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Memorias de una amante sarnosa

8 Nov

Por Elsa Kalish.

No es país para viejos, de Cormac McCarthy, Mondadori, 2006.

Pura anarquía, de Woody Allen, Editorial Tusquest, 2007.

Los otros días, parada frente a la vidriera de la librería Hernández, fui presa de amargas y oscuras meditaciones. Ahí, justo ahí, a un escaso metro de mí, a una distancia que a la vez me resultaba tan posible franquear como inaccesible llegar, apenas separada por el vidrio de esta clásica librería de avenida Corrientes, vi dos libros. Claro que lo que convertía a una distancia tan humana y posible—un escaso metro—en algo tan inhumano e imposible de abarcar para llegar a esos dos libros que deseaba tomar, no era el vidrio de la librería Hernández, sino los precios de estos libros. Y esta paradoja de vivir en un mundo convertido en un supermercado repleto de cosas que a un mismo tiempo se presentan tan al alcance de la mano como esquivas a su tacto, tan reales y posibles en lo imaginario como irreales y fantasmales en los hechos, me llevo a recordar la paradoja de Aquiles y la tortuga de la cual hablaba el viejo Borges (1). Paradoja, dicho sea de paso, que lejos de tranquilizarme angustió aun más mi corazón abollado y lleno de aujeritos y me llevo a pensar que con el precio que tienen hoy en día los libros—¡para no hablar del precio en las verdulerías de las bananas que son una fuente imprescindible de potasio para los musculos del cuerpo!—sería mas redituable económicamente armar un grupo comando y asaltar librerías que robar bancos y vaciar sus cajas de seguridad.

El primero de los libros que ví, vale 99 pesos y es la anteúltima novela de Cormac McCarthy, No es país para viejos. (Su última novela que acaba de ganar el Pulitzer se llama La carretera). Por lo que puedo recordar de leer en la solapa del libro, esta novela trata de un viejo que participo en la guerra de Vietnam, que vive en Estados Unidos cerca de la frontera con México y un buen día cae un avioneta en medio del desierto cargada de heroína o cocaína, y a partir de ahí empieza un raid desquiciado, en el que este viejo se queda con el cargamento y busca huir de la ley y los narcos, que lo buscan para recuperar la droga.

Cormac McCarthy es un escritor increíble. Yo llegue a él por haber leído en su momento un ensayo de Marcelo Cohen en Clarín—ensayo que se puede leer en su libro de ensayos ¡Realmente fantástico!, publicado por Norma—donde hablaba de la reciente publicación de Ciudades de la llanura, tercera parte de la trilogía de la frontera, trilogía donde McCarthy cuenta la historia de dos jóvenes cowboy´s—de John Grady en Todos los hermosos caballos, de Billy Partman en la genial En la frontera, y del encuentro de ambos en Ciudades de la llanura— entre finales de la década del 30 y principios del 40, época en que una forma del mundo en expansión—que por esa época se solía llamar “americanismo” y antes se llamo “mundialización” y hoy “globalización”— destruye de forma violenta una manera diferente de morar y ser en el espacio y el tiempo, porque estorba su despliegue y hace desvanecer en el aire su memoria—de ese morar y ser en el mundo—con la que se criaron estos cowboys, convirtiéndose en fantasmas a caballo que van de un lado y otro de la frontera entre Estados Unidos y México, sin encontrar un lugar donde preservar sus tradiciones ni escapar a la lógica del mundo que las a extinguido. La trilogía de la frontera cuenta la historia de una tragedia, la de unos seres que se ven expropiados violentamente del mundo para el que fueron criados y que no pueden renunciar a él ni adaptarse al nuevo. De esta trilogía, sin duda, la que es una gran novela, cuya historia esta grabada en mi corazón, es En la frontera, en la que Billy Partman va a toparse con una loba que esta atacando al ganado de la zona, que le va a dar caza y por fin cuando logre atraparla descubrirá que esta embarazada y en vez de matarla, cruzara la frontera dirigiéndose a las montañas aun vírgenes de México donde la loba podrá vivir en paz y tener a sus crías. En la frontera, Billy Partman cruzará la frontera tres veces y cada vez que lo haga la muerte dejara su sello implacable y sin sentido sobre él. Lo que es increíble en esta novela, no solo es la historia en sí que se narra, sino como McCarthy, durante páginas y páginas, nos hace cabalgar junto a Billy y su caballo, por un paisaje, tan cruel como bello, tan mudo como elocuente, trasmitiéndonos la gracia y desdicha de un hombre, su caballo y un paisaje—que se confunden y funden hasta formar un único organismo vivo—logrando que el lector olvide al cabo de unas páginas que esta leyendo un libro y de repente sentir en carne propia la desconcertante maravilla dulce y cruel de un atardecer cabalgando perdido y sin rumbo en el desierto. El mundo en las novelas de Cormac McCarthy es a un mismo tiempo un escenario de una belleza y crueldad tan violento como carente de palabras. Y sin embargo el silencio de ese mundo brutal y bellisimo que hace surgir las palabras de McCarthy es de una elocuencia y claridad absoluta.

