Crónica de una muerte anunciada

19 May

por Walter Lezcano

Un día, cuando hablamos de narrativa, es mucho tiempo. Mirá si no el Bloomsday.  En un día puede caber toda una vida. Y una muerte también, por supuesto. No estamos delatando nada trascendente, ya que se anuncia al final del primer párrafo de la novela, si decimos que el protagonista de La crítica de las armas (segunda parte de una trilogía de novelas filosófica conformada además por La astucia de la razón y La sombra de Heidegger),  Pablo Epstein, elige matar a su madre, Alicia de Almeida, el 21 de octubre del 2001, justamente, el día de la madre. Ese es el comienzo y el marco temporal que eligió José Pablo Feinmann para contar una historia en clave autobiográfica que incluye: cáncer testicular, dictadura militar, paranoia, filosofía, crítica literaria, autobombo y pedagogía de izquierda. 

La historia que se cuenta entonces es así: Pablo Epstein va al geriátrico donde está alojada su madre con la intención de matarla. Mientras está con ella, junto a su cama o mientras le da la crema o cuando la acompaña a pasar el tiempo con los otros ancianos, él le habla con desprecio, odio y de manera incontinente e incontenible sobre todos los recuerdos que tiene de su vida durante los años de la dictadura, y a vuelo rasante, unas pocas páginas finales de compromiso, innecesarias, de lo que le ocurrió con la vuelta de la democracia y hasta el 2001.

 Le cuenta a su madre, y a nosotros, todo su periodo adulto: su paso por la universidad como docente, la lucha contra el cáncer, su trabajo como corredor para la empresa familiar, los personajes miserables que se encuentra en el interior del país, su temor a ser chupado y torturado, su desprecio por la clase media “cómplice” de la dictadura, entre otras cosas. Son 367 páginas de un monólogo profuso, inconexo por momentos y desmesurado debido a los temas se van superponiendo sin pausa, al igual que el narrador (pasa de la primera a la tercera persona de una manera frenética). Puede ser el cine, el análisis de los libros de Simenon, Handke o Ford dedicados a sus madres, o la exégesis de la utilización y significado de las expresiones “Algo habrán hecho” o “Por algo será”, todo puede caer en los tentáculos del autor para ser devorado y deglutido para aturdimiento del lector.  Este mecanismo de inclusión y disgregaciones permanentes se percibe como la necesidad de construir a la novela que sea una summa de intereses que conforman el universo Feinmann, que tiene aspiraciones sartreanas como cima a alcanzar. Esto se debe a que, lo ha declarado varias veces, todo es literatura para el autor, todo lo que atraviesa un proceso de escritura afiebrado y en estado de exaltación es “lo literario”. Ese podría ser el dictum que sostiene el trabajo y el pulso en movimiento de Feinmann como novelista. Algo que también puede rastrearse en sus contratapas de Página/12 como botón de muestra accesible.     

Ahora bien, esto respecto a lo que podemos decir sobre la escritura y el estilo. Hay un aspecto en el que nos gustaría detenernos. Esta obra es una reedición. Salió a la calle por primera vez en el 20003 y reapareció en el 2011. En el transcurso de esa brecha temporal, las novelas sobre la última dictadura militar (un género popular, tenaz y parte primordial de nuestra identidad literaria puertas adentro y, sobre todo, para el exterior) habían mostrado una hartazgo, incluso se había vuelto aburridas, y luego, creo que los casos más concretos son 76 y Los Topos de Félix Bruzzone, hubo un resurgimiento con una nueva perspectiva que podríamos llamar periférica. Es decir, son historias que transitan una temática hastiada pero desde una nueva configuración, marginal y más íntima, terriblemente personal. Ya no se trató de abordar la historia con una retórica revanchista u “oficial” (hablamos de la apropiación del lugar común como “verdad” y el alejamiento de la figura de víctima del terrorismo de estado) si no que se trató de relatar historias que recuperen un fragmento de vida y de la posibilidad de futuro.   

Frente a este nuevo escenario, La crítica de las armas , una novela que tiene a la dictadura militar como terreno donde planta bandera y se explaya, pierde contundencia, se mueve dentro del grito acusador, explícito y, en un punto, de revisionismo de todos los puntos obligatorios de todo discurso que se pretende de izquierda.

Debido a su formación, José Pablo Feinmann( se asume como hegeliano-marxista) hace desfilar en su texto, de manera superficial (sería filosofía for dommies) y como apoyatura para interpretar la realidad densa e inasible del país, la teorías de diversos filósofos como Marx, Heidegger, Nietzsche, Adorno (“la totalidad es lo falso: lo que tal vez nos daría la respuesta del por qué el desorden del texto”), Deleuze, Derrida y los postestruccturalistas para explicar la deconstrucción del sujeto, entre otros. Todos estos nombres ayudan a conformar una constelación de héroes y también un lugar de pertenencia.    

La crítica de las armas forma parte de ese conjunto de novelas a las cuales el tiempo trató con impiedad, por diversos motivos. Tal vez el más evidente es el giro que llevó adelante narrativa sobre un hecho histórico y traumático, la manera de mirarlo de frente y escapar de la fuerza centrífuga de la extensa y, en muchos casos descartable,  lista de textos que se erigen, o pretenden imponerse, como la Gran Novela sobre la Dictadura. Esto nos lleva a pensar los criterios de reedición por los cuales se rigen las editoriales. Sin embargo, sabemos que cada generación, cada época elige sus rescates y los tachos de basura en los cuales va buscar a quién salvar del olvido. Que eso encuentre valoración y signifique algo trascendente para los lectores es otra historia; mucho mas larga, compleja e interesante.  

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La crítica de las armas

José Pablo Feinmann

Norma

2011

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