El baile de las locas

10 Jul

por Martín Villagarcía


TIEMPO

 

El tiempo es el enemigo en Rosa prepucio. Las crónicas que componen el libro están escritas con un tono nostálgico que habla del paso del tiempo como algo negativo, donde toda época anterior siempre fue mejor. Como se anuncia en “El amargo retiro de la Betty Boop”: “la época de oro se acabó”. Esta “época de oro” no se limita sólo a un período, sino también a un uso del espacio y, sobre todo, a una configuración subjetiva que ya no existe. Lo que se perdió, de alguna manera, es una sensibilidad. En términos espaciales, es la tetera (lugar idiosincrático de la mariconería) la que caducó. Es interesante leer su reformulación, no como espacio de aislamiento social, sino como lugar de resistencia e, incluso, sociabilidad: “Y no vengan ahora, dicen, con que la tetera era para nosotras la consecuencia sórdida de nuestro asilamiento social”. Esto se explica, en parte, como una estrategia de adaptación ante las difíciles condiciones de vida que existían en el devenir terrorista del Estado a lo largo de todo el siglo XX. En cuanto a la subjetividad, es la loca la que quedó desplazada y esto se puede leer en la sensibilidad y el imaginario al que recurre quien narra. En “Lloran las ballenas de Grytviken” se evoca esa imaginación compartida por las mujeres y los maricones, que es la misma que moldeó desde tiempos prehistóricos la figura de la loca, en contraposición al chongo. Esto se puede ver claramente en los personajes de Valentín y Molina en El beso de la mujer araña de Manuel Puig, donde también aparecen ya casi como piezas de museo en el contexto de la insurrección de las luchas de liberación sexual de los años 70. Otra referencia a Puig (cuyo imaginario también está gobernado por la nostalgia) es el relato de infancia que aparece en “Nacimiento de Marisol”, donde la escuela de formación (de la vida, de la religión, de todo) es el cine y los modelos a seguir son las divas de Hollywood. Por último, otra marca temporal que aparece en el libro es la palabra “sodomía”, incluida en el subtítulo, la cual refiere a un momento anterior en que la homosexualidad no se conformaba como una comunidad en busca de derechos e inclusión, sino como un sector subalterno e incluso abyecto para la sociedad.

El GÉNERO CRÓNICA

Como reza su subtítulo, Rosa prepucio es un libro de crónicas. Se trata de un género literario difusamente delimitado que proviene del periodismo y orbita entre la fidelidad a la realidad de la noticia y la inventiva de la ficción. En todo caso se trata de un retrato de la realidad realizado a partir de herramientas ficcionales, donde el estilo de narrar y la voz le otorgan su originalidad. En lo que respecta al uso gay del género no se pueden dejar de mencionar tres casos paradigmáticos como son el de Pedro Almodóvar en Patty Diphusa, Pedro Lemebel en Loco afán y Naty Menstrual en Continuadísimo. Al igual que en estos tres casos, la voz que narra las crónicas de Rosa prepucio está sumamente estilizada y cada una de las piezas que lo componen se deja leer como relato. El uso de este género, por otro lado, le permite a Alejandro Modarelli incorporar elementos exógenos a la ficción y pertenecientes al universo del periodismo, como por ejemplo el testimonio; es el caso del hombre que cuenta su experiencia de sexo púber.

 

TOPOGRAFÍA

 En el afán nostálgico de traer el pasado al presente con la narración, Rosa prepucio hace un trabajo topográfico sobre la ciudad de Buenos Aires en busca sus espacios gay por excelencia. Están los más obvios, como el bar El Olmo y el circuito de Santa Fe y Pueyrredón, como también su revés en la forma de aguantaderos, teteras, etc., es decir, aquellos lugares que en vez de ser conquistados, son más bien arrebatados. En este sentido, la crónica más significativa es “El pasaje de La Piedad”, en el que se narran justamente los usos y desusos de ese pasaje y el momento histórico particular en que terminó por ser reterritorializado por el Estado.

VEJEZ

Uno de los temas recurrentes de Rosa prepucio, en sintonía con su preocupación por el tiempo, es el de la vejez homosexual. Esto es un problema tanto para la sensibilidad de antaño como para la nueva, en la medida en que el imaginario gay siempre estuvo atravesado principalmente por el factor juvenil. Son escasas, casi inexistentes, las representaciones de la homosexualidad en la tercera edad. Si ya de por sí la sociedad rechaza a los ancianos, ¿qué lugar queda para los viejos y, encima, maricones? Esa es la pregunta que guía, de alguna manera, la búsqueda del libro. Así como se subraya el contrapunto que existe entre las locas de antes y los gays de ahora, lo mismo ocurre con “la plenitud veinteañera” y “las locas del ocaso”. La preocupación puede pecar de estética y superficial, pero también hay un problema biológico que es el del deseo sexual: “Muchas mariconas de mi edad rinden homenaje al deseo como a un prócer muerto, ahora que tomaron la decisión de alejarse de la aventura callejera”. Si esas “locas del ocaso” se definían como tal en función de su sexualidad (teniendo en cuenta que no hacen caso a ningún tipo de reivindicación de la homosexualidad como forma de vida, etc.), ¿qué queda de ellas cuando desaparece la dimensión del sexo de sus vidas? En un guiño constante a Diario de la guerra del cerdo, la novela de Bioy Casares, se resuelve la distancia que hay entre la juventud y la vejez con la solución final del exterminio.