La otra gran, increíble y genial novela de Cormac McCarthy es Meridiano de sangre. Una novela cuya acción trascurre a mediados del siglo XIX y donde a una patrulla paramilitar de americanos los contrata una ciudad Mexicana para exterminar a todos los indios que hay en la zona y que atentan contra el comercio y el desarrollo de la ciudad. La patrulla cumple su cometido pero se vuelve una maquina de guerra que arrasa y mata a todo lo que encuentra a su paso. El personaje principal de esta novela es un joven que se une a esta patrulla y el juez Holden que no se sabe muy bien quién es ni qué es pero que posiblemente sea un ente maléfico. Y a medida que una va leyendo Meridiano de sangre, se tiene la sensación que a McCarthy se le ocurrió esta novela luego de haber leído Una excursión a los indios ranqueles, Facundo, Martín Fierro, Movy Dick, y mirado todas las películas de cowboy de John Ford y el Juan Moreira de Leonardo Favio, y con todo eso, bien mezclado y procesado, en su cabeza, se haya sentado a escribir una de las mejores novelas americanas del siglo XX.

El otro libro que ví en la vidriera de Hernández y que me causó alegría que exista y desolación su precio, 35 pesos, es el nuevo libro de cuentos de Woody Allen, Pura anarquía. Me causo tanta alegría y felicidad que ese libro que no esperaba encontrar existiera como cada vez que durante todos estos años pase por una librería y entre las novedades descubría que Roberto Fontanarrosa acababa de publicar un nuevo libro de cuentos.

¿Qué decir de Woody? A esta altura de mi vida hablar de Woody Allen es como hablar de un amigo con el me crié y con el que he vivido incontables momentos intransferibles y que forman parte de ese espacio común en el cual sobran las palabras para dar cuenta de la amistad que nos une. Supongo que por eso siempre es tan difícil hablar de un ser querido, de un amigo o del amor de tu vida, porque eso que te une y que compartís con alguien, ya sea una amistad o el amor, solo vos y el otro lo conocen, lo comparten, y es lo que les otorga un aura, que hacia adentro de ese espacio que crea la amistad o el amor, basta para entenderlo todo con una mirada, pero cuando se lo quiere explicar a alguien ajeno a este espacio en común—el resto del universo—no hay palabras que alcancen para definir por qué esa persona que tanto amas es única, irrepetible y fundamental para tu corazón.

Bien. Dado que hablar de Woody Allen se me complica por cuestiones afectivas al igual que por cuestiones económicas, pero a la vez me resulta sencillo ya que conozco su narrativa y vi todas sus películas, voy a procurar ir en busca del tiempo perdido para intentar recuperar un jirón deshilachado de tiempo en el cual él y yo nos conocimos.

