Nanina, historia de una invención

23 Jul

por Ariel Idez

 

 Nanina narra la historia de una invención: la de Germán García. Esa es, en mi parecer, su mayor influencia norteamericana o la cuota norteamericana de toda bildungsroman, que por eso mismo, en tren de nombrar al género con un vocablo foráneo, también podría darse en llamar selfmademan novel. Como el joven Orson Welles que aprende cine filmando El ciudadano, el joven Germán García (dos años menor que Welles en 1968, al momento de la publicación) se hace escritor escribiendo Nanina y en ese proceso se permite todas las libertades, lo cuenta todo, ensaya estilos, incorpora los autores que lee y llama a las cosas por su nombre con la desfachatez propia del que entra sin pedir permiso (que, como todos sabemos, es el único modo de entrar a la literatura). Si, como dice el autor, “la cultura es una gran concha”, el tendrá que inventarse una lengua, para estar a la altura.


Como la personificación de Nanina que ensayó Juan J. Mendoza en la presentación de la novela:  ‘Nanina que hace un leve movimiento, sonríe al público y dice: No se puede decir que no triunfé. Todos esperaban mi regreso y aún hoy, 44 años después, estoy aquí.’ “ no sabemos si la novela vuelve porque nunca salió del todo de la escena (se la nombra en clave cada vez que se menciona esa triple entente que cambió la literatura de los ’70: García-Gusmán-Lamborghini).Pensando no obstante qué retorna con esta anhelada reedición, resuena un género que no deja de interrogarnos: el de las novelas de iniciación. El Germán Leopoldo García de Nanina comparte su filiación con el Cané de Juvenilia, el Astier de El jueguete rabioso y su mellizo de Vallejos o Villegas, el Totó de La traición de Rita Hayworth, o también el Eric de Los años felices, publicada el año pasado, para mencionar la última novela de iniciación relevante que he leído y si queremos ir un poco más allá, en esa tensión entre el campo y la ciudad, también reconoce aires de familia con el Moreau de Flaubert y el Sorel de Stendhal y en su infancia desdichada, de abrupto pasaje a la adultez resuena el niño solo de la Crónicade Favio y el Antoine  Doinel de Los 400 golpes de Truffaut.

Me pregunto qué nos interpela en los relatos de iniciación. Creo que estos relatos se tensan entre la promesa moderna del hombre tomando el destino en sus manos (por eso, creo nunca podríamos imaginar una “tragedia de iniciación”) y por eso son tan afines a la época del ascenso de la burguesía y a su forma literaria por antonomasia: la novela. En ese sentido, mis novelas de iniciación preferidas son las que resultan las primeras novelas del autor, lo que suele ser el caso y si son de carácter autobiográfico, mejor, porque el texto mismo es escenario de otro pasaje: ahí donde el personaje se hace hombre, el hombre se hace escritor. Creo que en Nanina esta a-puesta en abismo está llevada al extremo. Pero Los relatos de iniciación son también los de una traición, esto Arlt lo supo mejor que nadie y también lo intuyó Puig, cuyo título era mucho menos ingenuo de lo que parecía. El Leopoldo García de Nanina traiciona a su hermano Toti, el único que emprende una fuga absoluta de su familia, fuga que sólo puede terminar en la delincuencia, el delirio, la locura y por ende en las instituciones que nuestra sociedad ha dispuesto para aquellas anomias: la cárcel y el hospicio, el narrador coquetea con esas opciones pero jamás toma en serio esos desvíos: deberá hacerse cargo de su propia traición para seguir adelante, para irse en los momentos en que vuelve, para rechazar en la aceptación, para negar en la afirmación de la escritura, para escribir la ausencia de esa afirmación, para tener una historia que contar y fundarse un pasado en el que no quede fundido o con-fundido. Nanina es la prueba del deseo que se pone a prueba en sus páginas.

