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La narración convoca a la experiencia amorosa

7 Mar

por Martín Glozman

La narración convoca a la experiencia amorosa. En primer lugar, porque está escrita para el otro, con el otro. La posibilidad de narrar se nutre de la posibilidad de esa presencia. Ese otro que está conmigo. Que me acompaña. Que me ayuda a rememorar o contar una historia.

Y en segundo lugar, porque ese otro es también el presente, como tiempo de reunión, como tiempo de sentido. Como presencia donde vale la pena contar. Una flor que viene del pasado, que germinó, nutrida de la infancia, del recuerdo, pero también de horas difíciles, de sentidos sin respuesta, de dolor, se abre con la potencia actual del pistilo de la naturaleza.

 La narradora de Violeta Gorodischer recupera la antigüedad de sus presentes pasados, los sueños proyectados en la cueva olvidada del tiempo, iluminados por la voz actual. El tránsito por el fluir de una infancia y adolescencia que una vez narrada se hace compartida. Fluye en su diferencia y especificidad como la superficie de movimientos en cuyo fondo nos encontramos. Pero se trata del relato de una identidad. La narradora crece en el relato, cuya tiempo está dictado por las años que vive el gato. El animal de hogar, los interiores de una ciudad porteña. Una familia, el hermano. Y la identidad que se forja en ese movimiento. Que perece como el tiempo que dicta la vida del gato, que deja de ser mientras pase a ser algo más, y aún así pueda ser narrado. Como dice su título. Como su epígrafe de Virginia Woolf:

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