Fines de los años 80. Tendría 13 o 14 años, no más. La política y la economía del país eran una pesadilla que seguía a diario por los noticieros. Con mi primo Sebastián teníamos un pizarrón verde en el que seguíamos y anotábamos minuto a minuto el alza del dólar, la libra esterlina, el yen, y las monedas de oro mexicanas que era la moneda más cara que cotizaba en mercado, algo así como 500 y pico de dólares cada moneda, creo. La situación familiar era otra pesadilla diaria que no podía hacer desaparecer de delante de mi vista como con la pesadilla de la política y la economía que con solo apagar el televisor lograba por un momento enmudecer la ficción de los noticieros que me quemaban la cabeza. Y en el secundario no daba pie con bola, me llevaba todo, no entendía nada y no tenía amigas.

13 o 14 años tendría. No leía, ni conocía persona alguna que lo hiciera. El cine más sofisticado que conocía era el de Sábados de súper acción que iba por canal 11 y ocasionalmente el de Función Privada, por canal 7, los sábados por la noche. Eso sí, había empezado a dejar de ver diez o doce horas de televisión diaria y empezado a escuchar radio. La radio fue algo fundamental durante muchos años y particularmente en esos de la adolescencia y que hoy lentamente como con la tele voy abandonando. Fue algo esencial, por dos razones: una porque fue algo que me acompaño y me hizo sentirme menos sola en la desolación de aquellos días, y la otra, porque fue la que me hizo conocer la literatura. Algún día debería escribir un largo ensayo sobre la radio y la literatura, sobre cómo porque primero escuche radio empecé a leer y ver buen cine, y luego porque leía descubrí la escritura y la universidad—sin haber nunca terminado el secundario. Pero dejemos los “Días de radio” para otra noche y volvamos a Woody Allen.

A esa edad, 13 o 14 años, de Woody Allen recuerdo que ya había visto en la tele dos películas de él que me habían divertido bastante Robo, huyo y lo atraparon y La última noche de Boris Grushenko, pero que no me hicieron reír tanto como El mundo esta loco, loco, loco o las pelis de Olmedo y Porcel. Nada, era un chico feo, con anteojos de marco negro y que le sucedían situaciones graciosas, aunque no tanto como las que le sucedían a la Brigada Explosiva que me hacían llorar de la risa. Pero una noche, un jueves, caí en el viejo Canal 2 de La Plata, que según como soplara el viento lo enganchaba o no la antena del televisor de casa. La cosa, es que, en ese momento sin fecha precisa en mi memoria sarnosa, los jueves a las diez de la noche había en canal 2 un caramelo de dulce de leche que yo ya conocía de otro programa de televisión, Badia y compañía, era Alan Pauls. Alan conducía un ciclo en el que durante todos los jueves de cada mes se ocupaba de pasar las películas mas destacadas de un director de cine en particular. Yo tuve la fortuna increíble de descubrir este ciclo el primer jueves de un mes en que Alan Pauls estaba presentando a Woody Allen. Obvio que no recuerdo qué dijo Alan en ese momento de Woody Allen pero sí recuerdo las cuatro películas que se pasaron de él y el orden en que fueron apareciendo cada jueves: Dos extraños amantes, Manhattan, Septiembre y Zelig.

