Proust el joven o el Ángel de las tinieblas

14 Ago

por Facundo Ruiz

 

“Creo que la muerte de Mamá me ha herido para siempre”, escribe José Lezama Lima a su hermana Eloísa; y ya se escucha el tono de las cartas de Puig a madre, y se presiente Copi, entero, como un golpe de aire. Hay –se siente– algo que pasa: un vaivén, desesperado e insólito, tan hilarante por definitivo como doloroso. Algo, realmente, pasa, y pasa para siempre; y todo, inconsecuentemente, sigue, un poco más.

*

Se dice, o se sabe (y José Bianco, entre otros, ha afirmado), que la muerte de Jeanne Weil en 1905 resultó determinante, o fatal para su hijo Marcel Proust, quien –herido para siempre– desde entonces se recluyó (su padre Adrien había muerto dos años antes) a escribir En busca del tiempo perdido, cuya idea le rondaba desde 1904 y cuya primer aparición, o entrega, ocurrió en 1913. Es al menos curiosa la idea de que la muerte sea una clave de lectura para una obra tan vital, e incluso: involuntariamente vital, como la memoria que la motivaba. Poco antes de morir, Proust escribe a André Gide: “Yo que, a pesar de todo, amo tanto la vida, comprendo que la muerte es nuestra única esperanza y da el aliento para andar hasta la noche”. Viaje al fin de la noche o “clave” de lectura, la muerte cifra un antes y un después en su obra, pero un antes o después en vida, como si pudiera hablarse de un primer y un segundo Proust, de un Proust el Joven y un Proust el Viejo.

Pero al morir su madre en 1905, Marcel contaba recién cumplidos 34 años, es decir, estaba (casi) nel mezzo del cammin di nostra vita, y la senda oscura –nocturna, mas no funesta– resultó un viaje al fin de su obra, en vida.

*

Joven aún (si alguna vez fue viejo), Marcel Proust publica en La Revue blanche y La Vie contemporaine los fugaces relatos y la aguda crítica (enseguida respuesta por Mallarmé) recientemente reunidos en El indiferente y otros textos. Se trata de tres relatos breves y encantadores que, naturalmente, parecen conducir a su inmensa novela encantada. Pero si bien esto tiene algo de cierto, y el comienzo de “Recuerdo” (1893) evoca el de Por el camino de Swann (de la misma manera que el inicio de “El telón” de Raymond Chandler evoca –también anticipadamente– el de El largo adiós); se trata –como siempre en estos casos– más que de un juego de villanos, de un juego de manos: prestidigitación, canto y encanto, como la triste e hipnótica imagen de la arabesca serpiente y la dulce flauta. Sin duda, hay en “El indiferente” (1896) un zigzag amoroso muy familiar y una dilación de razones (sociales) muy del gusto de ciertos personajes y ciertas aventuras de En busca del tiempo perdido; sin duda, el inquietante y misterioso avance de “Antes de que caiga la noche” (1893) –ese entre-nos delicadísimo y sombrío como la respiración de un asmático– tiene algo del bullicioso mundo de Marcel y algo más del persistente sigilo de su voz. Pero esa “ilusión de las causas finales”, que confunde el resultado con el proceso, expresa más de la lectura de una obra que de su escritura. Vale decir: también Proust –de joven (si alguna vez fue viejo)– hizo algo más que esperar a escribir su última novela.

Ineludible y nodal, pero muy poco frecuentada, es la órbita poética que traza “Contra la oscuridad” (como intransitada es “Contra los poetas” de Gombrowicz). Se sabe: algunos años más tarde Proust escribirá contra Sainte-Beuve; se sabe también que “Contra la oscuridad” apunta a los simbolistas y que Mallarmé, furioso, salió a defender esa opacidad, amurallando aún más ese abstracto misterio en las letras. Lo que se sabe menos, es que esos contras de Proust son textos absoluta pero no involuntariamente afirmativos: vitales; son textos que deliberadamente expresan –como dice en “Contra la oscuridad”– una “potencia instintiva”. ¿El temor de esa poesía jeroglífica es el vulgo? “Aquel que se hace de un poema una concepción bastante ingenuamente material como para creer que puede ser alcanzado por algo que no sea el pensamiento y el sentimiento (y si el vulgo pudiera alcanzarlo así ya no sería el vulgo), tiene de la poesía la idea infantil y grosera que puede reprocharse, precisamente, al vulgo.”       

Es muy difícil articular muchas de las políticas del estilo –esa manera de vivir– del siglo XX (de Benjamin a Deleuze, pasando por Ángel Rama y Pasolini), e incluso, buena parte de la poesía moderna (de Góngora y sor Juana a Martín Adán y Pizarnik, pasando Whitman, Baudelaire y Pushkin), sin pasar por esos contras.   

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 Antes de que anochezca el largo siglo XIX, pensaba Proust que el poeta, el escritor: “Si recorre la noche, que lo haga como el Ángel de las tinieblas, aportando a ella la luz.”

 

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El indiferente y otros textos

Marcel Proust

Madrid

José J. de Olañeta editor

2010

2 comentarios to “Proust el joven o el Ángel de las tinieblas”

  1. JUAN agosto 18, 2012 a 8:38 pm #

    ¿QUE PASÓ CON EL SITIO DE LA REVISTA “EL INTERPRETADOR? NO PUEDO ENTRAR NI A ELINTERPRETADOR.NET, NI A ELINTEPRETADOR.COM.AR. ¿DESAPARECIO?

    • C.E. noviembre 18, 2012 a 11:42 pm #

      Hola Juan, estamos offline hasta que se resuelva grupalmente qué haremos. Lamentablemente sí, la revista por ahora ha dejado de salir

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