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Principio de incertidumbre

27 May

por Mariano Dupont

 

 

Sugerir el poema, decía Mallarmé. En lugar de nombrarlo, sugerirlo. El poema o la novela, para el caso es lo mismo. Por ahí camina la escritura de Matías Capelli. En los relatos de Frío en Alaska. Y ahora en su primera novela, Trampa de luz. En lugar de nombrar, sugerir. Escribir sugiriendo. Eludir la pesadez referencial de las representaciones realistas, costumbristas, etc. Eludir el tedio. Nombrar es perder las tres cuartas partes del goce, también decía Mallarmé. Sí: nombrar es aburrir. Así que sugerir, entonces. Dejarle al lector algunos agujeros para que pueda respirar.

Un día en la vida de un joven sin nombre en una ciudad sin nombre. Una ciudad que podría ser Buenos Aires, pero también cualquier otra ciudad del mundo. Es lo de menos. Anomias. Un día de novela, entonces. De la visita salvadora de Ariadna (su ex novia) por la mañana (que viene a devolverle dinero) a la visita al prostíbulo por la noche con su amigo Silas, el portero del edificio, que hace las veces de compañero de changas. Después, una coda. Un bonus track. Una de las mejores escenas del libro. Un amanecer cómicamente sórdido en el interior del viejo Chevette desguazado de la madre. (Ese Chevette que recorre todo el libro, punteando la indolencia.) En el medio, desplazamientos. Un vagabundaje. El protagonista de Trampa de luz va de acá para allá, como abombado. Al garete. Sin ganas, algo deprimido. Un poco, no mucho. Como todos los jóvenes. O casi todos. Arrastrando la osamenta. Cargando su desidia como una suerte de maldición que no parece preocuparle demasiado. Sacando mecánicamente fotos con la cámara de Ariadna, resabio de otra época en la que a la vida, sin ser maravillosa, al menos no había que arrastrarla. (“Toda vida es un proceso de demolición”, decía Scott Fitzgerald). En su deambular, pasa por la “central de pagos de la compañía eléctrica” para pagar la luz, se mete en el museo de arte contemporáneo (“más que nada por el aire acondicionado y para usar el baño”), hace tiempo antes de asistir, por la tarde, a una ceremonia en homenaje al abuelo Joaquín, fallecido un año atrás, en el cementerio parque.

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Matías Capelli en Eterna Cadencia

19 Sep

Después de haber publicado en 2008 su primer libro relatos, Frío en Alaska, Eterna Cadencia vuelve a editar un libro de Matías Capelli, esta vez una novela llamada Trampa de Luz. La historia recorre las 24 horas de un 24 de agosto en la vida de un joven mientras descubre, de pronto, que todo lo que lo rodea está un poco podrido. Con su segunda publicación, Capelli afianza su voz y su lugar entre los mejores narradores de su generación.

La narración lúcida

6 Nov





Frío en Alaska

Matías Capelli

Eterna Cadencia

2008



Frío en Alaska, el primer libro de cuentos de Matías Capelli (Buenos Aires, 1982) que prolija y amablemente editó Eterna Cadencia hace unas semanas, es una interesante vuelta de tuerca al género.

Por momentos, la escritura de Capelli parece pivotear entre la prosa y la poesía, generando una prosa poética minimalista que genera cierto un efecto, como dice Oliverio Coelho, de droga sutil.

Otro hallazgo del autor: el clima onírico que es creado y recreado en cada escena, cada secuencia, esos restos diurnos que aparecen como flashes en la vida de Lekman (artista noruego que vive en Buenos Aires, protagonista del primer y último relato) o de los otros personajes. El autismo de estos personajes insomnes con sobredosis de urbanidad, podríamos decir que emparenta a estos relatos con los de Rejtman. También los emparenta cierto spleen palermitano que encontramos en sus personajes: jóvenes de clase media, hijos de profesionales que generan, según el período, distintas combinaciones de bohemia y design, ocio y trabajo, y que poseen una irresistible atracción hacia el glamour pero a la vez mantienen -y portan- una distancia crítica cargada de lucidez, lo que a veces deviene en una estética más trash.