Los cuatro jueves de ese mes a la diez de la noche fueron para mí un antes y un después en mi vida. Me dejaron loca. Me rompieron la cabeza. De repente se había abierto frente a mí un mundo de cosas que ni sospechaba que pudiera ser posible imaginar. Pero lo que fundamentalmente me descolocó y más me llamo la atención en las pelis de Woody Allen era cómo y desde dónde hablaba él del amor. Para mí hasta entonces el amor era como se contaba y aparecía en Clave de sol, Amo y señor y El infiel, Una voz en el teléfono, Topacio, Celeste, Cristal y La dama de rosa, Rosa salvaje y Los ricos también lloran . Y no me quiero olvidar de El pájaro canta hasta morir, esa miniserie australiana en la que Richard Chamberlein era un cura que se debate toda la vida entre su vocación a Dios y la mujer que ama—¿quién de las que esta leyendo esta reseña y que haya visto esta miniserie en su momento por el viejo canal 9 de Romay no lloró hasta decir basta y sentir que el corazón se le destrozaba con el final de El pájaro canta hasta morir, cuando ellos, ya viejos, se encuentran y él le pide perdón por haber elegido a Dios en lugar de ella, porque ella era lo que ahora, ya tarde, ya tardísimo, ya sin tiempo, descubría que había sido siempre el gran amor de su vida y que Dios jamás podría perdonar esa traición, ya que Dios hubiera entendido que no lo eligiera a él por amor a una mujer pero que nunca le podría perdonar de estar junto a él a costa de renunciar al amor?; ¡ay! ¿sería así exactamente el final o me lo estoy confundiendo, salvando las distancias, al argumento de El pájaro canta hasta morir con la novela El amante de Margaritte Duras más un mix de delirios melodramáticos surgidos de mi corazón desquiciado? ¡Perdón, me fui al carajo! Vuelvo. Woody Allen, sí. Qué estaba diciendo (2). Bueno, nada, tiempo después, no mucho, yo solía escuchar a Bobby Flores en la Rock & Pop, el programa que tenía todas las tardes de una a cinco y el que tenía los sábados por la noche, en el que sólo pasaba música y leía algunos cosas y por él me entero que Woody Allen había escrito cuentos y que se conseguían en una edición en español. Así que fui a la avenida Corrientes y compré los Cuentos sin pluma, que me hicieron reír mucho. Y durante muchos años lamente que Allen no hubiera seguido escribiendo y publicando cuentos, hasta que los otros días pase por la librería Hernández y descubrí Pura anarquía, el nuevo libro de cuentos de este hombre que muchas veces me hizo reír y pensar con sus cuentos y sus pelis y una noche perdida de mi adolescencia—que intenta recuperar mi memoria de amante sarnosa—me mostró el amor como solo un extraño amante, inolvidable e irrepetible, puede hacerlo.

