La narración convoca a la experiencia amorosa

7 Mar

por Martín Glozman

La narración convoca a la experiencia amorosa. En primer lugar, porque está escrita para el otro, con el otro. La posibilidad de narrar se nutre de la posibilidad de esa presencia. Ese otro que está conmigo. Que me acompaña. Que me ayuda a rememorar o contar una historia.

Y en segundo lugar, porque ese otro es también el presente, como tiempo de reunión, como tiempo de sentido. Como presencia donde vale la pena contar. Una flor que viene del pasado, que germinó, nutrida de la infancia, del recuerdo, pero también de horas difíciles, de sentidos sin respuesta, de dolor, se abre con la potencia actual del pistilo de la naturaleza.

 La narradora de Violeta Gorodischer recupera la antigüedad de sus presentes pasados, los sueños proyectados en la cueva olvidada del tiempo, iluminados por la voz actual. El tránsito por el fluir de una infancia y adolescencia que una vez narrada se hace compartida. Fluye en su diferencia y especificidad como la superficie de movimientos en cuyo fondo nos encontramos. Pero se trata del relato de una identidad. La narradora crece en el relato, cuya tiempo está dictado por las años que vive el gato. El animal de hogar, los interiores de una ciudad porteña. Una familia, el hermano. Y la identidad que se forja en ese movimiento. Que perece como el tiempo que dicta la vida del gato, que deja de ser mientras pase a ser algo más, y aún así pueda ser narrado. Como dice su título. Como su epígrafe de Virginia Woolf:

El pasado regresa cuando el presente se desliza tan suavemente como la superficie de un río profundo. Entonces, a través de la superficie se ven las profundidades.

Desde esta narración se recuperan los 80, ante todo, sin nostalgia, como esa zona por la que se ha pasado y algo se ha dejado. Narrada desde el niño, no esta vez desde la euforia jóven de la música, o los temores ocultos de la posdictadura, tampoco de la certeza de la liberación de los medios y la ficción televisiva. El recuerdo es esta vez, el lugar donde algo se recupera. 

Se trata a la vez de un yo femenino, el que narra. Para los varones lectores que crecimos hablando poco, o que tomamos del modelo heredado, la imagen de la mujer de la conquista, silenciosa, que calla cuando más se la gusta, etc., esta narradora es otra mujer. Es por ahí, más nueva, diferente, ya no tan joven, tal vez (no sé si aún estará en nuestras agendas el tabú de la edad). Es, sí, una mujer potente.

En la experiencia de lectura se participa de una emocionalidad para el hombre habitual, aún inhabitada. La experiencia de una hermana. La generosidad del relato. Tal vez esa sea la palabra.

Si la lectura en general exige un sacrificio, o si bien leer tiene también el modo de un servicio, la novela de Gorodischer es ampliamente generosa, en su entrega y verdad, en su imposibilidad de ser requerida pidiendo algo a cambio. Se pregunta y en su rememoración nos ayuda a responder la pregunta sobre qué hacemos o cómo hacemos algo de nuestro pasado. Ahora que crecimos.

Son las migas dejadas y desiertas del quién soy, a dónde voy. ¿De dónde venimos?

Lamentablemente, del pasado familiar previo a la migración, de la historia de la guerra que la novela deja entrever de la historia familiar narrada se habla poco. El presente de la joven narradora es vivido como una trama escindida, de la muerte y supervivencia en el pasado reciente y a la vez remoto, de los ancestros cercanos. Sobre este pasado terrible hay poco relato. ¿Cómo entretejerlo en esta infancia que transcurre?

“Me preguntaba si todo eso sería real o me contaban una película”, dice la narradora al rememorar las alusiones a aquel pasado de realidades previo a la migración.

En esos vacíos se enfrentan silencios, una enfermedad grave que ataca la columna vertebral y  una conflictiva que lleva al hermano a los márgenes extramuro del grupo familiar. En esas zonas el ejercicio de la narradora se hace valiente, y reditúa un ejercicio ancestral, el del relato, que parecía estar interrumpido.

Las formas del recuerdo historizan los modos de entretenernos en esa generación. Retraen la infancia de lo ignorado del contexto, nos dan forma en esa ropa que papá y mamá traían o dejaban llegando o quedándose del trabajo. Se narra la falta de discursos.

O el tránsito amoroso de descubrimientos y tratamientos al pasar por la enfermedad. Pero se sigue adelante. Y el presente, el actual, crece rebosante, con compañía.

En esos vacíos que retrae podemos vernos reflejados, podemos llorar por algo que aún no sabemos.

 O solamente captar ese silencio de la poesía en la prosa.

 Es una novela para rememorar. Con la figura del padre silencioso o con el amor familiar  de las empleadas en la casa, venidas del Paraguay. Esas horas compartidas con el otro. Viendo Celeste. Hablando de Andrea Del Boca.

 La novela de Gorodischer tiene el color de la infancia, como el color de su tapa, como el color amarillo que no sé por qué representa mi propia infancia. Como el gato señalador, que fluye entre páginas, que es a la vez pegatina, y que puede ser regalado a un niño.

“No importa -dijo Mariana Enriquez en la presentación del libro- si la biografía es real”. “Yo no sé -decía- siquiera si Violeta ha tenido o no un gato”.  Yo tampoco lo sé. Aún me hago esta pregunta. ¿Importa o no? ¿Cuánto?

Los años que vive un gato toma la forma fresca de la primera persona, que no necesita oponerse a otro modelo para narrar, sino afirmar su propia historia, su existencia, buscar los modos de una estética propia. Pero no niega ser heredera de una tradición. No niega ser ficción y no refiere a su carácter de real. La voz narrada se entrelaza con la imaginación y las posibilidades de suponer relaciones con la “autora”.

El lector podrá atesorar una joya en su cofre de tesoros personales. La novela supera el terreno bien logrado de la búsqueda y resolución estética, hace de lo público y comunitario el espacio para compartir, con algunas estrategias, el terreno de lo íntimo.

 Junto a otras narraciones, Los años que vive un gato construye su singularidad y moviliza una corriente, que no es copia, que aún no se ve cómo y dónde desemboca, o desembocará.  Es una narrativa que no puede ser sino viva, que convoca al lector mucho más allá de los muros en que la narrativa actual, creciente y renovada, se encuentra todavía contenida. Y que supera la brechas generacionales requiriendo la lectura también valiente de todas las edades. ¿Es esto posible?

 

—-

Los años que vive un gato

Violeta Gorodischer

Tamarisco

2011

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: