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Escribir desde la periferia

17 Jun





Con gusano


Eduardo Ainbinder

Interzona, 2007.





Escribir desde el margen, creando una estética propia, sin estar influenciado o estándolo, pero no como una copia burda, es algo que actualmente logran pocos poetas. Eduardo Ainbinder es uno de ellos.

Con gusano fue publicado en el 2007 por la editorial Interzona y reúne poemas entre 1995 y 2004 publicados en plaquettes o libros de circulación restringida e inconseguibles hoy. Al leerlo, no se puede dejar de lado lo que señala la contratapa: “Durante años, muchos de estos poemas circularon en ediciones de muy pocos ejemplares” debido, quizá, a “la falta de voluntad de ser parte del mapa de la nueva poesía argentina”. Y entonces surge la pregunta ¿es posible leer a un poeta sin tomar en cuenta las condiciones de producción de su obra? ¿Qué nos dice el hecho de que Eduardo Ainbinder colaborara con el mítico 18 Whiskys, y aún no se lo haya escuchado nombrar, salvo en círculos pequeños o cerrados?

Todas las sociedades tienen sus mitos, y la poesía contemporánea argentina puso a 18 Whiskys en el lugar del mito del génesis. Como dice Juana Bignozzi en la contratapa de la antología poética La ley tu ley: “A cierta edad uno empieza a caminar hacia sus mitos, pero en realidad estás volviendo, porque esos mitos ya están establecidos”. Entonces, también, uno de los problemas que se instauran en la poética de Eduardo Ainbinder es cómo escribir desde el repliegue, pregonando un estilo más hermético, alejado del registro del coloquialismo.

Pero vayamos al libro. No leamos las señales que nos está enviando el dibujo de la tapa: un reloj antiguo encerrado en el cuerpo de un insecto, como si nos estuviera indicando que llegó la hora de escuchar la voz de Ainbinber y no “el ruido de época”. Tampoco es casual que sea un insecto el que cubre el reloj, no sólo por el título de la compilación Con gusano, sino también porque toda la obra se puede pensar como la evolución de un insecto, desde el estadio en que es una larva hasta su muerte.

La primera serie se titula “Carrera tras la fealdad” (1995 – 1996),



el estadio en que el insecto aún no está formado

ni estado atlético

sino orejas salientes, una cabeza

llena de medio-pelos, quizás

órganos vitales en demasía atascados

en un cuerpo en extremo pequeño


y es la velocidad lo que le marca el ritmo de crecimiento: “O ser un bólido que pasa desinteresadamente entre las cosas, / una liebre en su alocada carrera”.


En la segunda, “Insecto adulto” (1997), la voz directamente se asume en esa etapa: “Ahora estoy en una etapa llamada “insecto adulto” ” y nos muestra las posibles aperturas de ese engranaje; explorando la posibilidad del desdoblamiento. Si en “Fenómeno” la escritura en tercera es lo que permite entrar a la subjetividad para desde allí emitir juicios de valores:


…ninguna otra niña merecedora

se acercará jamás a ese regazo de lo ridículo

donde se encuentra hace cien años,

ni se daría cuenta de que las jornadas pasan y pasan…


en “No quiere”, el uso de la tercera es lo que permite usar las imágenes y metáforas de forma lúdica: “No quiere / estar en la boca de los pájaros … / … o en lengua de serpiente”.


Es mediante la deformidad como se obtiene una nueva forma de percepción. Pensar como un insecto, si es posible, pero también decirlo como un insecto. En un lenguaje que se vuelve sobre sí mismo, que por momentos es prosaico y por otros exacerbadamente lírico, la repetición aparece como el principio constructivo. En palabras de Ainbinder: “la tendencia de los mortales… a estrellar su lenguaje contra una pared”.


“La comidilla de todos” (1998 – 1999) es quizá la serie más irónica. La necesidad de esconderse no sólo se ve en los títulos (“Sólo saldría de su madriguera”, “Debo permanecer en casa”) o en los verso

s

ya no salgo a buscar interlocutores.

No saldría de mi casa sino para mirar

del lado de afuera de la ventana


sino en el humor negro con el que Ainbinder reflexiona acerca de su condición:


“único contemporáneo

de un tiempo malgastado”,

único no por singularidad

sino por haberse extinguido la especie

Así, el cuerpo funciona como jaula: “tengo la cara más ancha / que mi delgado cuerpo, y cuando estoy de mal humor / más larga también”; como algo que impide el movimiento: “si sesgaran mi cabeza; mi cuerpo perdería el único objeto que lo anima, / su centro de atracción”.

“Mi descubridor” (2001 – 2002) es el título de la cuarta serie, definitivamente kafkiana. La burocracia se hace presente en los títulos: “Hoy no es día de pago” y en versos que muestran la descomposición y sus límites: “pero el mundo es un continuo hervidero de erratas”; “asalariados pasan las noches quemándose las pestañas”. Los poemas, entonces, funcionan como espacios que despliegan la temática de la desesperación y el absurdo. La sensación de asfixia y minusvalía (“apenas un insignificante operario”) lo transforman en insecto:


“A pesar de ya no poseer”

brazos ni piernas, mi libertad de movimiento es total

pues tengo la capacidad de arrastrarme

hasta donde otros ni siquiera harían pie.

Esta atmósfera entra en consonancia con los escritores utilizados para los epígrafes. Los poemas de Renato Leduc, inclinados a lo erótico, han sido impresos sin su nombre y se han conservado a través de desconocidos; Martín Adán puede ser pensado como el poeta peruano de la tristeza metafísica (“Quieres tú saber de mi vida?/ Yo sólo sé de mi paso,/ De mi peso/ De mi tristeza y de mi zapato”) y el pintor y propulsor de la pintura concreta Raul Lozza, una vez señaló: “La mejor forma de avanzar hacia la realidad es andar contra la corriente del lugar común”, en consonancia con lo que plantea la poética de Aibinder.

La última serie se llama “Con gusano” (2003 – 2004), al igual que el libro. En ésta, las preguntas retóricas y los condicionales construyen una voz que entremezcla cinismo con resentimiento: “detesta lo disperso / y también a quienes juntan palabras”. El insecto sigue “en una carrera contra el tiempo”, pero se mueve lento, como un gusano que “no se sabe / a qué clase de larvas dará origen”. El universo del poemario son los “videntes, pesimistas, falsos profetas” y el infierno, quizá en un intertexto dantesco, es definido como ese lugar “donde pueda entrar y pagar por él”.

El poema que cierra el libro “Si la materia no contuviera” encierra la preocupación metafísica sobre la muerte que se avecina, pero bajo la forma de una anciana a la que se le sostiene la vela, como quitándole trascendencia al asunto.

La escritura se transforma en “una máquina de narrar”. Sería como escribir desde una ratonera, cuya puerta se abre cada tanto y deja salir a un ratón minúsculo que se escabulle entre las cosas (“y un ratón, atareado, chocándose con tallos y espinas”). Pero también podemos tomar Con gusano como una proclama, que marca una época podrida, donde Ainbinder dialoga con los que la habitan sintiéndose ajeno a ellos, y por ello elige el repliegue y la sorna.

Quizá por eso el microcosmos que crea se vuelve una atmósfera decrépita, donde los objetos están fuera de lugar y las estructuras corroídas, y lo único que nos queda es escuchar la voz del poeta que se arrastra, pero deja huella.



Nurit Kasztelan