Y me gustaría terminar esta reseña apuntando como hace en una de las escenas finales el personaje que interpreta Woody Allen en Manhattan donde esta triste, solitario y final porque su chica se va a vivir a Inglaterra y se pone a anotar en un cuaderno las cosas mínimas y personales que le dieron un sentido a su vida: la risa plena y violenta hasta el llanto que se apodero de mi primo Leonardo y yo una tarde volviendo en colectivo de jugar a los fichines en el Saccoa de Mar del Plata; una madrugada borrachos hasta el culo en que abrazados con Gus le cantábamos a Fer la canción La buena estrella de Fito Paez; el día que vi publicado en el fanzine punk La nueva ley un articulo donde denunciaba como explotaba Carrefuor a mis compañeros y a mi; el momento que entre por primera vez a un estudio de radio y lo conocí a Pablo; el atardecer de mi último cumpleaños en que Marlon Brando me hizo el regalo mas lindo que nadie me halla hecho jamás: un almanaque hecho por él; una mañana en que fuimos con la abuela Elsa de compras a Suárez; el abrazo que nos dimos Javier y yo una noche en San Telmo por la felicidad y el asombro que nos producía darnos cuenta que acabamos de sacar el primer numero de nuestra revista Vestite y andate; las tres noches que no pude dormir después de leer Historia de la eternidad; las tardes de mate con mi primo Seba en las que siempre terminamos deviniendo las hermanas de March, Selma y Paty; el rasgueo de una guitarra que acompaña la voz de María Marta Serra Lima en cierto bolero; el monologo que una noche hizo Enrique Symns sobre Totem y tabú; el cumple que pase con torta y todo en el pabellón 14-22 de sidosos y violentos del Borda junto a Dany; el domingo que escuche leer en Hora 25 a Lanata Tabaquería; la risa de mi sobrino Esteban; mi primer cuento; los cigarrillos; los Redondos tocando Juguetes perdidos por ultima vez en el estadio de Córdoba; cuando el oficial bajo el arma y nos ordeno que desaparecieramos; amanecida sentada en la arena escuchando el sonido del mar en las playas del Faro; el primer carro de pan que cocine en el horno sin ayuda de nadie; ver caer la nieve a traves de la ventana de una confiteria de Barrio Norte mientras él y yo comíamos lemon pie y tomábamos café; las horas posteriores a que terminara de ver por primera vez Dos extraños amantes; el fuera de foco de Robin Williams en Los secretos de Harry; la escena en blanco y negro—¿con música de Gershwin?— en que se ve—¿o imagino ahora?—a Woody Allen y Daine Keaton sentados en un banco abrazados frente al puente de Brooklin al atardecer. Siempre son así las memorias de una amante sarnosa, apenas un resplandor, un aroma, que flota en el aire, solo un momento, haciendote recuperar para volver a peder al instante, la gracia y dicha de aquellos momentos de tu deriva en que fuiste feliz sin saberlo. Sin saberlo, porque eso que solemos llamar felicidad, cuando ocurre, es algo que nos hace olvidar y perdernos a nosotros de nosotros mismos y nos permite ser, frente al otro, algo que fluye, sin por qué ni para qué y que luego, cuando pasa, reconocemos ahí, en ese olvido de uno frente a otro, nuestro rostro más bonito, nuestra risa más plena, nuestra palabra mas lúcida y elocuente. Y Woody Allen forma parte de esa memoria sarnosa que me recuerda que una noche sin saberlo fui feliz mientras el corría cuadras y cuadras en blanco y negro para intentar llegar a tiempo a detener a Mariel Hemingway que se estaba yendo…

(1)
“Recordemos, ahora, esa paradoja.
Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro; Aquiles Piesligeros el milímetro, la tortuga un décimo de milímetro y así infinitamente, sin alcanzarla… Tal es la versión habitual. Wilhelm Capelle traduce el texto original de Aristóteles: “El segundo argumento de Zenón es el llamado Aquiles. Razona que el más lento no será alcanzado por el más veloz, pues el perseguidor tiene que pasar por el sitio que el perseguido acaba de evacuar, de suerte que el más lento siempre le lleva una determinada ventaja”. El problema no cambia, como se ve; pero me gustaría conocer el nombre del poeta que lo dotó de un héroe y de una tortuga. A esos competidores mágicos y a la serie (…) debe el argumento su difusión. (…) El movimiento es imposible (arguye Zenón) pues el móvil debe atravesar el medio para llegar al fin, y antes el medio del medio, y antes el medio del medio, del medio y antes… (…) Un siglo después, el sofista chino Hui Tzu razonó que un bastón al que cercenan la mitad cada día, es interminable”.

(2)
Bajo al lector a esta nota al pie, en lugar de corregir esta zona del cuerpo central del texto donde quería recuperar algo de cómo Woody Allen habla del amor en estas películas, para señalar que considero que rescribir el texto ahí donde éste se desvía y me hace equivocar el camino para decir lo que él desea independientemente de lo que estaba contando, seria traicionarlo. Pero como sería de algún modo, también, traicionarlo, recuperando, ahora, aquí abajo, lo que no dije mas arriba, prefiero dejarlo inconcluso y erróneo al texto a la vista del lector, ya que sus balbuceos le pueden restar claridad expositiva pero le otorgan cierto movimiento elástico y vital, torpe y caprichoso, del cual las palabras se valen para captar la música que las reúne y las hace bailar frente al blanco de la hoja.

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