Crímenes banales

12 Ene

 

por Paulina Bettendorff

El nombre de Patricia Highsmith, autora norteamericana del siglo XX, está fuertemente unido a un género: el policial. Literatura popular en sus comienzos, este género ha ido variando su lugar de prestigio en el ámbito literario a lo largo del siglo XX, y uno podría decir que el siglo XXI lo encuentra sólidamente institucionalizado, uno de los preferidos incluso en las escuelas argentinas. Sin embargo, los libros de Patricia Highsmith, particularmente los que se centran en el personaje de Tom Ripley —nombre que recubre casi al de la autora—, no han sido capturados por esa institución. Sin un detective que lleve adelante la acción, sin un castigo para el criminal, los libros de Ripley-Highsmith proponen un atractivo diferente al del policial de enigma (el clásico elegido por la institución escolar).

La “otra” Patricia Highsmith

Sirenas en el campo de golf y La máscara de Ripley fueron publicados en la colección “Biblioteca Patricia Highsmith” el año pasado. Su versión en español está a cargo de traductores que son también escritores: en el primer caso, Márgara Averbach y en el segundo, Gerardo Gambolini. Ante un libro-Ripley y otro que lo elude, que forma parte de la producción menos popular de la autora y que no pertenece al género, para una lectora que fue seducida en su adolescencia por el personaje de El amigo americano o El juego de Ripley, en la traducción que se prefiera, en la novela o en el film de Wim Wenders, la curiosidad por conocer a la otra Highsmith, se impuso en el orden del recorrido.

La colección de once cuentos que conforma Sirenas en el campo de golf tiene como eje mostrar un cierto siniestro de la vida cotidiana, aunque se podría precisar que algunos de los cuentos se quedan en un realismo no muy desarrollado. Esta búsqueda se revela perturbadora, en una mezcla de atracción y repulsión, en algunos cuentos como “El material de la locura”, en el que un hombre inventa una particular y perversa forma de vengarse del hastío de su matrimonio y la afición de su mujer a embalsamar las mascotas familiares y convertirlas en seres que habitan el jardín; y en “No en esta vida, tal vez en la próxima”, en el que una solitaria costurera se encariña de un poco atractivo monstruo que se le aparece en su casa. Esta indagación de lo extraño en lo cotidiano se siente, sin embargo, un poco más banal en otros cuentos como “No soy tan eficiente como otras personas” o “El mes más cruel” (relato que tiene un lejano parentesco con Misery, pero que no explota el terror ni llega a extremos en los personajes).

Pero no es este el único eje que atraviesa los cuentos: aparece otro que está presente también en su producción de “suspense” (éste es el nombre que elige usar Highsmith para sus textos policiales en un libro-manual sobre cómo escribir): el “exotismo lujoso”, que uno podría reconocer en relatos ubicados en espacios que tal vez se asemejen a algunos reales, pero que al estar tan estilizados, adquieren un tinte irreal, que los aleja de toda cotidianidad de medianía (una mirada a El talentoso Sr. Ripley, película de 1999, alcanza para hacerse una idea de esta ambientación). En “La última fiesta de Chris” y en “Un tiro desde ninguna parte” reaparece este exotismo que promete una vida de lujos, descanso y aburrimiento, quebrada apenas por crímenes o muertes. En el primer cuento, el lugar es una mansión suiza donde se reúnen actores de Broadway a ver morir a un antiguo maestro; en el segundo, un joven turista norteamericano se ve envuelto en una situación equívoca en una calurosa tarde de sol en un abandonado pueblo de México (con todos los clichés pertinentes).

Entre estos cuentos, sin embargo, hay uno que se acerca a las expectativas de un lector de las novelas de Ripley: “El botón”. El punto de vista del asesino en la narración hace surgir el atractivo de la producción policial de Highsmith; pero aquí el asesinato se revela en una perspectiva más sórdida y, por lo tanto, más inquietante. Ya no está teñido por la fascinación que genera el asesino, sino que nos encontramos con un simple contador, con toda la fuerza del estereotipo profesional del hombre gris. El asesinato se muestra en su gratuidad, incluso su azar, en su lado más cotidiano y, por eso mismo, más siniestro (freudianamente). Tal vez éste sea el punto más saliente del conjunto de cuentos, el que en su énfasis en la banalidad de la crueldad cotidiana lleva otra vez, de otra forma, a la literatura policial de Ripley-Highsmith.

