Who is Who

4 May

por FacundoRuiz

Literatura y vida: dos hechos obvios, afortunada, maravillosamente. No así su relación: exquisitamente poco obvia, para los que leen; no siempre afortunada, para los que escriben; y sólo por imprevisible, de vez en vez –de dos en dos– y de seis a siete, maravillosa, para quienes la viven. Literatura y vida: eso dado. Caras conocidas y tiradas que no anulan el azar, ni de la literatura ni de la vida, ni –dado que gira mucho– de su inquieta relación.

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Desde mediados del siglo XIX se publica en Gran Bretaña, sin su pretendida circunspección y con el indiscreto título de Who is Who, un catálogo de sucintas biografías consideras notables. Esto, que quizás sea uno de los recursos más sencillos para convertir a una persona en personaje o una vida (eso que se hace) en literatura (eso que se lee y escribe), explica no sólo el encanto de una novela como Loitering with Intent (1981) de la escocesa Muriel Spark, sino también el curioso título con el que recientemente ha sido vuelta a traducir: La intromisión. Inmiscuirse en lo que no le toca, meterse en donde no la llaman, mezclar –deliberadamente– la paja con el trigo, es sin duda uno de los atractivos más evidentes de la novela de Spark. Pero dice muy poco de ella: de la novela, de la escritora; de ambas al fin, entrometidas o entremezcladas en la historia de Fleur Talbot, una narradora fabulosa que a mediados del XX, exacta y nuevamente en el medio del siglo pasado, se convierte en una escritora digna de figurar en Who is Who.

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  La guerra ha terminado, oficialmente, y por segunda vez. Sin embargo en el racionamiento de té, de combustible, en las intrigas diarias y a menudo triviales –y en los diarios y embajadas que lo son aún más– permanece, parsimoniosa y fría. Tal vez por eso no se asombra Fleur Talbot –un placentero día de otoño de 1949 y mientras almuerza y escribe un poema en un viejo cementerio de Kensington– al ser interrumpida e interrogada por un policía. Se diría que toda la trama, en su aspecto policial, queda evidenciada en esta primer escena y que por eso pasa, inmediatamente, a ocupar un segundo pero muy ambiguo plano. Desempleada, encuentra poco después un trabajo que, ahora sí y apenas terminada la entrevista, despierta toda su curiosidad: sir Quentin Oliver, tan excéntrico como reservado, le ofrece un puesto de secretaria en la Asociación Autobiográfica que, naturalmente, regentea. Su tarea, le explica sin misterio pero sin énfasis, será escribir o –en realidad– mejorar las biografías que su selecto grupo prepara en secreto para publicar nada menos que setenta años más tarde. El secreto y el tiempo, agrega Oliver, nada tienen que ver con la literatura: se trata simplemente de vida, de las tan singulares vidas que allí se exponen. Es difícil ser más claro, y sin embargo: he allí todo el misterio, develado. Pura vida.

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 Pura literatura –escribe Fleur Talbot: su trabajo consiste en “dar un poco de vida a esas biografías monótonas”. Y es curioso cómo surgen las matemáticas: el cuadrado de una vida parece resultar literatura, mientras que la raíz cuadrada de la literatura parece escribirse vida. Y menos curioso entonces, pero mucho más inquietante, es que –apenas aceptado el empleo– la narradora comience a escribir su primera novela. Se diría que toda la trama, en su aspecto textil o textual (pues ambos enredan y envuelven), queda definida en este ovillo: Fleur Talbot rescribe las biografías de la Asociación Autobiográfica, y al mismo tiempo, escribe su novela Warrender Chase, y al mismo tiempo, narra la novela que leemos, a la que llama –naturalmente– “mi autobiografía”. Y entonces todo, o casi todo, se entreteje: los personajes y hechos entran y salen, se cubren y descubren, trenzados vertiginosamente por el ir y venir de la literatura (vivida) y de la vida (narrada) hasta que –siguiendo el parco arte de las Parcas– alguien muere; y Fleur Talbot se ve –nuevamente– en el medio, como un hilo delgado en un espeso ovillo. La trama –se dice– trama también.

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            Zenón de Elea propuso la célebre carrera de Aquiles y la tortuga puesto que en una menuda ventaja concebía un recorrido infinito. Por eso, cuando Fleur Talbot comienza su relato a mediados del siglo XX, “el último día de toda una parte de mi vida”, uno se pregunta si alcanzará alguna vez la otra parte, como quien dice la otra vida; o si –en cambio– no estará comenzando un relato infinito, y sin mitades, como la vida misma.-   

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La intromisión

Muriel Spark

La Bestia Equilátera

2011

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