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Hace algún tiempo en ese lugar

7 Jul

Desmemorias
Juan Imassi
Editorial Bouquet, 2008.

Hoy por hoy, acostumbrados a la reproducción digital de la vida cotidiana, no hay quien no se haya lamentado alguna vez no tener una cámara a mano para registrar un momento único-increíble-inigualable, ya sea, como quien diría, para bien… o para mal. Incluso, hay quienes viven la vida a través de la mediación de la lente y filman partos, accidentes y recitales para que nada escape al registro. Desmemorias de Juan Imassi expone el deseo de que los recuerdos no se escabullan y confía, a la hora de dejar testimonio, no en las impresiones del celuloide, sino en las palabras.
Acompañando a las acciones, espacios y personajes que ingresan en el texto, se construye un Yo protagonista, homónimo al autor, que narra en tiempo pasado avatares de su vida. Este narrador en primera persona que nos interpela, nos invita y, por sobre todo, nos cuenta, nos remite, en primer lugar, al género autobiográfico.
Pocas cosas hay tan inevitables para cualquier curioso que se precie de tal como mirar las fotografías que decoran las casas ajenas. Tal vez, porque las personas, mascotas, lugares y objetos que entran en cuadro dicen de quien las expone cómo esa persona quiere verse, o que los demás lo vean. En la autobiografía, que como todo género tiene sus reglas y permite sus rupturas, se retratan los caminos de la memoria y, a diferencia de las fotos, el yo, como en los autorretratos, juega a estar dentro y fuera del cuadro.
Con la misma curiosidad que caracteriza el gesto de espiar la intimidad de las casa ajenas, podemos pensar quién es el yo que habita en Desmemorias, Yo con mayúscula en este mundo narrativo. Hincha de Boca, poeta y fotógrafo, seductor sentimental, estudiante de pelo largo, nieto de damas intrépidas, mochilero de la cultura under de los ochentas, delegado gremial de los telefónicos y militante por los derechos humanos junto a las Madres, son las coordenadas que definen a esta voz. Y, como bien dijo Machado y tan bien canta Serrat, así como el caminante se hace camino al andar, el yo construye sus relatos a través de sus aventuras, desventuras y recorridos por espacios que componen un mapa biográfico que el lector puede visitar.
Entre las decisiones que cualquier fotógrafo debe tomar antes de disparar, quizás la primera, aquélla sobre la cual girará el conjunto de acciones posteriores, sea, precisamente, elegir qué se desea que entre en cuadro. Asimismo para ciertos escritores, lo primero siempre es encontrar lo que se ha de narrar y los mecanismos que acompañarán ese proceso. En este caso, la apuesta es por la H/historia. Y no por un impulso azaroso, por el contrario, se manifiesta la confianza en la historia, en tanto relato, como una forma de ir contra “la moda” que, según se nos dice en el capítulo sexto, es “prescindir de las historias”. Por otra parte, la historia personal del narrador se engarza con la historia argentina de los últimos años ya que, al narrar sus propias andanzas, remite constantemente a la situación política en la que se sucedieron, manifestando un posicionamiento claro. De este modo, al introducir las propias experiencias, ese Yo que transita por Nave Jungla y Guatemala, la cancha y los edificios míticos de Montserrat, Café Einstein, El Bolsón, ENTEL y las marchas de las Madres, compone una postura política y artística sobre el rol de la cultura y sus hacedores en la sociedad. El narrador reflexiona con entusiasmo, con la convicción de que es necesario que, a través del relato, la historia se convierta en un mecanismo activo, un espacio en el que la anécdota se aleje del pasado, se vuelva una Des-memoria, un disparador para pensar el presente.
Como en el paneo de la mirada sobre el estante de los retratos, en la construcción textual se cose, se enlazan los diversos relatos que conforman el libro. Es imposible narrar la experiencia sin realizar antes una selección, una perspectiva y un tono, asimismo la literatura se revela como el espacio en el que no se puede prescindir de los recursos, escapar a las palabras y sus ecos, al estilo y sus vestuarios, a las referencias y el mundo al que remiten. Las historias que encontramos saltan de tiempo en tiempo, de lugar en lugar. La alternancia cronológica sugiere que lo que se construye no es simplemente una historia de vida, sino un montaje que, como los niños malcriados, le saca la lengua a la autobiografía clásica y se nutre de otros géneros. El texto, como bien dice Ana Longoni en su contratapa, coquetea con la crónica y la novela y, por qué no, también con la epístola -o el aggiornado email- si consideramos el tono y la grafía, así como la continua apelación al lector.
A su vez, el lenguaje juega con los registros coloquiales y conjuga las voces del melancólico lunfardo con la frescura de las palabras de cualquier parroquiano de bares de Corrientes o el hijo del vecino de acá a mitad de cuadra. Y en este tono, el lector se siente acompañado y sigue la lectura con interés, como si fueran anécdotas escuchadas en un bar de refilón en la mesa de al lado o desde el asiento de atrás de un colectivo.
Juan Imassi se presenta y construye Desmemorias en primera persona, con su foto en la portada. Ahí están sus relatos como imágenes robadas a la memoria. No hay quien, hoy por hoy, no cuente con infinitos retratos: el clásico y detestable cuatro por cuatro para los carnets, la foto en el casamiento de una prima-nieta de una abuela-segunda, fotos de egresados, fotos de cumpleaños y esas en las cuales uno está del otro lado, apuntando con la cámara hacia su propia ausencia simulada. Desmemorias permite al fotógrafo retratarse en sus acciones, registrar su vida, hacer de las palabras un puerto desde donde zarpa hacia el mundo. Ahora sí, pase y lea.
Jimena Repetto
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