TEORÍA

Si bien las crónicas de Rosa prepucio están narradas con un tono cómico y casi ligero, por momentos deja entrever una trama teórica sólida que lo va tejiendo por detrás. Esto se puede ver en la recurrencia de citas de autoridad de pensadores como Michel Foucault, por ejemplo, a la hora de poner en discusión la misma idea de “homosexualidad”. Foucault fue uno de los inauguradores de lo que hoy en día es el campo de la teoría de género con el primer tomo de su Historia de la sexualidad, donde planta la semilla de estos estudios al descartar toda teoría naturalista de la sexualidad y reemplazarla por la cultural. Es la academia norteamericana, especialmente Judith Butler y David Halperin, la que toma esa bandera teórica. Pero Foucault no es el único pensador evocado, también está Walter Benjamin, que es traído a colación a propósito de la teoría de los pasajes (p.50). Este entramado de periodismo, ficción y teoría es propio del libro y responde a la vocación misma de Alejandro Modarelli. El aparato teórico del que hace uso es aquel del que dispone él mismo como interventor en los debates en torno a la sexualidad, y pueden ser mejor estudiados en un libro anterior a Rosa prepucio, que es Fiestas, baños y exilios.

VIDA TRAVESTI

 Las travestis son las protagonistas indiscutidas de Rosa prepucio. La mayoría de las crónicas que componen el libro tratan sobre sus vidas, desde su temprana formación hasta sus aventuras y desventuras en la calle con sus clientes todas las noches, pasando también por sus luchas políticas. En “Nacimiento de la Marisol” se puede leer la construcción de la identidad travesti desde la infancia, en el enamoramiento platónico e identificación que producen en el niño las estrellas del cine, la fábrica imaginaria del siglo XX por excelencia, y lo llevan a la imitación. Un hito importante en este proceso de transformación es la elección de un nombre, que funciona como corolario del cambio de identidad. No obstante, no todo es belleza y felicidad en esta crónica; aparecen como estadíos inevitables del proceso el abuso sexual por parte de un mayor y el inevitable desenlace en la prostitución. Una de las características de las travestis que más aparece remarcada en el libro es su sentido de la hermandad y comunidad. Esto se puede leer claramente en “El pasaje de La Piedad”, donde se narra que a la hora de los reclamos populares del 2001, las travestis marchaban juntas, a diferencia de los taxi boys. Otro tópico que aparece en esta misma crónica es el del sector de la sociedad que las consume como objetos sexuales en la prostitución: “Seducir a los hijos de esa clase sociales es todo un resarcimiento. Ayer sus padres organizaban protestas barriales contra ellas”. Se trata generalmente de chicos jóvenes, hijos de aquellos que más las discriminan, que hacen del sexo con travestis una especie de rito de pasaje e instancia de divertimento. En el testimonio que se incluye al final se puede leer, por un lado, el proceso de invisibilización de las travestis como sujetos (en tanto son tratadas como meros objetos a ser utilizados) y, por el otro, la falta de responsabilidad a la hora de acostarse con ellas. En todo caso, el gesto es sumamente hipócrita, en tanto se las usa e inmediatamente se las desecha y se pide que se las oculte. “El escote apócrifo de la Lolas” sigue esta misma línea y pone en evidencia la mentalidad machista que recoloca a la comunidad travesti en un lugar segregado de la sociedad, al mismo tiempo que le da un lugar imaginario dentro de su sexualidad. En el intercambio que se produce entre la travesti y su cliente hay un pacto de silencio en torno a lo real y un acuerdo imaginario: se ignora que la identidad del otro y se le proyecta encima una distinta, que se sostiene únicamente con las apariencias: “¿Eran tetas o ilusiones?”. De esta manera, la travesti se convierte en mujer y el hombre conserva su heterosexualidad intacta, sin verlaamenazada en ningún momento: “Él le regaló a ella el reconocimiento de una feminidad contra la biología; ella le regaló a él la creencia de que a pesar de compartir su cama seguía siendo un heterosexual de la cultura futbolera del aguante, un entero macho que desde la tribuna podía seguir ufanándose de que se iba a cojer a los unitarios”.  Finalmente, en este imaginario machista, las travestis se convierten en súper-mujeres, donde todas las características femeninas se encuentran potenciadas y la disponibilidad inmediata para el uso las pone por encima de las prostitutas mujeres.

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Rosa prepucio

Alejandro Modarelli 

Mansalva

2011

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