquiera hay voluntad de un panorama (de la poesía argentina contemporánea), porque Caligrafía tonal arma su mapa de lectura con el diagrama o el pulso de la obsesión personal –que en este caso es una obsesión por la forma, por el tono interrogativo, por las preguntas en lugar de las respuestas–, elecciones siempre puntuadas por eso que Porrúa señala como “pasiones críticas”; de ahí que la productividad lúcida de las lecturas que aparecen en Caligrafía… se encuentren siempre orbitando bordes, en los límites, en los umbrales, en las tensiones, en las zonas de los textos poéticos que generan incertidumbre o resistencia más que familiaridad o reconocimiento; la vacilación, el titubeo o la fluctuación de una escritura crítica que logra desmontar, entrever, divisar o incluso arriesgar, precisamente por medio de la convicción de su propia inquietud.

Por eso, podríamos pensar que la figura del tipo de práctica crítica que articula Ana Porrúa en este libro es una figura musical: ya no la variación (Variaciones Vanguardistas es el libro anterior, sobre la poética de Leónidas Lamborghini) sino el ritornelo, una palabra italiana que significa “pequeña repetición”, “pequeño retorno”. Pienso la repetición del ritornelo como un estado de atención crítica que efectivamente percibimos en la lectura del libro de Porrúa, una lectura en trance hilvanada como una música, minuciosa, detallada, de ritmo sincopado, milimétrico, cuya obcecación consiste en repetir/retornar sobre sí misma y en ese movimiento formalizar su propia experiencia, delimitar su propio territorio (de textos, de lecturas, de imágenes, de audio, de posibilidades). Deleuze y Guattari dicen que el ritornelo es como un prisma que actúa sobre aquella materia que lo rodea –sonido o luz– para extraer vibraciones variadas, descomposiciones, proyecciones y transformaciones; lo comparan, también, con una harmónica de cristal, instrumento cuyo sonido se produce por medio de un mecanismo parecido al de la máquina de coser. En el ritornelo, finalmente, encontramos las texturas críticas de la “caligrafía tonal”: la forma y la expresión, la letra y el oído, la escucha y la lectura, la escritura y la voz, elementos musicalmente (críticamente) tejidos y dispuestos en el libro de Ana Porrúa para que el lector, en contrapunto, escuche/ lea/ pueda pensar, allí, un diseño posible u otro, una partitura de relaciones entre algunos textos poéticos.  

 

*Texto leído en la presentación del libro en Mar del Plata, noviembre de 2011

 

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Caligrafía tonal

Ana Porrúa

Entropía

2011

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