Con ímpetu (Henry)Millenarista la novela es también la crónica de la fuga del mandato paterno y la voluntad de asumir otro papel que el de la repetición en la novela familiar (caricaturizado en la secuencia del comienzo con el Colombiano y su “¿Otro vinito? ¿Otro cafecito?” y dramatizada en las escenas del taller mecánico, entre las máquinas destinadas a inscribirle al todavía niño García la condena en el cuerpo y en el que el cuerpo no puede revelarse porque el capataz le grita “¡García chico!” Para interrumpirle el placer de una paja). Cierta o no, me encanta la idea que sugiere Piglia en el prólogo acerca de que debió haber sido esa euforia narrativa y ese espíritu de fuga lo que llamara la atención de los censores y no la franqueza para nombrar a las cosas por su nombre (que de todas formas, vale la pena destacar) y el relato de una educación sexual y sentimental de un joven de pueblo chico. En ese llamado a la desobediencia generacional del protagonista de la novela puede vislumbrarse el perfil de una juventud que ya no piensa obedecer a sus mayores.

Hay de todas formas, en el protagonista de Nanina, un apuro por hacerse hombre, por igualarse con los adultos que, en 1968 da testimonio de una razón de época a punto de cambiar; de ahí en más la juventud se asumirá como sujeto político y no como escollo a ser superado lo antes posible, si bien, una vez desactivada políticamente será reabsorbida y propuesta como modelo aspiracional por las estrategias de mercado.

El orden en Nanina está impuesto por el carácter recursivo de la memoria. García evita la automitificación y elude una a una todas las posibilidades de tensar dramáticamente el relato, no hay “historia de amor con Nora”, hay idas y vueltas, peleas y reconciliaciones, aborto e hijo, visitas y despedidas. No hay “relato de un triunfo” “Profecía autocumplida de un destino de éxito”. El protagonista sufre el hambre y la intemperie en Buenos Aires para no tener que volver a Junín, y sin embargo después cuenta en repetidas ocasiones, como al pasar, que volvió varias veces para poder comer, dormir y reponer fuerzas antes de volver a la Gran Ciudad (el único regreso que se narra es de índole comercial: viaja a Junín convencido por su amigo colombiano y entonces Junín no es el refugio al desamparo de la urbe sino un nicho virgen de mercado). Y ese regreso tampoco se narra, es pura antesala y punto de pasaje para que el relato se traslade a la infancia del protagonista, porque Nanina está situada en cadencioso desenvolverse de la memoria reciente del narrador  se viaja en esta novela más en el tiempo que en el espacio o como lo dice el autor, mejor de lo que yo podría decirlo jamás: “Un tren va hacia la noche partiendo de ella, va hacia el pasado regresando de él”.

En tanto conquista de la subjetividad, la novela narra también la historia de una formación heterodoxa: asistimos al deslumbrante descubrimiento de una biblioteca sintetizado en esa pregunta anonadada del narrador “¿Por qué uno encontrará una biblioteca alguna vez?” y de ahí los libros de Raúl Barón Biza mezclados con los poemas de Almafuerte y Espronceda para pasar, ya en la ciudad, a cultivar la erudición de la necesidad y leerse todos los libros de saldo de la Calle Corrientes, los clásicos y también “libros de muchas páginas y títulos absurdos, escritos por hombres que  no serían conocidos por nadie” y encontrar ocultos en los cafés de esa misma calle a sus maestros secretos que le soplaban como con desdén lo que valía la pena leer, como el Zelarayán en clave de la página 247 que “Explicaba  conceptos sobre la mala fe y dejaba mal parados a todos: fumaba y miraba por la ventana como diciendo, así es nomás, mis queridos analfabetos”. Pero sobre todo el posgrado en fabulación y mitomanía de las pensiones: La pensión es la buhardilla del muchacho de provincias, la chambre de bonne porteña, un único refugio mientras se emprende cualquier conchabo posible en la lucha diaria por la supervivencia. En las pensiones el protagonista de Nanina cursa práctica y teoría del relato, en las historias que cada pensionista se inventa para sacarle a su vida el mismo brillo que a esos zapatos de cuero percudido que era preciso seguir haciendo pasar por nuevos para poder conseguir una changa más, en esa miríada de “fantasías urdidas en las largas noches frías de alguna pensión” que el narrador escuchaba y aprendía a contar porque “uno se fragua la propia huella cuando ésta se vuelve inaguantable”.

Releo Nanina y la vuelvo a encontrar fresca, atrevida, prepotente, saludable. Pienso que su publicación marca también la huella inicial de otro camino de fuga para la literatura argentina, aunque esa sea otra historia. Si las novelas que se reeditan son como fantasmas que vuelven del pasado. Nanina, que termina con la muerte del padre, vuelve para decirnos que el padre está vivo.

—–

Nanina

Germán García

FCE

2011

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