“El hechizo de Miss Highsmith”

 Así titula Javier Coma, crítico español de cine y de la novela negra, a un breve ensayo sobre esta autora que se encuentra al final de Suspense. Este libro es el manual para novelas policiales que escribió Patricia Highsmith, un texto que, con una impecable lógica práctica, se centra en el “trabajo” de la escritura profesional –la planificación, los borradores, etc.­– y da consejos para jóvenes escritores. Luego de la lectura de este libro, en el que la tarea del escritor está puesta en primer plano sin ningún tipo de exotismo ni idealización (se dan recomendaciones incluso sobre cómo organizar una jornada laboral), la pregunta que resuena es por ese “hechizo”. ¿Dónde encontrarlo? Indudablemente, no en la escritora sino en su personaje: Ripley, un estafador capaz de cambiar de rostro, de usar múltiples máscaras, que le permiten fluir de una trama a otra, ya sea literaria o fílmica.

Javier Coma, en su ensayo, busca acercar a Patricia Highsmith a la literatura europea y sacarla del género “suspense” o novela negra norteamericana. Para esto remarca la influencia de Dostoievsky en su escritura (el paralelo entre Raskolnikov y Ripley puede hacerse con facilidad), pero la diferencia básica está en la preeminencia de la trama que se quiere imponer, como si el personaje solo no fuera suficiente. Esta necesidad de reforzar la trama está muy acentuada en La máscara de Ripley, ya que no se deja casi respiro al lector, entre asesinatos, intentos de asesinatos, entierros frustrados (de allí el título original en inglés, “Ripley bajo tierra”), fraudes, conferencias de prensa, complots, viajes (entre un bosque francés, París, Londres, Grecia, Salzburgo, siguiendo una vez más con un itinerario de “exotismo lujoso”) y varios cliffhangers que dejan incluso la novela en un final abierto (no tanto para la imaginación del lector como para una continuación editorial).

Es cierto también que, ante la fuerza de la trama que impone un ritmo sostenido, se puede hacer una lectura que retome la voluntariosa propuesta de Javier Coma: en lugar de leer la serie policial, detenerse en el personaje y sus pensamientos, considerar, por ejemplo, una reflexión a propósito del original y la copia: ¿hay un crimen en el plagio o en la falsificación?, ¿se puede falsificar un cuadro inexistente?, ¿qué o quién es una “autoridad” en arte? Ubicándose en este margen de la novela, la retahíla de asesinatos queda justificada por un débil “McGuffin” (la referencia a Hitchcock no es azarosa, fue uno de los primeros en llevar un relato de Highsmith al cine), y el mercado del arte y su cinismo encarnado en las palabras de Tom Ripley abren nuevas dimensiones de lectura para un conocido relato genérico.

El policial puede ser pensado –si seguimos una propuesta de Ricardo Piglia– no sólo en aquellos textos que adscriben al género clásico que pone en su centro, incluso en ausencia o desvalorizadamente, la figura del detective, sino también en una multitud de textos en los que se cruzan sus temas y procedimientos. Desde esta perspectiva, La máscara de Ripley y también Sirenas en el campo de golf retoman esta literatura. Se adscriben a ella pero la enfrentan además, en algunas de las narraciones más logradas de la autora, a otros ámbitos: ¿qué hay de policial en la cotidianeidad de personajes grises?, ¿qué crimen se cuela en el mercado del arte?, ¿hay en definitiva un arte que justifique el crimen?, ¿o es éste tan banal como el de un hombre insomne que cruza a otro hombre en medio de la noche, en una calle perdida de una gran ciudad?

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Sirenas en el campo de golf

Patricia Highsmith

Verticales de Bolsillo

2010

Trad. de Márgara Averbach

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 La máscara de Ripley

Patricia Highsmith

Verticales de Bolsillo

2010

Trad. de Gerardo Gambolini

 


Una respuesta to “Crímenes banales”

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  1. Sr Banal | TagHall - febrero 14, 2012

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