¿Por qué nos atraen la nocturnidad y los relatos nocturnos? Podemos aventurar que porque se presenta como un territorio más virgen que el día, como lugar de experimentación y de experiencia más libre que la diurna, en especial en una megalópolis, donde el día a veces se vuelve intransitable: todo esto, esta sensación de asfixia que a veces produce el trabajo, la familia, la pareja, la ciudad, los domingos, está en estos exquisitos relatos.

La escritura de Capelli es un placer, y algo del placer, como en las películas de Lynch y Cronenberg y los relatos de Felisberto Hernández, debe residir en la efectiva y personal recreación de lo onírico, de lo latente, lo real que se repite en loop y a la vez se esconde, tras la cotidianidad diurna:

Las imágenes del sueño del que está saliendo se van deshilachando hasta que finalmente logra prender la luz del baño y entonces caen, pero no como hilos sueltos sino como pedazos de un vidrio.

En Frío en Alaska el preciosismo y minimalismo son el modo de elección de las palabras y de las acciones con las que serán contadas las vidas de estos personajes. Si bien todos son potentes y a la vez sutiles, de los cuatro relatos que componen las casi cien páginas de este preciso libro, el que parece perfecto es el segundo, “Sólo estás sangrando”, un relato en segunda persona sobre un joven de clase media que va a comer a su ex casa en el día de la madre, y debe enfrentarse a su nueva familia política: Desnuda envuelta en una toalla, una rubia que no es tu hermana pasa al fondo del pasillo.

Entre la cercanía de las experiencias y la segunda persona, es imposible no sentirse reflejado (positivamente, ya que la construcción del personaje, si bien la escena es agobiante, tiene buen saldo). Así, cuando el narrador reflexiona sobre la relación con la madre, que a veces se confunde edípicamente con el objeto de deseo, podemos leer:

En los últimos días apareció el zumbido de que no haberla visto fue más que nada tu culpa, y empezaste a pensar cómo se habrá sentido todo este tiempo.

Hay otro segundo en el que pensás que la relación con ella se parece a esa planta que dejaron los anteriores dueños en el balcón de tu departamento. Esa planta que no regás, ni siquiera en verano, y sin embargo se mantiene viva, y a veces hasta da algunas flores…

El modo, más poético-empirista que psicoanalítico en que el narrador describe y deconstruye las relaciones familiares y la psiquis del protagonista –que siendo una segunda persona, sería uno, el lector- sorprende gratamente en cada párrafo.

Si los principios y los finales son, según muchos autores, los dos puntos centrales de todo cuento, hay que decir que Capelli da una clase magistral en este punto.

El tercer relato, por ejemplo, titulado “L.”, empieza:

Hace menos de una hora dormía en su cama mientras la mujer que lleva más de un año ocupando el otro lado se levantaba a vomitar.

Y “Sólo estás sangrando” termina con un final abierto, una especie de fundido con el que no es difícil, una vez más, sentir empatía:

Mientras tanto, por lo pronto, podrías invitar a alguna chica al cine. Pero no tenés idea de qué dan. Ni siquiera un nombre, un actor.

También hay entre los relatos de Capelli, algunas frases punzantes de índole más general que obligan a detener la lectura para pensar en la sintética idea:

No entendés: escribir es demasiado íntimo como para que otro lo corrija, un ajuste de cuentas entre la experiencia, las lecturas y el lenguaje, dice así, como si estuviera citando a alguien.

Frío en Alaska es un libro interesante, breve y contundente, que, como todo buen texto, resiste diversas lecturas. Un libro que vale la pena leer y que nos deja a la espera de más relatos oníricos y nocturnos de Capelli. Relatos que lo diferencian del resto por la prosa fluida pero a la vez hipnótica que se devanea entre borracheras, insomnios, fantasías, amores imposibles y desamores mal curados. Hay que celebrar este libro, al fin un conjunto de relatos donde alguien trabaja con las palabras como un artesano; relatos con una buena mezcla de narración, humor, reflexión, algún déjà vu psicoanalítico, imágenes poéticas y experiencias generacionales que producen identificación, sublimación y nos sacan de la abulia de lector cínico-posmoderno con esa cosa hipnótica que tienen las narraciones lúcidas.

Joaquín Linne