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Viviana y otras historias del cuerpo

15 Ene

Miguel Gomes,
Mondadori, Caracas, 2006
(Cuentos, 228 pág.)

Miguel Gomes nació de padres portugueses en 1964 en Caracas y reside desde hace años en Estados Unidos donde es profesor universitario. Ha ejercido el periodismo cultural en las revistas Vuelta y Letras Libres e integró la notable camada de microficcionistas que tuvo Venezuela en los ’80 con su libro Visión memorable, (1987). Es autor de tres volúmenes de cuentos: La cueva de Altamira (1992), De fantasmas y destierros (2003) y Un fantasma portugués (2004).
Crítico de los preceptos del boom y convencido de la importancia de la forma en el arte, se mantiene alejado de todo aquello que pueda aludir a “realismo mágico” y explora minuciosamente las posibilidades formales de sus relatos. Las acusaciones corrientes que se suelen hacer a quienes se preocupan por la forma no lo alcanzan. No hay asepsia ni parnasianismo en sus cuentos. Su preocupación formal consiste en dotar al relato de la más noble arquitectura y utilizar los procedimientos verbales que mejor se ajustan a lo que cuenta.
Viviana y otras historias del cuerpo halla su unidad en un tema común. El libro se abre con una cita de Robert Burton que expresa bellamente lo que los filósofos luego llamarían paralelismo psicofísico. Contiene cuentos sobre el cuerpo sano que goza del sexo, el cuerpo envenenado, el cuerpo dependiente, el cuerpo que muere. Los referidos al sexo están contados con saludable desenfado. Ya los dos epígrafes de “Arte y sexualidad en la cultura occidental” ponen en clima al lector: The penis mightier than the sword (Mark Twain); A standing prick has no conscience (porverbio inglés, S. XVIII). También lo hacen algunos títulos: “Los mejores relatos pornográficos de mi pluma (de hecho, el único)”, “Lamaze (folletín lascivo con catalanes)”. Pero la sonrisa se borra frente al horror de “La montaña rusa” y “Veneno”, cuyo tema es el avance inexorable de la muerte en el torrente de la propia sangre. Otras piezas hablan del cuerpo invadido por el alcohol y la enfermedad. “New York, New York” narra admirablemente la dipsomanía: un mismo discurso interior se repite palabra por palabra en dos instancias del proceso adictivo, salvo las sutiles modificaciones que muestran cómo el pensamiento se va plegando a las exigencias del cuerpo dominado. En el cuento homónimo, Mineta, una canción popular que posee el curioso poder de adaptarse a circunstancias opuestas, conduce al lector del bullicio festivo de los marineros portugueses a la experiencia de la muerte. Pero es en “Viviana”, que narra la interioridad femenina sin ninguna explicación ni interpretación y deja en la sombra motivos que ni la protagonista conoce (aunque esta ausencia esté presente en cada línea), donde Gomes alcanza el punto más alto de su sutileza y su calidad de narrador.
Como es el caso del ítalo-venezolano-mexicano Alejandro Rossi y de tantos otros, todo cuanto Gomes escribe tiene la marca de las diferentes culturas por las que transitó. Por eso, el ámbito físico de los relatos de Viviana y otras historias del cuerpo es variado y el conflicto del expatriado, su nostalgia, su extrañamiento, su pelea diaria es casi una constante. Los personajes suelen sobrevivir luchando por adaptarse. Quizá la mayor dificultad resida en la lengua: lograr hablar como un nativo para ser uno más. El mismo Gomes heredó de su familia el portugués, su adolescencia venezolana le dio el español que es su lengua literaria, y circunstancias laborales lo llevaron a adoptar el inglés. Siempre ha sido un problema trasladar al texto el plurilingüismo de los personajes. En efecto, quien ha vivido en más de una lengua, sabe del color particular que tienen ciertas formas de decir en su idioma original. Rossi, en su novela Edén, lo resuelve con un apéndice final en el que traduce las expresiones que no están en español; Gomes prefiere no traducir, pero tiene la cortesía de comentar de modo casual los párrafos en inglés o portugués de modo que el lector entienda su significado general.
Los cuentos de Viviana y otras historias del cuerpo sorprenden porque son transculturales, porque armonizan aparentes opuestos como sutileza y desparpajo y, sobre todo, porque son una mirada particular sobre un mundo también particular llevada al relato con excelencia de medios.
Raúl Brasca
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