La baticueva

14 Mar

por Martín Villagarcía

 

 

IMAGINARIO

 

Con Pequeño mundo ilustrado, María Negroni completa la trilogía que comenzó con Museo negro (1999) y Galería fantástica (2009). El denominador común es el abordaje que hace del imaginario oscuro. En los dos primeros libros toma la tradición gótica y fantástica, respectivamente, a través del análisis de las obras literarias de sus representantes en la vertiente latinoamericana. Pequeño mundo ilustrado cierra conceptualmente el círculo y alcanza el estatuto de síntesis, no sólo de esos dos libros, sino más bien de su obra y de su imaginario. Es que María Negroni, aparte de ensayista, también es poeta y traductora y sabe conciliar muy bien estas tres disciplinas, haciéndolas dialogar entre sí constantemente. Es así como su ensayo sobre Alejandra Pizarnik, El testigo lúcido, se complementa con la clara influencia que tiene esta escritora sobre su propia obra poética. De la misma manera se puede pensar en los ensayos que componen Ciudad gótica y las traducciones de La pasión del exilio. En ambos libros se lee su devoción por la poesía femenina norteamericana, que va de H. D. a Sylvia Plath, pasando por Marianne Moore y Anne Sexton, que es otra de las grandes influencias de su poesía. Pequeño mundo ilustrado viene a condensar el imaginario de María Negroni y lo convierte en serie y muestrario al mismo tiempo.

 

ARCHIVO

 El libro está organizado a la manera de una pequeña enciclopedia de su imaginario (“cada entrada es un espécimen momificado, una reliquia que ha sido aislada del continente referencial de la enunciación”) y funciona como su puesta en abismo. La autora se vuelve sobre cada una de sus obsesiones y fuentes de inspiración, buscando de esta manera la comprensión de sí. “Lo humano ha buscado siempre comprender su propio mecanismo, penar, desde un imaginario hábilmente amueblado, su servidumbre ontológica”, dice en la primera entrada que corresponde a la “Anamorfosis del sueño”, refiriéndose al mismo tiempo a su propio trabajo. Un antecedente claro de este libro son las Mitologías de Roland Barthes, donde también hay un afán clasificatorio por ordenar distintos elementos que componen el imaginario cultural.

Pequeño mundo ilustrado trabaja desde su propio planteo con el concepto de archivo y, a lo largo de cada una de las entradas, esto va reapareciendo de manera insistente. Por ejemplo, hay una entrada para la “Biblioteca”, como también para las “cajitas” que, como el libro, son también espacios delimitados donde se arrojan y conservan tesoros. Lo mismo ocurre al momento de reflexionar sobre el “Cine”, donde se repara en la observación que hace Giuliana Bruno, que lo llamo “archivo nómade de imágenes”. En este mismo sentido se puede pensar también en la entrada destinada a los “Catálogos”, en la medida en que Pequeño mundo ilustrado es también un catálogo del imaginario de Negroni. Otra posibilidad es la de pensar el libro como una isla, definida en la entrada correspondiente como “lo que queda cuando todo se ha perdido. Un museo personal que trae lo muerto de sí a un diorama viviente”. Esta idea de museo es retomada luego, cuando se refiere a éste como el “lugar dedicado a las musas”, un estatuto que comparte el libro, en tanto desfilan por sus páginas todos aquellos sujetos u objetos que estimulan, de una manera u otra, la creatividad de la escritora.

 

MUÑECAS

 

Gran parte del imaginario oscuro de María Negroni está compuesto por muñecas. De porcelana, de trapo, autómatas, doppelgangers, sonámbulas, en forma de estatuas, de colección, rotas, recompuestas y vueltas a romper, estos cuerpos sin vida insisten una y otra vez en los anaqueles de la biblioteca imaginaria que es este Pequeño mundo ilustrado. Es así como aparece el interés por una figura como la de Jan Svánkmajer, responsable de una serie de filmes espeluznantes y actuados, principalmente, por marionetas hechas a partir de cadáveres de animales y esqueletos, “seres ni vivos ni muertos, propensos a exhibir lo tragicómico de la sumisión”. También está Cesare, el sonámbulo de El gabinete del Dr. Caligari, que si bien no es un muñeco en sí, su sumisión a la tiranía del Dr. Caligari lo convierte en uno. De igual forma aparecen María de Metrópolis, duplicada y reemplazada por el robot que invierte sus valores y lleva a la ciudad y a todos sus habitantes a la catástrofe, y Kraftwerk, la banda fundadora de la música electrónica, que hace culto a la figura del robot, tanto conceptual como visualmente.  

Esta filiación con las muñecas se puede pensar en relación al género fantástico, apreciado y trabajado por María Negroni, el cual, desde “El hombre de arena” de E. T. A. Hoffman, no ha dejado de proponer a los muñecos como objeto de culto y de terror al mismo tiempo. Por último, las muñecas aparecen también como figuras que atraviesan el imaginario y la poética de los escritores, como es el caso de Honoré de Balzac y Rainer Maria Rilke.  El primero “tenía una colección de muñecas diminutas con las que jugaba y a las que le cambiaba constantemente la ropa a fin de establecer hasta el último detalle de su personalidad y así poder diferenciar a sus cuantiosos personajes”. Para Rilke, por el otro lado, la muñeca “es el reverso del ángel. Es decir, eso que en momentos de lúcido aburrimiento, se revela al niño como lo que es: un cuerpo sin vida, incapaz de animarse y que, por ende, prueba la falsía de todo proyecto imaginario”.

 

NIÑOS

 

De modo similar al de las muñecas, el mundo de los niños ocupa también un lugar privilegiado en Pequeño mundo ilustrado. Es que la infancia es el estadio ideal para sumergirse en el mundo de lo oscuro y lo fantástico y bordear los límites de lo siniestro y la perversión. Pensar, si no, en la obra de Lewis Carroll, alimentada directamente por su contacto con sus amigas niñas, musas inspiradoras: “las encerraba en su cámara de la memoria, se concentraba en los 42 segundos que le tomaba la exposición, para atrapar lo ‘fugitivo’ de esas miniaturas”. Otro escritor inspirado por el universo infantil es James Barrie, autor de Peter Pan: “El País de Nunca Jamás, con sus chicos perdidos, sus hadas, sus legendarios combates con el Capitán Hook, sus sirenas, sus pieles rojas, su árbol de nunca y su pájaro de nunca que vive en un sombrero sobre la laguna, es un catálogo de sorpresas y una verdadera orgía de la imaginación”.

Sin embargo, los infantes no sólo aparecen ligados a la curiosidad y al vuelo creativo, sino que también figuran signados bajo el sufrimiento y el dolor. Es el caso del filme La noche del cazador (Night of the hunter de Charles Laughton), que saca a los niños de la calidez del hogar para arrojarlos a lo siniestro: “son, tal vez, los primeros protagonistas de este tipo de pesadillas que han dado en reunirse bajo el rótulo –un tanto redundante- de American Gothic”. Por último, y en este mismo sentido, se puede pensar en las acuarelas de Henry Darger, representante máximo del llamado “outsider art”, compuestas por una serie de imágenes en las que recrea “una guerra apocalíptica entre siete niñas virtuosas y un ejército de soldados brutales que quieren esclavizarlas, torturarlas y asesinarlas”.

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Pequeño mundo ilustrado

María Negroni

Caja Negra

2011

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